Homilía Domingo XXXII Tiempo Ordinario Ciclo B

Pobreza y confianza

1 Reyes 17, 10-16; Sal 145, 7. 8-9a. 9bc- 10; Hebreos 9,24-28; Marcos 12, 38-44

Introducción:
El Evangelio, muchas veces nos sorprende con paradojas, con dichos que son diametralmente opuestos a lo que nos enseña el mundo. Por ejemplo hoy, escuchamos en el Aleluya: “Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos” (Antífona del Aleluya).

  1.  Como mendigos:
La pobreza es parte de nuestra vida. Todos tenemos algo del mendigo Bartimeo (Cf. Mc 10,46-52). A veces estamos ciegos, otras quedamos al borde del camino, a veces sufrimos cualquier forma de necesidad… Lo bueno es reconocerlo y gritar. Suplicar al Señor como mendigos que necesitan de su bondad… y Dios hace el resto.

  1. Pobreza y confianza:
Por eso, las lecturas de este domingo nos muestran que la actitud ante Dios de un corazón que se sabe pobre y limitado es la confianza. La viuda de Sarepta, confía en la palabra de Dios que le anuncia el profeta Elías y puede experimentar la ayuda.
Otra forma de confianza (y desprendimiento) demostró la viuda del Evangelio: “Llegó una viuda de condición humilde y colocó dos pequeñas monedas de cobre. Entonces él llamó a sus discípulos y les dijo: «Les aseguro que esta pobre viuda ha puesto más que cualquiera de los otros, porque todos han dado de lo que les sobraba, pero ella, de su indigencia, dio todo lo que poseía, todo lo que tenía para vivir»” (Mc 12,42-44).
Saber que Dios nos acompaña siempre nos hace ricos, incluso en la pobreza material, nos fortalece en la debilidad, nos ilumina en la oscuridad.

  1. La fe, pobreza y confianza:
Por todo lo anterior, se ve claro que la condición para poder ser felices con nuestra propia pobreza es la fe. De hecho, esta virtud es una forma de ser pobre ante Dios, porque uno se reconoce que no es el dueño de la verdad. Pero también, encierra un gesto de suma confianza. “Por la fe, el hombre somete completamente su inteligencia y su voluntad a Dios. Con todo su ser, el hombre da su asentimiento a Dios que revela (cf. DV 5)” (CATIC 143).
De este modo, creyendo en el poder infinito de Dios y en su amor, el hombre se enriquece en cada clase de pobreza que tenga y, así entonces, puede ser feliz, con la felicidad de Dios, en esta vida y en plenitud, en al eterna.

Conclusión:
Pidamos a la Virgen santísima la valentía de hacer este acto de fe, que no es fácil, desde nuestra pobreza.