Homilía Domingo XXXI Tiempo Ordinario Ciclo B


El mandamiento principal
Deuteronomio 6, 2-6; Sal 17, 2-3a. 3bc-4. 47 y 51ab; Hebreos 7, 23-28; Marcos 12, 28b-34

Introducción:
Si alguien tuviera la oportunidad de encontrarse un breve momento con alguien muy importante, a quien aprecia mucho, seguramente pensaría cuidadosamente lo que le gustaría decirle o preguntarle.
En una ocasión, un escriba, que escuchaba a Jesús conversar con otros se le acercó y le hizo una pregunta. Quiso que le respondiera sobre el mandamiento más importante…

  1. Escuchar al Señor:
Al contestar, “Jesús resumió los deberes del hombre para con Dios en estas palabras: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente” (Mt 22, 37; cf Lc 10, 27: “...y con todas tus fuerzas”)” (CATIC 2083).
Sin embargo, antes de responder esto, hizo una introducción muy importante: “Escucha, Israel: el Señor nuestro Dios es el único Señor” (Mc 12,29).
Siempre debe resonar en nuestro corazón que “Dios nos amó primero. El amor del Dios Único es recordado en la primera de las “diez palabras”. Los mandamientos explicitan a continuación la respuesta de amor que el hombre está llamado a dar a su Dios” (CATIC 2083).
Por tanto, la actitud primera del hombre creyente es escuchar, dejar que Dios hable, esforzarse por conocer las muestras del amor divino. Cuando uno escucha con fe la palabra de Dios, ésta es la que va produciendo una respuesta. Porque los mandamientos son justamente eso, una respuesta de amor a un amor que nos ganó la iniciativa.

  1. Amar a Dios:
Entonces sí, al recibir ese amor infinito, podremos amar “con todo tu corazón y con toda tu alma, con todo tu espíritu y con todas tus fuerzas” (Mc 12,30). Este es el amor digno de Dios, que incluye obras buenas para hacer y obras malas para evitar.
En primer lugar, nuestra obra para con Dios se resume en la adoración. “Adorar a Dios como Señor de todo cuanto existe; rendirle el culto debido individual y comunitariamente; rezarle con expresiones de alabanza, de acción de gracias y de súplica; ofrecerle sacrificios, sobre todo el espiritual de nuestra vida, unido al sacrificio perfecto de Cristo; mantener las promesas y votos que se le hacen” (CATIC Compendio 443) es todo un programa de vida espiritual.
A su vez, este amor a Dios que viene de la fe en Él nos aparta del “politeísmo y la idolatría, que diviniza a una criatura, el poder, el dinero, incluso al demonio; la superstición, que es una desviación del culto debido al Dios verdadero, y que se expresa también bajo las formas de adivinación, magia, brujería y espiritismo; la irreligión, que se manifiesta en tentar a Dios con palabras o hechos; en el sacrilegio, que profana a las personas y las cosas sagradas, sobre todo la Eucaristía; en la simonía, que intenta comprar o vender realidades espirituales; el ateísmo, que rechaza la existencia de Dios, apoyándose frecuentemente en una falsa concepción de la autonomía humana; el agnosticismo, según el cual, nada se puede saber sobre Dios, y que abarca el indiferentismo y el ateísmo práctico” (CATIC Compendio 445).

  1. Amar al prójimo:
A todo esto, nuestro Señor le agrega una segunda parte: “El segundo es: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. No existe otro mandamiento mayor que éstos» (Mc 12, 29-31). El apóstol San Pablo lo recuerda: «El que ama al prójimo ha cumplido la ley. En efecto, lo de: no adulterarás, no matarás, no robarás, no codiciarás y todos los demás preceptos, se resumen en esta fórmula: amarás a tu prójimo como a ti mismo. La caridad no hace mal al prójimo. La caridad es, por tanto, la ley en su plenitud» (Rm 13, 8-10)” (CATIC 2196).
En este sentido, una primera norma de actuar es amar a los demás como nosotros queremos ser amados. Luego, en la Última cena, Jesús elevará la medida del amor a la imitación del suyo (Cf. Jn 13,34).

Conclusión:
Nos conceda el Señor, por medio de la intercesión de María santísima, todas las gracias para poder amarlo a Él sobre todo y por Él a los demás.