Homilía Domingo XXI Tiempo Ordinario Ciclo B


Respuesta eucarística


Introducción:
En los últimos cuatro domingos, el Señor nos ha enseñado el gran regalo de la Eucaristía, es decir, de su presencia entre nosotros. Ahora, al final del Sermón eucarístico, nosotros junto con el Apóstol San Pedro, también estamos llamados a responder. De hecho, algunos no comprendieron, se escandalizaron y se marcharon; otros, siguiendo al primer Papa, reafirmaron su propósito de seguir a Jesús.

  1. Respuesta de fe:
Cuando Jesús terminó de hablar, algunos exclamaron: “¡Es duro este lenguaje! ¿Quién puede escucharlo?” (Jn 6,60), y comenzaron a abandonarlo. Porque éste es “el misterio de la fe”, y exige de nosotros una profunda respuesta.
Por esto, San Juan no puede pasar por alto otro tipo de respuesta, justamente la contraria, la que nosotros queremos imitar hoy: “Señor, dijo San Pedro, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de Vida eterna. Nosotros hemos creído y sabemos que eres el Santo de Dios” (Jn 6,68-69). El Apóstol, como modelo de todo corazón creyente, manifiesta la certeza de que no hay otro camino de salvación: “¿A quién iremos?”. Y además, nos descubre el valor escondido en todo lo que el Señor ha dicho: “Tú tienes palabras de Vida Eterna”.
Finalmente, remata su afirmación con una convicción propia de las personas de fe: “sabemos” dice, porque creer no es opinar sobre algunos temas, sino estar convencido de aquellas realidades que Dios nos enseña. Como dice el salmo: que lo oigan los humildes y se alegren” (Sal 33/34,3). Y así, para poder seguir al Señor de cerca, sobre todo presente en el Sacramento del Altar, nuestro corazón también afirma con fuerza: “sabemos que eres el Santo de Dios”.

  1. Respuesta litúrgica:
Si creemos verdaderamente en la Eucaristía, una segunda forma de respuesta es participar de su celebración. En la realidad, la Iglesia se reúne en la Misa junto a Cristo, lo celebra cuidadosamente, a la vez que recibe de un modo especial, la presencia amorosa de su Divino Esposo (Cf. 5,21-32).
Fe y celebración son inseparables: no podemos creer profundamente y no participar de lo que creemos; es más, con la fe se descubre el sentido de la celebración y la misma celebración ayuda a aumentar la fe.
En la celebración eucarística, la Iglesia entera ofrece a Dios lo más grande que puede ofrecer: su corazón unido al de Jesús; pero además, recibe de Dios lo más grande que puede recibir: sus palabras que son “espíritu y vida”, su presencia y sacrificio que nos acompañan, alimentan, fortalecen y guían. Así, por este hermoso intercambio, la Misa se convierte en un momento privilegiado de oración, de trato con Dios y no sólo eso, sino que también es escuela e incentivo para que toda nuestra vida quede impregnada por este trato íntimo con Dios, nuestro Padre.

  1. Respuesta cotidiana:
Pero si damos un paso más, lo que creemos, celebramos y rezamos, eso vivimos. Por esto, el creyente en la Eucaristía, con el tiempo, si le permite a Dios, irá teniendo un estilo eucarístico de vida.
¿En qué se caracteriza este estilo eucarístico? Para decirlo con pocas palabras tendríamos que mirar la Última Cena y considerar las virtudes que allí practicó el Señor. Pensemos en la alabanza y en el agradecimiento a Dios por sus dones. Por esto nos preguntamos: ¿Cómo es mi oración, en misa, en casa; es rutinaria o por el contrario es un encuentro personal con Dios? pensemos en la entrega generosa a los demás, para hacerles bien y servirlos como Dios quiere.
¿Me preocupo por el bien del otro, o lo utilizo según mis intereses? ¿Pensamos en la paz, que es un don de Dios para los corazones que lo aman? ¿Somos pacíficos, interior y exteriormente? ¿Aceptamos la cruz, confiados plenamente en el amor de Dios? Pues Jesús aceptó la suya para ayudarnos con su gracia y con su ejemplo.

Conclusión:
Al terminar, manifestamos nuestro deseo transformado en propósito: “Lejos de nosotros abandonar al Señor” (Jos. 24,16). En cambio, nos comprometemos a hacer en la Misa un acto de fe profunda y verdadera, al rezar el Credo, a hacer un acto de amor a Dios al comulgar y a pedir con confiada esperanza las gracias necesarias para vivir eucarísticamente. Así sea.

Homilía Domingo XX Tiempo Ordinario Ciclo B


Alimento del hombre peregrino


Introducción:
Comida, Vida y Cielo se nombran y se relacionan en las palabras que Jesús dirige en la sinagoga de Cafarnaúm: Él mismo se nos entrega como alimento, que nos da la vida verdadera, para esta tierra y para llegar a la definitiva del Cielo. Siguiendo sus palabras podemos meditar en la Eucaristía, primero como alimento; luego como Pan de Vida y como Pan de esperanza.

  1. Su Cuerpo y Sangre, nuestro alimento:
El alimento que Jesús nos propone, en el camino de nuestra vida, es Él mismo: “Mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida” (Jn 6,55). Así, Él quiere alimentar nuestras vidas con su abundante Vida divina, de tal modo que nosotros nos vayamos asimilando, pareciendo, asemejando a Él. Dios se hace comida del hombre, para que el hombre se asemeje a Dios: “El que me come vivirá por Mí” (Jn 6,57).
Y así nos dejó su Cuerpo entregado, y su Sangre derramada, bajo la apariencia de pan y vino. Aunque conviene recordar que en cada una de las especies está todo entero, con su Cuerpo y Sangre, con su Alma, y su Divinidad, el Hijo de Dios cerca de nosotros, y así nos visita con todo su ser y con la fuerza de su misterio pascual. Además de que donde está el Hijo está el Padre y el Espíritu Santo.

  1. Pan de Vida eterna:
De este modo, el Dios tres veces Santo, al dársenos nos comparte su Vida, la Vida eterna: Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo” (Jn 6,51).
“Vida eterna, nos explica el Papa Benedicto, significa la vida misma, la vida verdadera, que puede ser vivida también en este tiempo y que después ya no puede ser rebatida por la muerte física. Esto es lo que realmente interesa: abrazar ya desde ahora la vida, la vida verdadera, que ya nada ni nadie puede destruir” (JOSEPH RATZINGER/BENEDICTO XVI, Jesús de Nazaret, Desde la Entrada en Jerusalén hasta la Resurrección, Planeta-Encuentro, Madrid 2011, página 102).
Esto es lo que llamamos “Gracia santificante”, que no es otra cosa que la participación en la Vida de Dios que nos hace posible conocer y amar a Dios y a los demás como Dios lo hace. De hecho, en la vida de los Santos como San Maximiliano María Kolbe, la Beata Madre Teresa, el Santo Juan Pablo II y tantos otros, vemos que hay acciones que superan las fuerzas humanas. Dios nos muestra que Él puede transformar nuestras vidas llenándolas plenamente.

  1. Pan de la Esperanza:
Por esto, como “la Eucaristía es el memorial de la Pascua del Señor y si por nuestra comunión en el altar somos colmados "de gracia y bendición" (Plegaria Eucarística I o Canon Romano 96: Misal Romano), la Eucaristía es también la anticipación de la gloria celestial” (CATIC 1402).
Por lo cual, como anticipación y causa de eterna salvación, la Eucaristía es para nosotros el Pan de la Esperanza, ya que “la participación en el Santo Sacrificio nos identifica con su Corazón, sostiene nuestras fuerzas a lo largo del peregrinar de esta vida, nos hace desear la Vida eterna y nos une ya desde ahora a la Iglesia del cielo, a la Santa Virgen María y a todos los santos” (CATIC 1419).
De hecho, este Alimento del hombre peregrino es para nosotros más necesario que el pan milagroso que comió Elías, con el cual caminó durante 40 días hasta el monte de Dios (Cf. 1R 19,1-8). Así, este Alimento celestial nos asegura la ayuda divina a la vez que nos moviliza para que pongamos nuestra parte en el camino de la salvación.

Conclusión:
Con los ojos puestos en el Dios, que en el Cielo nos espera, para colmarnos de sus bendiciones, le pedimos a la Virgen “nuestra Madre” la gracia de estar cada vez más cerca de Jesús que es nuestra fortaleza y nuestra confianza.

Homilía La Asunción de la Virgen María Ciclo B


El que se humilla será ensalzado


Introducción:
Nuestra Madre, con gran razón y justicia puede ser llamada “Arca de la Alianza”, puesto que esconde en su interior numerosos tesoros. En primer lugar su gran riqueza es Jesús, ya que por Ella nos ha llegado nuestro Salvador. Pero también Ella misma posee numerosos dones que son tesoros de Dios: la Inmaculada Concepción, su pureza virginal, su fidelidad sin límites… su Asunción gloriosa.
Así, “la Madre de Jesús, glorificada ya en los cielos en cuerpo y alma, es la imagen y comienzo de la Iglesia que llegará a su plenitud en el siglo futuro. También en este mundo, hasta que llegue el día del Señor, brilla ante el Pueblo de Dios en Marcha, como señal de esperanza cierta y de consuelo (LG 68)” (CATIC 972).
Por lo cual, contemplar este Arca de numerosos tesoros es, para nosotros, de gran luz, aliento, guía, sostén… Y uno de esos tesoros, muy importante porque está en la base de los demás y de un modo especial relacionado con su gloriosa Asunción, es la humildad.

1.       Humildad:
La humildad, según santa Teresa, consiste en andar en verdad. Y así, nos hace ocupar nuestro propio lugar, principalmente ante Dios, pero no sólo ante Él, porque el que se sabe creatura y en todo dependiente del Señor, también se relacionará como debe con los demás que son creaturas como uno mismo.
Así, respecto a la humildad con Dios, “la adoración es la primera actitud del hombre que se reconoce criatura ante su Creador” (CATIC 2628). A la vez que, la misma “adoración de Dios tres veces santo y soberanamente amable nos llena de humildad y da seguridad a nuestras súplicas” (Ídem). Por esto, el humilde, con los bienes que posee no se enorgullece pues todo viene de Dios, y con los males, no se desalienta porque los pone en las manos del omnipotente.
A su vez, “la humildad confiada nos devuelve a la luz de la comunión con el Padre y su Hijo Jesucristo, y de los unos con los otros (cf 1 Jn 1, 7-2, 2)” (CATIC 2631). Y así se evita fácilmente en el trato con los demás todo lo que sabe a orgullo, desdén, soberbia…
Por esto, San Agustín decía: “Si quieres ser grande, comienza por ser pequeño; si quieres construir un edificio que llegue hasta el cielo, piensa primero en poner el fundamento de la humildad. Cuanto mayor sea la mole que se trate de levantar y la altura del edificio, tanto más hondo hay que cavar el cimiento”.

2.       El que se humilla será elevado
De hecho, en los pocos pasajes que el Evangelio dedica a nuestra Madre, Ella aparece como la humilde que escucha y cumple la Palabra de Dios (Cf. Lc 11,27-28). Además, Ella misma reconoce que Dios “miró con bondad la pequeñez de su servidora” (Lc 1,48).
Por esto, la Virgen santísima pudo recibir los demás dones, como expresa la oración colecta de la Misa de la Vigilia: “Dios nuestro, que mirando la humildad de la Virgen María le diste la gracia de ser la Madre de tu Hijo Único, y hoy la has coronado de la gloria celestial; concédenos, por sus ruegos, que quienes fuimos salvados por el misterio de tu redención, merezcamos alcanzar tu gloria”.
Y por esto fue elevada a la gloria mediante el misterio que celebramos, siendo a su vez modelo para nosotros: “La Asunción de la Santísima Virgen constituye una participación singular en la Resurrección de su Hijo y una anticipación de la resurrección de los demás cristianos” (CATIC 966).

3.       Imitar su humildad:
Y como al contemplarla queremos imitarla, no podemos dejar de reflexionar en el lugar y puesto de la virtud de la humildad tiene en nuestra vida. Y, aunque es muy basto, lo resumimos así:
1. Para con Dios: reconociéndome como creatura necesitada, creada para servir a Dios, darle gloria.
2. Para con los superiores: aceptando los consejos, correcciones, y dependiendo de ellos.
3. Para con los demás: buscando servir, valorar a los demás, felicitarles por sus logros y reconocer su competencia en su campo respectivo” (P. Antonio Rivero LC– Catholic.net, La Humildad y su Importancia).

Conclusión:
Como la Reina del Cielo, “seamos humildes servidores de todos, obrando con tanta sencillez que arrastremos a los demás, con nuestro ejemplo, a alabar y glorificar a Dios. Ante los progresos obtenidos en el camino de la santidad, y los logros en el desempeño de la misión encomendada, sigamos el ejemplo de María, descubriendo en ellos la obra del Todopoderoso” (P. Antonio Rivero LC– Catholic.net, La Humildad y su Importancia).

Homilía DOmingo XIX Tiempo Ordinario Ciclo B



En la Comunión de la Caridad

1R 19,1-8; Sal 33/34,2-9; Ef 4,30-5,2; Jn 6,41-51

Introducción:
Continuando su diálogo con los judíos, que lo habían salido a buscar después de la multiplicación de los panes (Cf. Jn 6), el Señor Jesús insiste en que Él es el “Pan de Vida” (Jn 6,48), una vida que se nos da en abundancia, con generosidad, que se nos ofrece a todos. Por lo tanto, Él es el Pan del amor, de la caridad, es el Pan de la Comunión. De hecho, no por nada, se utiliza esta palabra para referirse al hecho de recibir la Eucaristía, “Comunión”, que significa una común unión con Jesús y en Él, con la Iglesia y con nuestros hermanos.
  1. Comunión con Cristo:
En primer lugar, está la comunión con Dios, ya que Él se nos hizo muy cercano en Jesús, su Divino Hijo. Y al recibirlo en la Eucaristía, nos unimos con Dios Padre y con el Espíritu Santo. Para el cristiano es de vital necesidad tener un profundo trato con Jesús en la Eucaristía, porque ésta es mucho más que el pan que comió el profeta Elías con el cual pudo caminar 40 días enteros (Cf. 1R 19,1-8); es mucho más que los 5 panes de cebada que se multiplicaron. “Es el Señor” (Jn 21,7). Y por esto clamamos con el salmista: “¡Gusten y vean qué bueno es el Señor! ¡Felices los que en Él se refugian!” (Sal 33/34,9).
Pero, para estar con Jesús, para poder encontrarlo con la fe, necesitamos algo muy importante: la gracia de Dios, es decir, su ayuda: “Nadie puede venir a Mí, si no lo atrae el Padre que me envió” (Jn 6,44). Tenemos que pedir para nosotros y para los demás la gracia de tener fe en la Eucaristía, tanto en la Misa y como en la Adoración.
Porque, gracias a la fe, nos damos cuenta de que comulgar no es comer un pan bendito, no es un simple símbolo de la última Cena, no es una representación, sino que es verdaderamente recibir a Jesús que viene a nuestra vida para compartirnos la suya, como la Vid lo hace con los sarmientos (Cf. Jn 15,4-5). Es interesante destacar que San Cayetano, en una época en que no todos los sacerdotes celebraban la Misa diaria, la estableció como regla para sus Canónigos Regulares.
  1. Comunión con la Iglesia:
Pero, además, al unirnos con Jesús, nos unimos con los demás. De hecho, “la Iglesia vive de la Eucaristía” nos dijo el Santo Juan Pablo II. Y continúa: “Esta verdad no expresa solamente una experiencia cotidiana de fe, sino que encierra en síntesis el núcleo del misterio de la Iglesia. Ésta experimenta con alegría cómo se realiza continuamente, en múltiples formas, la promesa del Señor: « He aquí que Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo » (Mt 28, 20); en la Sagrada Eucaristía, por la transformación del pan y el vino en el Cuerpo y en la Sangre del Señor, se alegra de esta presencia con una intensidad única. Desde que, en Pentecostés, la Iglesia, Pueblo de la Nueva Alianza, ha empezado su peregrinación hacia la patria celeste, este divino Sacramento ha marcado sus días, llenándolos de confiada esperanza” (Ecclesia de Eucharistia 1).
“La Iglesia… no está solamente reunida en torno a Él: siempre está unificada en Él, en su Cuerpo” (CATIC 789). Porque al unirnos todos en Él formamos la Iglesia, de tal modo que sin Jesús en la Eucaristía no existiría la Iglesia como tal. Esto se ve en cada Misa, sea mucha o poca la gente que asista, el pueblo de Dios se congrega en torno a Jesús.
  1.  Comunión con nuestros hermanos:
De modo individual, esto nos atañe también a cada uno, ya que al comulgar Jesús va transformando nuestra vida por el amor, lo cual se ve en las obras de caridad hacia nuestros hermanos. Como lo dice el Apóstol: “Eviten la amargura, los arrebatos, la ira, los gritos, los insultos y toda clase de maldad. Por el contrario, sean mutuamente buenos y compasivos, perdonándose los unos a los otros como Dios los ha perdonado en Cristo” (Ef 4,31-32). En cada Misa podríamos preguntarnos: ¿Hago el bien a mis hermanos? ¿A alguien le hago o deseo el mal?... para que el Señor nos vaya transformando. “Traten de imitar a Dios”, continúa San Pablo. “Practiquen el amor, a ejemplo de Cristo, que nos amó y se entregó por nosotros, como ofrenda y sacrificio agradable a Dios” (Ef 5,2). Nosotros lo tenemos bien cerca, en el santísimo Sacramento. ¡Vayamos hacia Él!
Conclusión:
Con la intención de crecer en la caridad, como lo hacía San Cayetano, le pedimos a María santísima que nos dé a Jesús; que sea Ella la que nos acerque, un poco más, al Corazón Eucarístico de su Hijo, que es para cada uno de nosotros “el Pan de Vida” (Jn 6,48).

Homilía Domingo XVIII Tiempo Ordinario Ciclo B



Eucaristía, fe y caridad


Introducción:
Después de la multiplicación de los panes, Nuestro Señor se aparta de la multitud, la cual, sin embargo lo sigue buscando. Al encontrarlo, se establece el diálogo que nos refiere el Evangelio (Jn 6,26-35).

  1. “Sacramento de nuestra fe”:
Jesús, que mostró su poder y misericordia al multiplicar los panes, ahora afirma sin titubeos: “Yo soy el Pan de Vida. El que viene a Mí jamás tendrá hambre; el que cree en mí jamás tendrá sed” (Jn 6,35).
En la Eucaristía está presente nuestro Divino Salvador. Aunque no lo veamos, ni sintamos, ahí está uno de los misterios más grandes de nuestra fe. Por eso, el católico está convencido de la presencia de Cristo en cada Hostia Consagrada.
Esta convicción nos ilumina y nos empuja no sólo a participar de la santa misa, a ser generosos en la adoración eucarística, sino también a prepararnos convenientemente para la Comunión y a ser coherentes con ella. Comulgar es recibir a Cristo.
Por tanto, “el que quiere recibir a Cristo en la Comunión eucarística debe hallarse en estado de gracia. Si uno tiene conciencia de haber pecado mortalmente no debe acercarse a la Eucaristía sin haber recibido previamente la absolución en el sacramento de la Penitencia” (CATIC 1415).
Además, al salir de la santa misa, hemos de esforzarnos por ser coherentes con el Señor y sus enseñanzas, transmitidas por la Iglesia que Él fundó.

  1. La fe obra por la caridad:
Nuestro mismo Salvador nos dice hoy: “Trabajen, no por el alimento perecedero, sino por el que permanece hasta la Vida eterna, el que les dará el Hijo del hombre” (Jn 6,27). Y aclara que este trabajo se refiere a una de las virtudes más importantes, la fe: “La obra de Dios es que ustedes crean en Aquel que Él ha enviado” (Jn 6,29).
En este sentido, conviene meditar siempre que, para poder comulgar debemos tener las virtudes teologales, ya que la fe obra por la caridad (Cf. Gal 5,6). Sin ella, la fe está muerta (Cf. Sant 2,17).
Por tanto, la Comunión de cada domingo nos motiva y exige a vivir coherentemente nuestra fe y nuestro amor a Dios y al prójimo. Sin duda que la Eucaristía es un Regalo infinito de Dios, como el maná que alimentaba a los israelitas por el desierto (Cf. Ex 16, 2-4. 12-15). Pero también es cierto que dicho regalo hay que recibirlo convenientemente. Por eso, la obra de Dios consiste en que nosotros creamos en Cristo, convencidos y coherentes con dicha fe.

  1. Aborto, fe y caridad:
Llevando nuestra meditación a la actualidad, conviene tener presente el tema del aborto, el cual no sólo es un atentado contra la vida humana de otro, sino en nosotros, es un atentado contra la fe y contra la caridad.
Cuando alguien comete un aborto, participa o coopera en él, está faltando gravemente contra la justicia y  la caridad, contra el amor obediente a Dios y contra el bien del prójimo.
Cuando alguien, piensa o enseña que el aborto está bien o que es un derecho está yendo contra la doctrina de fe de la Iglesia:
“Con la autoridad que Cristo confirió a Pedro y a sus Sucesores, en comunión con todos los Obispos […], declaro que el aborto directo, es decir, querido como fin o como medio, es siempre un desorden moral grave, en cuanto eliminación deliberada de un ser humano inocente. Esta doctrina se fundamenta en la ley natural y en la Palabra de Dios escrita; es transmitida por la Tradición de la Iglesia y enseñada por el Magisterio ordinario y universal” (San Juan Pablo II, Evangelium Vitae 62). Por tanto, “la afirmación de que el aborto no es pecado constituye propiamente un error que afecta a la verdad de la fe católica.”[1] Es, por eso, un pecado grave.

Conclusión:
Le pedimos a la Virgen la fortaleza para trabajar por nuestra fe, para acrecentarla y vivirla coherentemente con la caridad, en toda su exigencia.