El futuro
Daniel 12, 1-3; Sal 15, 5 y 8. 9–10.
11; Hebreos 10, 11-14. 18; Marcos 13, 24-32
Introducción:
Hay muchos interrogantes que los hombres de siempre se han
hecho y se seguirán haciendo. Algunas de esas preguntas, no tienen una
respuesta completa. Sin embargo, la fe nos ilumina y nos ayuda a vivirlas. Una
de ellas es la pregunta sobre el futuro…
- La pregunta sobre el futuro:
Todos experimentamos la curiosidad, incluso la necesidad de
saber que ocurrirá mañana o en un tiempo determinado. También nos gustaría
saber qué sucede después de la muerte o qué ocurrirá al fin de los tiempos.
En una ocasión, Jesús habló sobre el fin del mundo: “En ese tiempo, después de esta tribulación…
se verá al Hijo del hombre venir sobre las nubes, lleno de poder y de gloria”
(Mc 13,24-26). Nos afirma que habrá grandes pruebas y sufrimientos, pero, el
triunfo es de Dios.
Más adelante, sin embargo, agregó: “En cuanto a ese día y a
la hora, nadie los conoce, ni los ángeles del cielo, ni el Hijo, nadie sino el
Padre” (Mc 13,32).
- Confianza en Dios:
Con estas palabras, el Señor nos enseña que la actitud del
cristiano que se sabe hijo de tan gran Padre y que escucha sus palabras es la
confianza. No debemos preocuparnos por
lo que Dios no ha querido revelar. Siempre rebrota esta tentación de poner
fechas. Pero Jesús ha sido claro: “En
cuanto a ese día y a la hora, nadie los conoce”.
Nuestra respuesta será siempre esforzarnos por preparar nuestro
corazón y trabajar por el bien de los demás, para que, al final de la jornada,
seamos muchos los que recibamos la salvación de Dios.
Cuando nos ataque la tentación de pensar en qué nos sucederá
en el futuro, hemos de pensar más
bien en cómo vivimos el presente.
- Oración continua:
En este sentido, obras y oración van juntas. El que confía
en el Señor, antes que nada, recurre a Él en la oración. Incluso, en una vida
de continua oración. Pero esto, ¿cómo es posible siendo que tenemos múltiples
ocupaciones? El salmista, hombre como nosotros, exclama: “Tengo siempre presente al Señor” (Sal 15/16,8).
El Catecismo nos enseña: “Orar es siempre posible” (CATIC Compendio 576). “"No nos ha
sido prescrito trabajar, vigilar y ayunar constantemente; pero sí tenemos una
ley que nos manda orar sin cesar" (Evagrio, cap. pract. 49). Este ardor
incansable no puede venir más que del amor. Contra nuestra inercia y nuestra
pereza, el combate de la oración es el del amor humilde, confiado y
perseverante” (CATIC 2742). También es necesario unir “la oración a las obras y
las obras a la oración” (CATIC 2745) para orar continuamente.
Conclusión:
Nos encomendamos a nuestra Madre del Cielo para que nos
conceda fijar nuestra atención en el Señor que tanto nos ama, para poder vivir
siempre confiandos en Él.