Respuesta eucarística
Introducción:
En los últimos cuatro domingos, el Señor nos ha enseñado el gran regalo de la Eucaristía, es
decir, de su presencia entre nosotros. Ahora, al final del Sermón eucarístico,
nosotros junto con el Apóstol San Pedro, también estamos llamados a responder. De hecho, algunos no comprendieron,
se escandalizaron y se marcharon; otros, siguiendo al primer Papa, reafirmaron
su propósito de seguir a Jesús.
- Respuesta de fe:
Cuando Jesús
terminó de hablar, algunos exclamaron: “¡Es
duro este lenguaje! ¿Quién puede escucharlo?” (Jn 6,60), y comenzaron a
abandonarlo. Porque éste es “el misterio de la fe”, y exige de nosotros una
profunda respuesta.
Por esto, San Juan no puede pasar por alto otro tipo de
respuesta, justamente la contraria, la que nosotros queremos imitar hoy: “Señor, dijo
San Pedro, ¿a quién iremos? Tú tienes
palabras de Vida eterna. Nosotros hemos creído y sabemos que eres el Santo de
Dios” (Jn 6,68-69). El Apóstol, como modelo de todo corazón
creyente, manifiesta la certeza de que no hay otro camino de salvación: “¿A quién iremos?”. Y además, nos descubre el
valor escondido en todo lo que el Señor ha dicho: “Tú tienes palabras de Vida Eterna”.
Finalmente,
remata su afirmación con una convicción
propia de las personas de fe: “sabemos” dice, porque creer no es opinar sobre
algunos temas, sino estar convencido de aquellas realidades que Dios nos
enseña. Como dice el salmo: “que lo oigan los humildes y se alegren” (Sal 33/34,3). Y así, para poder seguir
al Señor de cerca, sobre todo presente en el Sacramento del Altar, nuestro
corazón también afirma con fuerza: “sabemos que eres el Santo de Dios”.
- Respuesta litúrgica:
Si creemos verdaderamente en la Eucaristía, una segunda
forma de respuesta es participar de su celebración. En la realidad, la Iglesia
se reúne en la Misa junto a Cristo, lo celebra cuidadosamente, a la vez que
recibe de un modo especial, la presencia amorosa de su Divino Esposo (Cf.
5,21-32).
Fe y celebración son
inseparables: no podemos creer profundamente y no participar de lo que
creemos; es más, con la fe se descubre el sentido de la celebración y la misma
celebración ayuda a aumentar la fe.
En la celebración eucarística, la Iglesia entera ofrece a Dios lo más grande que puede ofrecer: su
corazón unido al de Jesús; pero además, recibe de Dios lo más grande que puede
recibir: sus palabras que son “espíritu y vida”, su presencia y sacrificio que
nos acompañan, alimentan, fortalecen y guían. Así, por este hermoso
intercambio, la Misa se convierte en un momento privilegiado de oración, de trato con Dios y no sólo
eso, sino que también es escuela e incentivo para que toda nuestra vida quede
impregnada por este trato íntimo con Dios, nuestro Padre.
- Respuesta cotidiana:
Pero si damos un paso más, lo que creemos, celebramos y rezamos, eso vivimos. Por esto, el creyente
en la Eucaristía, con el tiempo, si le permite a Dios, irá teniendo un estilo eucarístico de vida.
¿En qué se
caracteriza este estilo eucarístico? Para decirlo con pocas palabras
tendríamos que mirar la Última Cena y considerar las virtudes que allí practicó
el Señor. Pensemos en la alabanza y
en el agradecimiento a Dios por sus
dones. Por esto nos preguntamos: ¿Cómo es mi oración, en misa, en casa; es
rutinaria o por el contrario es un encuentro personal con Dios? pensemos en la
entrega generosa a los demás, para hacerles bien y servirlos como Dios quiere.
¿Me preocupo por el bien del otro, o lo utilizo según mis
intereses? ¿Pensamos en la paz, que es un don de Dios para los corazones que lo
aman? ¿Somos pacíficos, interior y exteriormente? ¿Aceptamos la cruz, confiados
plenamente en el amor de Dios? Pues Jesús aceptó la suya para ayudarnos con su
gracia y con su ejemplo.
Conclusión:
Al terminar, manifestamos nuestro deseo transformado
en propósito: “Lejos de nosotros
abandonar al Señor” (Jos. 24,16). En cambio, nos comprometemos a hacer en
la Misa un acto de fe profunda y verdadera, al rezar el Credo, a hacer un acto
de amor a Dios al comulgar y a pedir con confiada esperanza las gracias
necesarias para vivir eucarísticamente. Así sea.