Homilía Domingo de la Santísima Trinidad Ciclo B



Solemnidad de la Santísima Trinidad


Introducción:
Una vez, se le acercó un grupo de personas y preguntaron a Jesús, cuál era el mandamiento más importante. Esta pregunta es necesaria y muy buena: ¿qué mandamiento es el primero? Pero antes de preguntarnos por los mandamientos de Dios, es más importante conocer al Dios de los mandamientos. Dios, que es uno en tres Personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo.

  1. Dios es uno solo:
Nos dice Moisés que “el Señor es el único Dios” (Deut 4,39). No hay ni puede haber otro ser infinitamente perfecto como Dios, porque no se diferenciarían en nada. “Profesamos un solo Dios porque Él se ha revelado al pueblo de Israel como el Único, cuando dice: «escucha Israel, el Señor nuestro Dios es el Único Señor» (Dt 6, 4), «no existe ningún otro» (Is 45, 22). Jesús mismo lo ha confirmado: Dios «es el único Señor» (Mc 12, 29)” (CATIC Compendio 37).
Todo el mundo tiene un solo origen y un solo fin: Dios. Todo está dentro del plan sapientísimo de Dios, aunque no siempre es fácil de comprender para nosotros. Nuestra completa felicidad sólo se encuentra en Él, puesto que ninguna creatura puede aquietar nuestro corazón.

  1. Dios es Padre, Hijo y Espíritu Santo:
Pero este Dios único, tiene un gran misterio en su interior, porque es Padre, Hijo y Espíritu Santo: Tres personas distintas y un solo Dios verdadero. Por esto, como últimas palabras, antes de su Ascensión, Jesús nos dijo: “Vayan y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado” (Mt 28,19-20a). No dijo “en los nombres”, sino en el nombre, significando la unicidad de Dios (Cf. CATIC 233).
“El misterio de la Santísima Trinidad es el misterio central de la fe y de la vida cristiana. Es el misterio de Dios en sí mismo. Es, pues, la fuente de todos los otros misterios de la fe; es la luz que los ilumina. Es la enseñanza más fundamental y esencial en la "jerarquía de las verdades de fe" (DCG 43)” (CATIC 234).
Por esto, aunque no lo entendamos (y nunca lo entenderemos), debemos tenerlo presente: “Como el Padre me amó, también Yo los he amado a ustedes” (Jn 15,9).

  1.  Dios en mi vida:
Por esto, los cristianos somos bautizados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Así, comenzando de este modo nuestra vida cristiana, debe continuar hasta el fin: en el nombre de nuestro buen Dios, que nos dio “el espíritu de hijos adoptivos” (Rm 8,15). Por esto, para ser buenos hijos de tan buen Padre, a imitación del Hijo, debemos dejarnos ser “conducidos por el Espíritu de Dios” (Rm 8,14). Y esto, ¿cómo? Creyendo profundamente que todo lo que Él quiere para nosotros es lo mejor. De este modo, podremos vivir sólo para Él, haciendo su voluntad, porque “la palabra del Señor es sincera, y todas sus acciones son leales; él ama la justicia y el derecho, y su misericordia llena la tierra” (Sal 32/33,4-5).
Así, como Dios es uno solo, no podemos tener ídolos: Ídolo es todo aquello que amamos como deberíamos amar a Dios, que lo ponemos como lo más importante en nuestra vida, creyendo encontrar allí nuestra felicidad, cuando en realidad, la perdemos. Los ídolos, que nos mienten y engañan son: el poder desmedido, la avaricia, la lujuria… en fin el egoísmo en todas sus formas.
Por esto: “Reconoce hoy, nos recuerda Moisés, y medita en tu corazón que el Señor es Dios –allá arriba, en el cielo y aquí abajo, en la tierra– y no hay otro. Observa los preceptos y los mandamientos que hoy te prescribo. Así serás feliz” (Deut 4,39-40).

Conclusión:
Dios es importante en nuestra vida… pero misión nuestra es descubrir esta importancia. Por esto, le pedimos a nuestra Madre la convicción, la coherencia y la alegría de sabernos amados por este Dios, que es Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.

Homilía de Pentecostés Ciclo B



Pentecostés

Ezequiel 37, 1-14; Sal 103, 1-2a. 24. 27-29bc-30; Rm 8, 22-27; Jn 7, 37-39

Introducción:
En un largo camino, por ejemplo en el desierto, es de vital necesidad, conseguir una fuente de agua, porque el agua es la vida.
1.         Señor de Vida:
El Espíritu Santo, como Persona divina viva puede actuar y de hecho ha actuado a lo largo de toda la historia de salvación. Él es quien hablaba por medio de los profetas: “Con el término «Profetas» se entiende a cuantos fueron inspirados por el Espíritu Santo para hablar en nombre de Dios. La obra reveladora del Espíritu en las profecías del Antiguo Testamento halla su cumplimiento en la revelación plena del misterio de Cristo en el Nuevo Testamento” (CATIC Compendio 140). El mismo Espíritu santificador es el que obrará el Reino prometido a David (Cf. CATIC 709).
“En los "últimos tiempos", el Espíritu del Señor renovará el corazón de los hombres grabando en ellos una Ley nueva; reunirá y reconciliará a los pueblos dispersos y divididos; transformará la primera creación y Dios habitará en ella con los hombres en la paz” (CATIC 715).
2.         Dador de Vida:
Este Espíritu, que tiene vida, la comunica a los creyentes. Por esto, celebrando la Fiesta de las Chozas que conmemora la estadía de Israel en el desierto, “el último día, el más solemne de la fiesta, Jesús, poniéndose de pie, exclamó: «El que tenga sed, venga a mí; y beba el que cree en mí». Como dice la Escritura: "De su seno brotarán manantiales de agua viva". El se refería al Espíritu que debían recibir los que creyeran en él” (Jn 7,37-39).
Este Don de lo Alto es el que vio el profeta Ezequiel, cuando la legión de huesos secos se fue cubriendo y llenando de vida. De modo semejante, el Paráclito, nos da la vida de los hijos de Dios, la gracia, mediante los sacramentos.
Y por esto, apartarse de los caminos de Dios, de los medios que Él nos ha dejado para que tengamos vida, nos lleva a la muerte (Cf. CATIC 710).
3.         Transformador de mi vida:
Con estos dones, no sólo nos da vida, sino que transforma nuestra cotidiana existencia, de tal modo que todo lo que nosotros solos no podemos, Él nos lo hace posible: “el mismo Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad” (Rm 8,26). Ser cristiano, ser un buen cristiano, es posible para todos y no sólo eso, sino que el camino de la santidad se abre a todos. La vida de los Apóstoles, antes y después de Pentecostés es un buen reflejo de este poder transformante de Dios.
Conclusión:
Hoy pedimos “un corazón dócil” (1R 3,9), para que nuestra vida, bajo la acción del Espíritu Divino, pueda ser como la pensó Dios para nosotros.

Domingo de la Ascensión del Señor, Ciclo B



Ascensión del Señor: ¿Dónde está Jesús?

Hch 1, 1-11; Sal 46,2-3.6-9; Ef 1, 17 -23; Mc 16,15-20
Introducción:
Cuando amamos a alguien, entre otras cosas, nos interesa estar con esa persona. Por eso, una pregunta necesaria y muy importante es: ¿dónde está? Nosotros, nos podemos preguntar y es muy bueno que así sea, ¿dónde está Jesús? Y nos preguntamos esto para poder buscarlo con nuestro corazón.
Para nuestra alegría, la respuesta no es una, sino múltiple, ya que Jesús está en diferentes lugares y de diversos modos:

  1. Jesús subió al Cielo:
Tanto los Hechos de los Apóstoles como los Evangelios nos narran lo que Jesús hizo al despedirse de los suyos: subir a los Cielos. San Marcos escuetamente nos dice: “Después de decirles esto, el Señor Jesús fue llevado al cielo y está sentado a la derecha de Dios” (Mc 16,19). Los Hechos agregan que fue después de una comida (Cf. Hch 1,4). Por tanto, después de comer juntos y de decirles sus últimas palabras, el Señor fue elevándose al Cielo y fue ocultado tras una nube (Cf. Hch 1,9).
Pero ¿qué significa que Jesús fue al Cielo? “La expresión bíblica «cielo» no indica un lugar sino un modo de ser: Dios está más allá y por encima de todo” (CATIC Compendio 586). La Ascensión nos muestra la entrada de Jesús en “la comunión de vida y poder con el Dios viviente, en la situación de superioridad de Dios sobre todo espacio” (RATZINGER J, Jesús de Nazaret II, Planeta-Encuentro, Madrid 2011, página 329). Por lo cual su partida es una nueva forma de presencia para nosotros, la presencia de Dios y por esto se entiende que al irse Jesús, los discípulos tuvieran una “gran alegría” (Lc 24,52). Así, podemos encontrar a Jesús en todas partes, siempre que lo busquemos con un corazón puro.

  1. También se quedó en la tierra:
Más aún, hay lugares especiales de encuentro con nuestro Señor, que tanto nos ama, que Él mismo se hace presente en nuestra vida. Por esto, en los comienzos de la predicación de los Apóstoles, que sin duda no fueron fáciles, “el Señor los asistía” (Mc 16,20); Jesús estaba cerca ayudándoles, con su poder, con su consuelo, con sus gracias.
Un lugar, en el cual Él siempre nos espera, es el sagrario, que es su casa, donde está escondido para que lo busquemos y encontremos. Para que le hablemos de nuestras cosas, para ofrecerle nuestras ocupaciones, para pedirle consejo…
Pero, también en nuestros hermanos, sobre todo los que necesitan de nuestra compañía. Finalmente, Él está a nuestro lado, como lo estuvo con los Apóstoles, si podemos descubrir con fe todos los gestos de su amor.

  1. Cielo y tierra en nuestra vida:
Por esto, en la Misa le pedimos al Padre, en referencia a Cristo: “concédenos que, según su promesa, Él permanezca siempre con nosotros en la tierra y nosotros merezcamos vivir con Él en el cielo” (Oración colecta de la Ascensión). Él comparte nuestra vida en la tierra, nos acompaña en el camino, no nos ha dejado solos, para que, quienes lo siguen de cerca, quienes quieren ser sus discípulos de verdad, puedan estar con Él en el Cielo, es decir, con Dios eternamente, ya que el Cielo es la “verdadera patria hacia la que tendemos en la esperanza” (CATIC Compendio 586).

Conclusión:
Así le suplicamos a la Virgen: “Querida Madre nuestra, que estás junto a Jesús nuestro Salvador, te pedimos nos ayudes a tener a Jesús presente en nuestro corazón y a vivir como Él quiere, para poder estar con Él, para siempre, en el Cielo”. Amén.

Homilía Domingo VI de Pascua Ciclo B



“Obras son amores”

Hch 10, 25-26. 34-35. 44-48; Sal 97, 1-4; 1Jn 4, 7-10; Jn 15, 9-17
Introducción:
Una vez, Moisés, recibió de Dios los diez mandamientos escritos en dos tablas de piedra, mientras rezaba en un monte. Pero al bajar, encontró que los israelitas se habían alejado de Dios. Por esto, rompió las tablas de la Ley. Porque desobedecer un mandamiento es romper toda la ley, es decir, alejarnos de la voluntad amorosa de nuestro Padre Dios. El Señor que nos ama, nos invita a amarlo “en serio”, no a medias tintas.

  1. Dios nos amó primero:
De hecho, Dios puede mandarnos que lo amemos porque primero nos ha amado Él (Cf. DCE). “Así, nos dice el Apóstol San Juan, Dios nos manifestó su amor: envió a su Hijo único al mundo, para que tuviéramos Vida por medio de Él” (1Jn 4,9). Y si volvemos al ejemplo de Moisés, en el éxodo se ve cómo Dios liberó a su pueblo y lo condujo a una tierra mejor.
Más aún, en el Nuevo Testamento, el Hijo de Dios nos dice: “Como el Padre me amó, también Yo los he amado a ustedes” (Jn 15,9). Amor que, como sabemos, llega hasta “el fin” (Jn 13,).
Además, Dios envía su Espíritu santificador, a tal punto que, los mismos cristianos se sorprenden de su generoso amor para con los hombres (Cf. Hch 10, 44-48). Ya que, como exclamaba San Pablo, “el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado” (Rm 5,5).

  1. Amor con amor se paga: nuestra respuesta:
De este modo, conociendo cuánto nos ha amado Dios, y nos ama, no podemos quedarnos indiferentes: “Amor con amor se paga” dice el refrán. Por esto, Jesús nos dice: “Si cumplen mis mandamientos, permanecerán en mi amor” (Jn 15,10), ya que “obras son amores”. Por esto, como el amor procede de Dios, nosotros, que creemos en Él, debemos vivir amando a Dios y a nuestros hermanos (Cf. 1 Jn 4,7)
 Dios, que es la fuente del amor verdadero, nos enseña y ayuda a amar de verdad. “Cuando creemos en Jesucristo, participamos en sus misterios y guardamos sus mandamientos, el Salvador mismo ama en nosotros a su Padre y a sus hermanos, nuestro Padre y nuestros hermanos. Su persona viene a ser, por obra del Espíritu, la norma viva e interior de nuestro obrar” (CATIC 2074).

  1. Los mandamientos:
Y este amor, se concreta, en primer lugar, en los Diez Mandamientos, que no son una serie arbitraria de prohibiciones que nos quita la libertad, sino las luces que nos indican el camino correcto. De hecho, en un viaje, para llegar a destino y evitar todo peligro, debemos obedecer las señales que encontramos a nuestro paso; así son para nuestra vida los mandamientos de Dios.
Éstos, “constituyen un todo orgánico e indisociable, porque cada mandamiento remite a los demás y a todo el Decálogo. Por tanto, transgredir un mandamiento es como quebrantar toda la Ley” (CATIC Compendio 439). “Están gravados por Dios en el corazón del ser humano” (CATIC 2072) y expresan “deberes fundamentales del hombre hacia Dios y hacia su prójimo” (CATIC 2072).
Tienen, es cierto, una parte prohibitiva, pero también una “positiva”, ambas, nos enseñan a amar a Dios y a respetar a los demás, tanto en sus personas, como en sus bienes y en todo lo demás.

Conclusión:
Por esto, le decimos a la Virgen, nuestra Madre: Señora, haz que descubramos cuánto nos ama Dios, para que, llenos de alegría, podamos amarlo en nuestros hermanos, con las obras que nos enseñan los mandamientos. Así sea.