Pentecostés
Ezequiel 37, 1-14; Sal 103, 1-2a. 24.
27-29bc-30; Rm 8, 22-27; Jn 7, 37-39
Introducción:
En un largo camino, por ejemplo en el desierto, es de vital
necesidad, conseguir una fuente de agua,
porque el agua es la vida.
1. Señor de Vida:
El Espíritu Santo, como Persona divina viva puede actuar y
de hecho ha actuado a lo largo de toda la historia de salvación. Él es quien
hablaba por medio de los profetas: “Con el término «Profetas» se entiende a
cuantos fueron inspirados por el Espíritu Santo para hablar en nombre de Dios.
La obra reveladora del Espíritu en las profecías del Antiguo Testamento halla
su cumplimiento en la revelación plena del misterio de Cristo en el Nuevo
Testamento” (CATIC Compendio 140). El mismo Espíritu santificador es el que
obrará el Reino prometido a David (Cf. CATIC 709).
“En los "últimos tiempos", el Espíritu del Señor
renovará el corazón de los hombres grabando en ellos una Ley nueva; reunirá y
reconciliará a los pueblos dispersos y divididos; transformará la primera
creación y Dios habitará en ella con los hombres en la paz” (CATIC 715).
2. Dador de Vida:
Este Espíritu, que tiene vida, la comunica a los creyentes.
Por esto, celebrando la Fiesta de las Chozas que conmemora la estadía de Israel
en el desierto, “el último día, el más solemne de la fiesta, Jesús, poniéndose
de pie, exclamó: «El que tenga sed, venga a mí; y beba el que cree en mí». Como
dice la Escritura: "De su seno brotarán manantiales de agua viva". El
se refería al Espíritu que debían recibir los que creyeran en él” (Jn 7,37-39).
Este Don de lo Alto es el que vio el profeta Ezequiel,
cuando la legión de huesos secos se fue cubriendo y llenando de vida. De modo
semejante, el Paráclito, nos da la vida de los hijos de Dios, la gracia,
mediante los sacramentos.
Y por esto, apartarse de los caminos de Dios, de los medios
que Él nos ha dejado para que tengamos vida, nos lleva a la muerte (Cf. CATIC
710).
3. Transformador de mi vida:
Con estos dones, no sólo nos da vida, sino que transforma
nuestra cotidiana existencia, de tal modo que todo lo que nosotros solos no
podemos, Él nos lo hace posible: “el mismo Espíritu viene en ayuda de nuestra
debilidad” (Rm 8,26). Ser cristiano, ser un buen cristiano, es posible para
todos y no sólo eso, sino que el camino de la santidad se abre a todos. La vida
de los Apóstoles, antes y después de Pentecostés es un buen reflejo de este
poder transformante de Dios.
Conclusión:
Hoy pedimos “un corazón dócil” (1R 3,9), para que nuestra
vida, bajo la acción del Espíritu Divino, pueda ser como la pensó Dios para
nosotros.