Homilía Domingo XVIII Tiempo Ordinario Ciclo B



Eucaristía, fe y caridad


Introducción:
Después de la multiplicación de los panes, Nuestro Señor se aparta de la multitud, la cual, sin embargo lo sigue buscando. Al encontrarlo, se establece el diálogo que nos refiere el Evangelio (Jn 6,26-35).

  1. “Sacramento de nuestra fe”:
Jesús, que mostró su poder y misericordia al multiplicar los panes, ahora afirma sin titubeos: “Yo soy el Pan de Vida. El que viene a Mí jamás tendrá hambre; el que cree en mí jamás tendrá sed” (Jn 6,35).
En la Eucaristía está presente nuestro Divino Salvador. Aunque no lo veamos, ni sintamos, ahí está uno de los misterios más grandes de nuestra fe. Por eso, el católico está convencido de la presencia de Cristo en cada Hostia Consagrada.
Esta convicción nos ilumina y nos empuja no sólo a participar de la santa misa, a ser generosos en la adoración eucarística, sino también a prepararnos convenientemente para la Comunión y a ser coherentes con ella. Comulgar es recibir a Cristo.
Por tanto, “el que quiere recibir a Cristo en la Comunión eucarística debe hallarse en estado de gracia. Si uno tiene conciencia de haber pecado mortalmente no debe acercarse a la Eucaristía sin haber recibido previamente la absolución en el sacramento de la Penitencia” (CATIC 1415).
Además, al salir de la santa misa, hemos de esforzarnos por ser coherentes con el Señor y sus enseñanzas, transmitidas por la Iglesia que Él fundó.

  1. La fe obra por la caridad:
Nuestro mismo Salvador nos dice hoy: “Trabajen, no por el alimento perecedero, sino por el que permanece hasta la Vida eterna, el que les dará el Hijo del hombre” (Jn 6,27). Y aclara que este trabajo se refiere a una de las virtudes más importantes, la fe: “La obra de Dios es que ustedes crean en Aquel que Él ha enviado” (Jn 6,29).
En este sentido, conviene meditar siempre que, para poder comulgar debemos tener las virtudes teologales, ya que la fe obra por la caridad (Cf. Gal 5,6). Sin ella, la fe está muerta (Cf. Sant 2,17).
Por tanto, la Comunión de cada domingo nos motiva y exige a vivir coherentemente nuestra fe y nuestro amor a Dios y al prójimo. Sin duda que la Eucaristía es un Regalo infinito de Dios, como el maná que alimentaba a los israelitas por el desierto (Cf. Ex 16, 2-4. 12-15). Pero también es cierto que dicho regalo hay que recibirlo convenientemente. Por eso, la obra de Dios consiste en que nosotros creamos en Cristo, convencidos y coherentes con dicha fe.

  1. Aborto, fe y caridad:
Llevando nuestra meditación a la actualidad, conviene tener presente el tema del aborto, el cual no sólo es un atentado contra la vida humana de otro, sino en nosotros, es un atentado contra la fe y contra la caridad.
Cuando alguien comete un aborto, participa o coopera en él, está faltando gravemente contra la justicia y  la caridad, contra el amor obediente a Dios y contra el bien del prójimo.
Cuando alguien, piensa o enseña que el aborto está bien o que es un derecho está yendo contra la doctrina de fe de la Iglesia:
“Con la autoridad que Cristo confirió a Pedro y a sus Sucesores, en comunión con todos los Obispos […], declaro que el aborto directo, es decir, querido como fin o como medio, es siempre un desorden moral grave, en cuanto eliminación deliberada de un ser humano inocente. Esta doctrina se fundamenta en la ley natural y en la Palabra de Dios escrita; es transmitida por la Tradición de la Iglesia y enseñada por el Magisterio ordinario y universal” (San Juan Pablo II, Evangelium Vitae 62). Por tanto, “la afirmación de que el aborto no es pecado constituye propiamente un error que afecta a la verdad de la fe católica.”[1] Es, por eso, un pecado grave.

Conclusión:
Le pedimos a la Virgen la fortaleza para trabajar por nuestra fe, para acrecentarla y vivirla coherentemente con la caridad, en toda su exigencia.