En la Comunión de la Caridad
1R 19,1-8; Sal
33/34,2-9; Ef 4,30-5,2; Jn 6,41-51
Introducción:
Continuando su diálogo con los judíos, que lo habían salido
a buscar después de la multiplicación de los panes (Cf. Jn 6), el Señor Jesús
insiste en que Él es el “Pan de Vida”
(Jn 6,48), una vida que se nos da en abundancia, con generosidad, que se nos
ofrece a todos. Por lo tanto, Él es el
Pan del amor, de la caridad, es el Pan de la Comunión. De hecho, no por
nada, se utiliza esta palabra para referirse al hecho de recibir la Eucaristía,
“Comunión”, que significa una común
unión con Jesús y en Él, con la Iglesia y con nuestros hermanos.
- Comunión con Cristo:
En primer lugar, está
la comunión con Dios, ya que Él se nos hizo muy cercano en Jesús, su Divino Hijo.
Y al recibirlo en la Eucaristía, nos unimos con Dios Padre y con el Espíritu
Santo. Para el cristiano es de vital necesidad
tener un profundo trato con Jesús en la Eucaristía, porque ésta es mucho
más que el pan que comió el profeta Elías con el cual pudo caminar 40 días
enteros (Cf. 1R 19,1-8); es mucho más que los 5 panes de cebada que se
multiplicaron. “Es el Señor” (Jn 21,7). Y por esto clamamos con el salmista: “¡Gusten y vean qué bueno es el Señor!
¡Felices los que en Él se refugian!” (Sal 33/34,9).
Pero, para estar con Jesús, para poder encontrarlo con la
fe, necesitamos algo muy importante: la gracia de Dios, es decir, su ayuda: “Nadie puede venir a Mí, si no lo atrae el
Padre que me envió” (Jn 6,44). Tenemos que pedir para nosotros y para los
demás la gracia de tener fe en la Eucaristía, tanto en la Misa y como en la
Adoración.
Porque, gracias a la fe, nos damos cuenta de que comulgar no
es comer un pan bendito, no es un simple símbolo de la última Cena, no es una
representación, sino que es verdaderamente recibir
a Jesús que viene a nuestra vida para compartirnos la suya, como la Vid lo
hace con los sarmientos (Cf. Jn 15,4-5). Es interesante destacar que San
Cayetano, en una época en que no todos los sacerdotes celebraban la Misa diaria,
la estableció como regla para sus Canónigos Regulares.
- Comunión con la Iglesia:
Pero, además, al unirnos con Jesús, nos unimos con los
demás. De hecho, “la Iglesia vive de la
Eucaristía” nos dijo el Santo Juan Pablo II. Y continúa: “Esta verdad no
expresa solamente una experiencia cotidiana de fe, sino que encierra en
síntesis el núcleo del misterio de la Iglesia. Ésta experimenta con
alegría cómo se realiza continuamente, en múltiples formas, la promesa del
Señor: « He aquí que Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del
mundo » (Mt 28, 20); en la Sagrada Eucaristía, por la transformación del
pan y el vino en el Cuerpo y en la Sangre del Señor, se alegra de esta
presencia con una intensidad única. Desde que, en Pentecostés, la Iglesia,
Pueblo de la Nueva Alianza, ha empezado su peregrinación hacia la patria
celeste, este divino Sacramento ha marcado sus días, llenándolos de confiada esperanza”
(Ecclesia de Eucharistia 1).
“La Iglesia… no está solamente reunida en torno a Él:
siempre está unificada en Él, en su Cuerpo” (CATIC 789). Porque al unirnos
todos en Él formamos la Iglesia, de tal modo que sin Jesús en la Eucaristía no
existiría la Iglesia como tal. Esto se ve en cada Misa, sea mucha o poca la
gente que asista, el pueblo de Dios se congrega en torno a Jesús.
- Comunión con nuestros hermanos:
De modo individual, esto nos atañe también
a cada uno, ya que al comulgar Jesús va
transformando nuestra vida por el amor, lo cual se ve en las obras de
caridad hacia nuestros hermanos. Como lo dice el Apóstol: “Eviten la amargura, los arrebatos, la ira,
los gritos, los insultos y toda clase de maldad. Por el contrario, sean
mutuamente buenos y compasivos, perdonándose los unos a los otros como Dios los
ha perdonado en Cristo” (Ef 4,31-32). En cada Misa podríamos
preguntarnos: ¿Hago el bien a mis hermanos? ¿A alguien le hago o deseo el
mal?... para que el Señor nos vaya transformando. “Traten de imitar a Dios”, continúa San Pablo. “Practiquen el amor, a ejemplo de Cristo, que nos amó y se entregó por
nosotros, como ofrenda y sacrificio agradable a Dios” (Ef 5,2). Nosotros lo tenemos bien cerca, en el
santísimo Sacramento. ¡Vayamos hacia Él!
Conclusión:
Con la intención de crecer en la caridad, como lo hacía San
Cayetano, le pedimos a María santísima que nos dé a Jesús; que sea Ella la que
nos acerque, un poco más, al Corazón Eucarístico de su Hijo, que es para cada
uno de nosotros “el Pan de Vida” (Jn
6,48).