Cristo Rey: Servidores del Reino
Introducción:
El año litúrgico termina, como sería de esperar, dedicado a
nuestro Señor Jesucristo, único Salvador de la humanidad. Con esta solemnidad
celebramos a Jesús en su aspecto de Rey, a la vez que nos vemos a nosotros como
sus fieles servidores.
- Cristo Rey:
Las lecturas de esta misa nos describen algunos rasgos de
Cristo como nuestro Rey. El profeta Daniel nos dice que “le fue dado el
dominio, la gloria y el reino, y lo sirvieron todos los pueblos, naciones y
lenguas. Su dominio es un dominio eterno que no pasará, y su reino no será
destruido” (Dn 7,14).
Según el salmista, está rodeado de majestad, poder y
santidad (Cf. Sal 92/93). Y los mandatos de este Rey son “fieles y seguros”
(Ídem). San Juan lo llama “Rey de los reyes de la tierra” (Apo 1,5). Este Rey,
reina con todo el poder de su amor crucificado: “Tú lo dices: soy rey” (Jn
18,37).
- Rezar por el reino:
Lo más importante es que, en nuestra vida, Él sea Rey, no en
la teoría sino en lo práctico, en lo cotidiano, que realmente nos conduzca con su amor. Por esto, la
oración pide siempre el reinado de Dios en sus múltiples aspectos: “La Iglesia
invoca la venida final del Reino de Dios, mediante el retorno de Cristo en la
gloria. Pero la Iglesia ora también para que el Reino de Dios crezca aquí ya
desde ahora, gracias a la santificación de los hombres en el Espíritu y al
compromiso de éstos al servicio de la justicia y de la paz, según las
Bienaventuranzas. Esta petición es el grito del Espíritu y de la Esposa: «Ven,
Señor Jesús» (Ap 22, 20).” (CATIC Compendio 590).
- Trabajar por el reino:
A la oración, el buen cristiano le suma sus obras concretas
por las cuales manifiesta ser discípulo del reino. “Desde Pentecostés, la
venida del Reino es obra del Espíritu del Señor "a fin de santificar todas
las cosas llevando a plenitud su obra en el mundo" (MR, plegaria
eucarística IV).” (CATIC 2818).
Esta fiesta en honor de Cristo, como nuestro Señor, es una
importante ocasión de renovar nuestro compromiso por el reino. Ante todo:
- ¿Le doy el lugar e importancia que Cristo merece en mi vida privada, en el fondo de mi corazón?
- ¿Trato de impregnar de Evangelio mi familia, trabajo y demás lugares que frecuento?
- ¿Dedico algún tiempo en la semana a un apostolado concreto?
Conclusión:
Le pedimos a la Reina del Cielo que nos ayude a ser mejores
discípulos del Señor, de tal modo que a tal Rey tales servidores.