Pobreza y confianza
1 Reyes 17, 10-16; Sal 145, 7. 8-9a.
9bc- 10; Hebreos 9,24-28; Marcos 12, 38-44
Introducción:
El Evangelio, muchas veces nos sorprende con paradojas, con
dichos que son diametralmente opuestos a lo que nos enseña el mundo. Por
ejemplo hoy, escuchamos en el Aleluya: “Felices los que tienen alma de pobres,
porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos” (Antífona del Aleluya).
- Como mendigos:
La pobreza es parte de nuestra vida. Todos tenemos algo del
mendigo Bartimeo (Cf. Mc 10,46-52). A veces estamos ciegos, otras quedamos al
borde del camino, a veces sufrimos cualquier forma de necesidad… Lo bueno es
reconocerlo y gritar. Suplicar al Señor como mendigos que necesitan de su
bondad… y Dios hace el resto.
- Pobreza y confianza:
Por eso, las lecturas de este domingo nos muestran que la
actitud ante Dios de un corazón que se sabe pobre y limitado es la confianza. La
viuda de Sarepta, confía en la palabra de Dios que le anuncia el profeta Elías
y puede experimentar la ayuda.
Otra forma de confianza (y desprendimiento) demostró la
viuda del Evangelio: “Llegó una viuda
de condición humilde y colocó dos pequeñas monedas de cobre. Entonces él llamó
a sus discípulos y les dijo: «Les aseguro que esta pobre viuda ha puesto más
que cualquiera de los otros, porque todos han dado de lo que les sobraba, pero
ella, de su indigencia, dio todo lo que poseía, todo lo que tenía para vivir»”
(Mc 12,42-44).
Saber que Dios nos acompaña siempre nos hace ricos, incluso
en la pobreza material, nos fortalece en la debilidad, nos ilumina en la
oscuridad.
- La fe, pobreza y confianza:
Por todo lo anterior, se ve claro que la condición para
poder ser felices con nuestra propia pobreza es la fe. De hecho, esta virtud es
una forma de ser pobre ante Dios, porque uno se reconoce que no es el dueño de
la verdad. Pero también, encierra un gesto de suma confianza. “Por la fe, el
hombre somete completamente su inteligencia y su voluntad a Dios. Con todo su
ser, el hombre da su asentimiento a Dios que revela (cf. DV 5)” (CATIC 143).
De este modo, creyendo en el poder infinito de Dios y en su
amor, el hombre se enriquece en cada clase de pobreza que tenga y, así
entonces, puede ser feliz, con la felicidad de Dios, en esta vida y en
plenitud, en al eterna.
Conclusión:
Pidamos a la Virgen santísima la valentía de hacer este acto
de fe, que no es fácil, desde nuestra pobreza.