Homilía Domingo XXX Tiempo Ordinario Ciclo B


Luz en nuestro camino


Introducción:
La Palabra de Dios, que  es la luz que ilumina la vida, nos enseña muchos aspectos de nuestra existencia. El Evangelio de Bartimeo (Cf. Mc 10,46-52), nos dice algo sobre nosotros, sobre Cristo y sobre su paso en nuestra vida.

  1. Nosotros, como el ciego:
En primer lugar, la figura del mendigo ciego, llamado Bartimeo, representa, muchas veces, lo que nosotros somos. Porque nuestra vida, tiene algo del mendigo. Y esto no está mal, porque somos limitados, tenemos siempre alguna pobreza ante Dios que es muy bueno reconocer. Si somos mendigos de Dios, seremos colmados con sus dones.
Pero a veces, además de ser mendigos, estamos junto al camino, no caminando, sino al borde, un poco apartados, inmóviles. A menudo, estamos estancados en nuestra vida, no avanzamos. Esto sí que no es bueno, pero nos puede suceder lamentablemente: nos puede pasar de quedarnos por falta de fuerza, por ceguera, por estar pensando en otras cosas…
Sin embargo, así y todo, Jesús pasa a nuestro lado. Y Bartimeo nos enseña a estar atentos, a no dejarlo pasar de largo, a salirle al encuentro, al menos con los gritos de un corazón orante. Justamente, “la oración es la elevación del alma a Dios”, es una “relación personal y viva de los hijos de Dios con su Padre infinitamente bueno, con su Hijo Jesucristo y con el Espíritu Santo, que habita en sus corazones” (CATIC Compendio 534).
Así como sucedió en el pasaje del Evangelio, este grito insistente, cuando oramos a Dios con fe, incluso en medio de las más terribles oscuridades, consigue acercarnos al Señor de la luz.
Por esto, al escuchar que Jesús lo llamaba, el ciego del camino nos enseña a arrojar nuestras cosas, nuestro manto, abandonar lo que no nos deja caminar firmes e ir al encuentro del Señor que nos espera.

  1. Jesús en nuestra vida:
Este mismo pasaje, nos muestra tres actitudes de Jesús, que también las repite hoy en nuestras vidas. Cristo pasa cerca, se hace oír y responde. Jesús se hace cercano, insinúa su presencia, nos dirige su palabra: “¿Qué quieres que haga por ti?” (Mc 10,51), porque quiere que le pidamos. Quiere conocer de nuestra voz nuestros problemas y dificultades, como los amigos que no se conocen por terceros. Finalmente, responde, a su modo y a su tiempo, pero responde. No siempre como esperamos o queremos pero responde.

  1. La luz en nuestra vida:
Maestro que yo pueda ver” (Mc 10,51) dice Bartimeo. Es una petición de luz, de ver, de conocer. Y así como es importante la luz, es importante la fe, que nos ilumina el corazón. Esta luz, superior, que nos muestra el camino al Cielo, es la luz que Jesús nos quiere dar a todos.
Con esta luz potente, también nosotros podemos quedar transformados como Bartimeo, quien pudo ver, conocer a Jesús y seguirlo: “comenzó a ver y lo siguió por el camino” (Mc 10,52).
La fe, no sólo ilumina toda nuestra existencia (Cf. Francisco, Lumen Fidei n° 1) sino que además nos lleva (o debe llevar) a un estilo de vida propio del cristiano, puesto que la fe sin obras queda muerta (Cf. St 2,17).

Conclusión:
Le pedimos, entonces, a nuestra celestial Madre, una fe comprometida, que nos haga seguir al Señor, seguirlo de cerca.

Homilía Domingo XXIX Tiempo Ordinario Ciclo B


¿Qué cristiano eres?


Introducción:
Dos de los Apóstoles le hacen una consulta a Jesús. Nuestro Señor, a su vez, les retruca con una pregunta. Allí podemos ver dos concepciones diversas de qué significa ser cristiano…

  1. Seguir a Cristo:
El Papa emérito Benedicto XVI decía en su primera encíclica: “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva.”[1]
Ser cristiano, además de recibir los sacramentos, tener fe, estar en comunión con la Iglesia Católica, significa seguir a Cristo de cerca, dejar que nuestra vida sea transformada por Él.

  1. Dos modos de pensar:
Sin embargo, en este camino de seguimiento del Señor podemos ver dicho cometido de un modo confuso, como lo vieron sus Apóstoles[2]. Ellos pretendieron seguir a Jesús, en las buenas, con gloria, compartiendo su triunfo…
De otro modo nos puede suceder lo mismo a nosotros: pretender que por ir a misa todo nos tiene que ir bien, enojarnos ante las dificultades, buscar más las cosas de Dios que al Dios de todas las cosas, etc. etc. etc.
Por otro lado, está la visión de Dios. El Señor Jesús, al responder a la inquietud de sus Apóstoles que le pidieron puestos de honor, les retruca con otra pregunta: “¿Pueden beber el cáliz que Yo beberé y recibir el bautismo que Yo recibiré?
La mirada es otra. Jesús quiere que lo sigamos a Él, por Él. Que podamos estar cerca en toda circunstancia, en la salud y en la enfermedad, en la pobreza y en la riqueza. Esto implica una valoración diversa: Dios es más importante que sus dones.
Entonces, el cristiano que entiende esta forma de ver de Dios, amará al Señor por sobre todas las cosas, incluso las propias, lo servirá con generosidad, se acercará a Dios no sólo para pedir sino también para dar…

  1. El misterio amoroso de la cruz:
San Luis María ponía en labios de Jesús, como si nos dijera a cada uno de nosotros, que tiene muchos amigos de su mesa pero pocos amigos de su cruz.[3] Mesa y cruz parecen símbolos de ambos pensamientos. Los amigos de la mesa de Dios buscan los dones de Dios; los amigos de la cruz de Dios, buscan a Dios, quieren acompañarlo siempre.
Por esto, el misterio de la cruz ilumina y transforma. Ilumina nuestra mente para ver como ve Dios; nos transforma con la fortaleza de Cristo para vivir como cristianos al estilo del Señor.
La misa tiene las dos cosas: mesa y cruz. Es el banquete eucarístico y el santo sacrificio de la cruz. Al acercarnos a ella, al participar cada domingo o cada día es importante que nos acerquemos al Señor, no sólo a su mesa sino también a su cruz…

Conclusión:
Le pedimos a la Virgen la gracia de amar a Dios sobre todas las cosas y en todas las circunstancias, como Ella lo hizo.


[1] DCE n° 1.
[2] Cf. Mc 10,35-45.
[3] Cf. Carta a los Amigos de la Cruz.

Homilía Domingo XXVIII Tiempo Ordinario Ciclo B


Múltiples llamados


Introducción:
El Señor Jesús se ha acercado a nosotros, a todos para que podamos seguirlo. Así, todos estamos llamados a ir tras Él en su imitación, aunque no todos del mismo modo.

  1. El llamado de los mandamientos:
Jesús, cuando se encuentra con este hombre que quería saber cuál era el camino al Cielo, en su primera respuesta menciona algunos de los mandamientos: “Tú conoces los mandamientos: No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no perjudicarás a nadie, honra a tu padre y a tu madre»” (Mc 10,19).
En el Evangelio escrito por San Juan, durante la Última Cena, el Señor diferencia a los que lo aman de los que no por esto mismo: “El que me ama será fiel a mi palabra” (Jn 14,23).
De este modo, los mandamientos son un primer llamado para todos, es el camino de seguimiento del Señor, para poder imitarlo, agradarlo y lograr estar con Él en la Eternidad. En su respuesta, Jesús sólo nombra algunos, referidos al bien del prójimo, ya que amar al prójimo, como Jesús, es signo de amar a Dios: “¿Cómo puede amar a Dios, a quien no ve, el que no ama a su hermano, a quien ve?” (1Jn 4,20).

  1. El llamado de los consejos evangélicos:
Según San Marcos, ante la respuesta del joven de que cumplía los mandamientos, Jesús le dice que le falta una cosa. San Mateo anota la frase: “Si quieres ser perfecto…” (Mt 19,21). Con esto nos da a entender que tiene un llamado especial, a ejercitar obras que no son obligatorias para todos, pero que, para él son el camino de cercanía con Jesús.
De hecho, “los consejos evangélicos están propuestos en su multiplicidad a todos los discípulos de Cristo” (CATIC 915), pero no del mismo modo. Con la intención de vivir una dedicación más íntima a Dios surge la vida consagrada, en la cual “los fieles de Cristo se proponen, bajo la moción del Espíritu Santo, seguir más de cerca a Cristo, entregarse a Dios amado por encima de todo y, persiguiendo la perfección de la caridad en el servicio del Reino, significar y anunciar en la Iglesia la gloria del mundo futuro (cf. CIC, can. 573)” (CATIC 916). Por esto, no se conforman con el espíritu de pobreza, castidad y obediencia sino que se dedican a vivirlos concretamente.
En este sentido, es bueno meditar sobre la vida consagrada, que forma parte de la riqueza de la Iglesia y a la cual, Dios hoy sigue llamando a algunos jóvenes. En este sentido, San Luis Gonzaga es ejemplo de fidelidad al llamado de Dios, pues numerosas veces tuvo que superar los obstáculos de su padre. Éste lo enviaba a las cortes italianas para que desistiera de su propósito y le encomendó importantes tareas para que otras ambiciones le hicieran cambiar de parecer. Sin embargo, después de un tiempo, el que cambió de parecer fue don Ferrante, quien lo autorizó a irse a la Compañía de Jesús a los 18 años (Cf. Cristo hoy 14-20/02/07).

  1. Nuestra respuesta:
Lo importante para nosotros, lo que nos deja la Palabra de Dios hoy, es el deseo de responder afirmativamente al Señor, con toda generosidad. De nada sirve ir a preguntarle y después volvernos tristes por no querer responderle.
Esta actitud, de generosa entrega es importante siempre, en cada acontecimiento de la vida, pero de un modo especial cuando se refiere a la propia vocación, a ese llamado que Dios hace para seguirlo de un modo determinado. Es necesario rezar por las vocaciones, para que Dios llame y los llamados respondan generosamente.

Conclusión:
Le pedimos a la Virgen la gracia de que nuestra vida sea una respuesta concreta a esos llamados que Dios nos hace.

Homilía Domingo XXVII Tiempo Ordinario Ciclo B


La bendición primera


Introducción:
Ya desde el comienzo, desde el Génesis, aparece Dios bendiciendo a sus hijos. En realidad, todo es una bendición de Dios, un gesto de su bondad y amor que quiere y realiza nuestro bien. La Palabra de Dios, hoy nos hace meditar en algunas bendiciones principales, que están como en la base de todo lo demás.

  1. La bendición de la creación:
En primer lugar todo lo que existe, la naturaleza entera incluyendo al hombre, es una bendición de Dios porque ha brotado de su mano amorosa. Porque Él, que nada necesitaba de nosotros, ha querido crearnos por amor y darnos todo lo demás para nuestro bien. Por esto, San Pablo exclama: “Todo es de ustedes, pero ustedes son de Cristo y Cristo es de Dios” (1Cor 3,22b-23). De este modo, los ojos de la fe nos hacen ver en las cosas que nos rodean dones de Dios, regalos de su amor y de este modo, recibirlos, aceptarlos, cuidarlos…
Ante la grandeza del ser humano como creatura de Dios, San Catalina de Siena rezaba: “¿Qué cosa, o quién, te ruego, fue el motivo de que establecieras al hombre en semejante dignidad? Ciertamente, nada que no fuera el amor inextinguible con el que contemplaste a tu criatura en ti mismo y te dejaste cautivar de amor por ella. Por amor lo creaste, por amor le diste un ser capaz de gustar tu Bien eterno (S. Catalina de Siena, Diálogo 4,13)” (CATIC 356).

  1. La bendición de la familia:
Otra bendición muy importante y que está en los inicios de la humanidad, por lo cual habrá que cuidarla celosamente para cuidar la sociedad entera, es la familia. “No conviene que el hombre esté solo, dijo el Dios Creador. Voy a hacerle una ayuda adecuada” (Gn 2,18), y formó a la mujer.
“El hombre y la mujer están hechos “el uno para el otro”: no que Dios los haya hecho “a medias” e “incompletos”; los ha creado para una comunión de personas, en la que cada uno puede ser “ayuda” para el otro porque son a la vez iguales en cuanto personas (“hueso de mis huesos…”) y complementarios en cuanto masculino y femenino. En el matrimonio, Dios los une de manera que, formando “una sola carne” (Gn 2,24), puedan transmitir la vida humana: “Sed fecundos y multiplicaos y llenad la tierra” (Gn 1,28). Al trasmitir a sus descendientes la vida humana, el hombre y la mujer, como esposos y padres, cooperan de una manera única en la obra del Creador (cf. GS 50,1)” (CATIC 372).
Como rezábamos en el Salmo, la familia es una bendición de Dios para los que lo aman. Así, en la familia, hogar de amor, es donde se dan y se reciben todas las actitudes fundamentales que nos hacen buenos humanos, ciudadanos, cristianos…

  1. La bendición del amor:
Finalmente, otro gran bien que Dios ha dejado en nuestro corazón, que nos asemeja a Él en nuestras obras, es el amor, que busca el verdadero bien del otro. Más aún, cuando además de la capacidad natural de amar, Dios ha querido compartirnos su modo divino de darse a los demás: “Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros, y su amor ha llegado a su plenitud en nosotros” (Antífona del Aleluya).

Conclusión:
De este modo, le pedimos a la Virgen que, contemplando el amor que Dios ha tenido con nosotros desde la creación y la familia, podamos nosotros ser felices amándolo sobre todas las cosas y amando a los demás como Jesús.