Homilía Domingo XXVII Tiempo Ordinario Ciclo B


La bendición primera


Introducción:
Ya desde el comienzo, desde el Génesis, aparece Dios bendiciendo a sus hijos. En realidad, todo es una bendición de Dios, un gesto de su bondad y amor que quiere y realiza nuestro bien. La Palabra de Dios, hoy nos hace meditar en algunas bendiciones principales, que están como en la base de todo lo demás.

  1. La bendición de la creación:
En primer lugar todo lo que existe, la naturaleza entera incluyendo al hombre, es una bendición de Dios porque ha brotado de su mano amorosa. Porque Él, que nada necesitaba de nosotros, ha querido crearnos por amor y darnos todo lo demás para nuestro bien. Por esto, San Pablo exclama: “Todo es de ustedes, pero ustedes son de Cristo y Cristo es de Dios” (1Cor 3,22b-23). De este modo, los ojos de la fe nos hacen ver en las cosas que nos rodean dones de Dios, regalos de su amor y de este modo, recibirlos, aceptarlos, cuidarlos…
Ante la grandeza del ser humano como creatura de Dios, San Catalina de Siena rezaba: “¿Qué cosa, o quién, te ruego, fue el motivo de que establecieras al hombre en semejante dignidad? Ciertamente, nada que no fuera el amor inextinguible con el que contemplaste a tu criatura en ti mismo y te dejaste cautivar de amor por ella. Por amor lo creaste, por amor le diste un ser capaz de gustar tu Bien eterno (S. Catalina de Siena, Diálogo 4,13)” (CATIC 356).

  1. La bendición de la familia:
Otra bendición muy importante y que está en los inicios de la humanidad, por lo cual habrá que cuidarla celosamente para cuidar la sociedad entera, es la familia. “No conviene que el hombre esté solo, dijo el Dios Creador. Voy a hacerle una ayuda adecuada” (Gn 2,18), y formó a la mujer.
“El hombre y la mujer están hechos “el uno para el otro”: no que Dios los haya hecho “a medias” e “incompletos”; los ha creado para una comunión de personas, en la que cada uno puede ser “ayuda” para el otro porque son a la vez iguales en cuanto personas (“hueso de mis huesos…”) y complementarios en cuanto masculino y femenino. En el matrimonio, Dios los une de manera que, formando “una sola carne” (Gn 2,24), puedan transmitir la vida humana: “Sed fecundos y multiplicaos y llenad la tierra” (Gn 1,28). Al trasmitir a sus descendientes la vida humana, el hombre y la mujer, como esposos y padres, cooperan de una manera única en la obra del Creador (cf. GS 50,1)” (CATIC 372).
Como rezábamos en el Salmo, la familia es una bendición de Dios para los que lo aman. Así, en la familia, hogar de amor, es donde se dan y se reciben todas las actitudes fundamentales que nos hacen buenos humanos, ciudadanos, cristianos…

  1. La bendición del amor:
Finalmente, otro gran bien que Dios ha dejado en nuestro corazón, que nos asemeja a Él en nuestras obras, es el amor, que busca el verdadero bien del otro. Más aún, cuando además de la capacidad natural de amar, Dios ha querido compartirnos su modo divino de darse a los demás: “Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros, y su amor ha llegado a su plenitud en nosotros” (Antífona del Aleluya).

Conclusión:
De este modo, le pedimos a la Virgen que, contemplando el amor que Dios ha tenido con nosotros desde la creación y la familia, podamos nosotros ser felices amándolo sobre todas las cosas y amando a los demás como Jesús.