Espíritu y vida
Introducción:
En
la Santa Misa hay dos mesas, porque hay dos alimentos, ambos necesarios. La
mesa del Altar se refiere al Pan Eucarístico y la mesa del ambón al Pan de la Palabra divina. De ésta
segunda nos hablan las lecturas de este domingo.
1. Palabra de Dios:
“Esdras…
desde el alba hasta promediar el día, leyó el libro en la plaza que está ante
la puerta del Agua, en presencia de los hombres, de las mujeres y de todos los
que podían entender. Y todo el pueblo seguía con atención la lectura del libro
de la Ley” (Neh 8,3). Y continúa diciendo que “cuando lo abrió, todo el pueblo
se puso de pie” (Neh 8,5), dándonos a entender el respeto y atención que le
tenían a la Divina Palabra. Más aún, al finalizar, el mismo Esdras “bendijo al
Señor, el Dios grande y todo el pueblo, levantando las manos, respondió:
«¡Amén! ¡Amén!». Luego se inclinaron y se postraron delante del Señor con el
rostro en tierra” (Neh 8,6).
Esto se debe a que, como dice el salmo: “Tus
palabras, Señor, son espíritu y vida” (Ant. Salmo). Por lo cual, esta palabra reconforta el alma, da
sabiduría al simple, alegra el
corazón, ilumina los ojos
(Cf. Sal 18/19, 8-10).
De ahí que necesitemos continuamente alimentarnos
con lo que sale de la boca de Dios. Y siempre es bueno recordar que ella puede
darnos esos frutos en nuestro corazón: fortaleza
para enfrentar las dificultades, sabiduría
para conocer los caminos de Dios, alegría
que le da un color distinto a la vida y luz
que nos permite percibir la presencia de Dios a nuestro lado.
Así
y todo, el nuevo Testamento nos revela mayor importancia de esta Palabra divina
ya que el mismo Jesús, en el Evangelio,
aparece predicando por todas partes la Palabra de Dios. Tanto que, al
entrar en una sinagoga, no sólo le dan el Libro para que lea, sino que,
poniendo en Él sus ojos, desean escuchar su explicación (Cf. Lc 4,14-21).
2. Palabra transmitida:
Pero
esta Palabra, que nos viene del Cielo, se transmite de generación en
generación: “Los levitas… leían el libro de la Ley de Dios, con claridad, e interpretando
el sentido, de manera que se comprendió la lectura” (Neh 8,8), nos enseña el
Antiguo Testamento. A lo que San Pablo le agrega: “En la Iglesia, hay algunos
que han sido establecidos por Dios, en primer lugar, como apóstoles; en segundo
lugar, como profetas; en tercer lugar, como doctores” (1Cor 12,28), todos
dedicados a transmitir la Palabra.
Así,
el Catecismo nos lo explica: “La Tradición Apostólica es la transmisión del
mensaje de Cristo llevada a cabo, desde los comienzos del cristianismo, por la
predicación, el testimonio, las instituciones, el culto y los escritos
inspirados. Los Apóstoles transmitieron a sus sucesores, los obispos y, a
través de éstos, a todas las generaciones hasta el fin de los tiempos todo lo
que habían recibido de Cristo y aprendido del Espíritu Santo” (CATIC Compendio
12).
3. Palabra recibida:
Dando un paso más, esta Palabra importante en sí misma y
transmitida por diversos modos, debe ser aceptada
por cada uno de nosotros: “El hombre, sostenido por la gracia divina,
responde a la Revelación de Dios con la obediencia
de la fe, que consiste en fiarse plenamente de Dios y acoger su Verdad, en
cuanto garantizada por Él, que es la Verdad misma” (CATIC Compendio 25).
“La carta a los
Hebreos, en el gran elogio de la fe de los antepasados, insiste particularmente
en la fe de Abraham: «Por la fe, Abraham obedeció y salió para el lugar que
había de recibir en herencia, y salió sin saber a dónde iba» (Hb 11,8;
cf. Gn 12,1-4). Por la fe, vivió como extranjero y peregrino en la
Tierra prometida (cf. Gn 23,4). Por la fe, a Sara se le otorgó el
concebir al hijo de la promesa. Por la fe, finalmente, Abraham quiso ofrecer a
su hijo Isaac en sacrificio (cf. Hb 11,17).
Abraham realiza
así la definición de la fe dada por la carta a los Hebreos: «La fe es garantía
de lo que se espera; la prueba de las realidades que no se ven» (Hb
11,1). «Creyó Abraham en Dios y le fue reputado como justicia» (Rm 4,3;
cf. Gn 15,6). Y por eso, fortalecido por su fe, Abraham fue hecho «padre
de todos los creyentes» (Rm 4,11.18; cf. Gn 15, 5)” (CATIC
145-146).
Conclusión:
Pedimos a la Virgen, nuestra Madre, nos ayude a poder
aceptar esta tan importante Palabra de Vida eterna mediante una renovada y
generosa vida de fe.