Homilía Domingo III Tiempo Ordinario Ciclo C

Espíritu y vida

Introducción:
En la Santa Misa hay dos mesas, porque hay dos alimentos, ambos necesarios. La mesa del Altar se refiere al Pan Eucarístico y la mesa del ambón al Pan de la Palabra divina. De ésta segunda nos hablan las lecturas de este domingo.

1.      Palabra de Dios:
“Esdras… desde el alba hasta promediar el día, leyó el libro en la plaza que está ante la puerta del Agua, en presencia de los hombres, de las mujeres y de todos los que podían entender. Y todo el pueblo seguía con atención la lectura del libro de la Ley” (Neh 8,3). Y continúa diciendo que “cuando lo abrió, todo el pueblo se puso de pie” (Neh 8,5), dándonos a entender el respeto y atención que le tenían a la Divina Palabra. Más aún, al finalizar, el mismo Esdras “bendijo al Señor, el Dios grande y todo el pueblo, levantando las manos, respondió: «¡Amén! ¡Amén!». Luego se inclinaron y se postraron delante del Señor con el rostro en tierra” (Neh 8,6).
Esto se debe a que, como dice el salmo: “Tus palabras, Señor, son espíritu y vida” (Ant. Salmo). Por lo cual, esta palabra reconforta el alma, da sabiduría al simple, alegra el corazón, ilumina los ojos (Cf. Sal 18/19, 8-10).
De ahí que necesitemos continuamente alimentarnos con lo que sale de la boca de Dios. Y siempre es bueno recordar que ella puede darnos esos frutos en nuestro corazón: fortaleza para enfrentar las dificultades, sabiduría para conocer los caminos de Dios, alegría que le da un color distinto a la vida y luz que nos permite percibir la presencia de Dios a nuestro lado.
Así y todo, el nuevo Testamento nos revela mayor importancia de esta Palabra divina ya que el mismo Jesús, en el Evangelio, aparece predicando por todas partes la Palabra de Dios. Tanto que, al entrar en una sinagoga, no sólo le dan el Libro para que lea, sino que, poniendo en Él sus ojos, desean escuchar su explicación (Cf. Lc 4,14-21).

2.      Palabra transmitida:
Pero esta Palabra, que nos viene del Cielo, se transmite de generación en generación: “Los levitas… leían el libro de la Ley de Dios, con claridad, e interpretando el sentido, de manera que se comprendió la lectura” (Neh 8,8), nos enseña el Antiguo Testamento. A lo que San Pablo le agrega: “En la Iglesia, hay algunos que han sido establecidos por Dios, en primer lugar, como apóstoles; en segundo lugar, como profetas; en tercer lugar, como doctores” (1Cor 12,28), todos dedicados a transmitir la Palabra.
Así, el Catecismo nos lo explica: “La Tradición Apostólica es la transmisión del mensaje de Cristo llevada a cabo, desde los comienzos del cristianismo, por la predicación, el testimonio, las instituciones, el culto y los escritos inspirados. Los Apóstoles transmitieron a sus sucesores, los obispos y, a través de éstos, a todas las generaciones hasta el fin de los tiempos todo lo que habían recibido de Cristo y aprendido del Espíritu Santo” (CATIC Compendio 12).

3.      Palabra recibida:
Dando un paso más, esta Palabra importante en sí misma y transmitida por diversos modos, debe ser aceptada por cada uno de nosotros: “El hombre, sostenido por la gracia divina, responde a la Revelación de Dios con la obediencia de la fe, que consiste en fiarse plenamente de Dios y acoger su Verdad, en cuanto garantizada por Él, que es la Verdad misma” (CATIC Compendio 25).
“La carta a los Hebreos, en el gran elogio de la fe de los antepasados, insiste particularmente en la fe de Abraham: «Por la fe, Abraham obedeció y salió para el lugar que había de recibir en herencia, y salió sin saber a dónde iba» (Hb 11,8; cf. Gn 12,1-4). Por la fe, vivió como extranjero y peregrino en la Tierra prometida (cf. Gn 23,4). Por la fe, a Sara se le otorgó el concebir al hijo de la promesa. Por la fe, finalmente, Abraham quiso ofrecer a su hijo Isaac en sacrificio (cf. Hb 11,17).
Abraham realiza así la definición de la fe dada por la carta a los Hebreos: «La fe es garantía de lo que se espera; la prueba de las realidades que no se ven» (Hb 11,1). «Creyó Abraham en Dios y le fue reputado como justicia» (Rm 4,3; cf. Gn 15,6). Y por eso, fortalecido por su fe, Abraham fue hecho «padre de todos los creyentes» (Rm 4,11.18; cf. Gn 15, 5)” (CATIC 145-146).

Conclusión:
Pedimos a la Virgen, nuestra Madre, nos ayude a poder aceptar esta tan importante Palabra de Vida eterna mediante una renovada y generosa vida de fe.

Homilía del Domingo II del Tiempo Ordinario Ciclo C


Jesús, nuestra Luz


Introducción:
Isaías, uno de los más grandes Profetas del Antiguo Testamento, nos dice que aparecerá “su justicia como una luz radiante y su salvación, como una antorcha encendida” (Is 62,1). Y este es Jesús, “Luz del  mundo” (Jn 8,12). Luz que Él ha manifestado en diversos misterios de su vida, por ejemplo en las Bodas de Caná. Por esto, el Papa San Juan Pablo II, incluyó este misterio entro los Luminosos del Santo Rosario.
Sin embargo, conviene recordar que Jesús es una Luz que hay que saber ver. Él, por ser Dios, es una Luz muy brillante, pero a nosotros, muchas veces nos cuesta ver su luminosidad y, además, verla requiere de nosotros una respuesta conveniente.

1.      Jesús interpelado:
En primer lugar, sólo podemos ver la luz de Jesús con fe. Y esto es lo que nos enseña la Virgen Santísima que, porque creía firmemente en su Divino Hijo le suplicó su auxilio: “como faltaba vino, la madre de Jesús le dijo: «No tienen vino»” (Jn 2,3). Y ante la primera negativa de Jesús, palabras que no son fáciles de interpretar, Ella insiste
La Virgen, conociendo por la fe, el poder de Dios y la bondad de Jesús, insiste y, con plena seguridad, no se dirige ya al Señor sino a los sirvientes. Muy por el contrario, nos puede pasar que nosotros queramos ver primero los milagros y luego confiar en Él, sin embargo, no todos los que vieron esos hechos portentosos se han convertido. En cambio, el ejemplo de nuestra Madre celestial nos anima a creer lo que nos dice la Palabra de Dios: Ella sabía por el Ángel de la Anunciación que Jesús era el “Hijo del Altísimo” (Lc 1,32) y que “nada hay imposible para Dios” (Lc 1,37).
Por esto, pedirle a Jesucristo con fe en nuestras oraciones ya es un signo de que nuestra vida, en cierto sentido, está iluminada por su luz.

2.      Jesús obedecido:
Pero, para que Jesús siga iluminándonos, su luz debe influir en nuestras obras, ya que la fe sin las obras está muerta (Cf. Sant 2,17). Por esto, una de las características de la fe es la obediencia: “su Madre dijo a los sirvientes: «Hagan todo lo que Él les diga». Había allí seis tinajas de piedra destinadas a los ritos de purificación de los judíos, que contenían unos cien litros cada una. Jesús dijo a los sirvientes: «Llenen de agua estas tinajas». Y las llenaron hasta el borde. «Saquen ahora, agregó Jesús, y lleven al encargado del banquete». Así lo hicieron” (Jn 2,5-8).
Porque no basta con sólo observar la verdad, la luz que Dios nos regala, sino que es necesario aceptarla y esto se hace mediante la fe que obedece, que obra en consecuencia. Porque la fe perfecta, es la que obra por la caridad, la cual nos lleva a cumplir la voluntad de Dios. Por esto, el verdadero creyente se esfuerza en cumplir los mandamientos, en vivir las bienaventuranzas…
También, el creyente, pone sus talentos, los que Dios le dio, al servicio de los demás: “Hay diversidad de actividades, dice San Pablo, pero es el mismo Dios el que realiza todo en todos. En cada uno, el Espíritu se manifiesta para el bien común” (1Cor 12,6-7). Y continúa, “es el mismo y único Espíritu el que actúa, distribuyendo sus dones a cada uno en particular como Él quiere” (1Cor 12,11). Porque Jesús no es un simple foco sin vida, sino que su luz es como los rayos del sol, que iluminan, calientan, encienden y son “dadores de vida”, de tal modo que si se apagara el sol, no sólo quedaríamos a oscuras, sino que se nos iría la vida. Así sucede, en nuestras almas cuando nos falta Jesús.

3.      Jesús creído:  
Aunque ya lo hemos dicho, el Evangelio termina nombrando la virtud que iluminó, no sólo la vida de los primeros discípulos del Señor, sino también la nuestra hoy: “Este fue el primero de los signos de Jesús, y lo hizo en Caná de Galilea. Así manifestó su gloria, y sus discípulos creyeron en Él” (Jn 2,11).

Conclusión:
Por esto le pedimos a nuestra Madre, que también interceda por nosotros, para que no nos falte la luz de la fe, por la cual Jesús mismo ilumine nuestros corazones, no sólo en la teoría sino también con algún propósito concreto: que hoy podamos ver qué talento podemos poner al servicio del amor a Dios o de algún hermano que nos necesite.

Homilía del Bautismo del Señor, ciclo C


Bautismo del Señor


Introducción:
Toda la vida de Cristo reviste una  excelencia, una grandiosidad, un grado de misterio tal que nos sobrepasa… sin embargo, hay algunos sucesos especiales que nos desbordan mucho más. Por ejemplo, no es lo mismo que Jesús haya curado a un sordo, a que haya resucitado a un muerto, que haya multiplicado los panes a que le haya dado la vista a un ciego de nacimiento, milagro que nunca antes se había oído (Cf. Jn 9,32).

  1. La Santísima Trinidad manifestada:
Así, muy especial es el misterio que hoy celebramos: el bautismo del Señor. Porque en este suceso de la vida de Cristo, se nos manifestó la Santísima Trinidad. En el Antiguo Testamento, los profetas proclamaban la presencia de Dios, su cercanía, por lo cual no se cansaban de decir al pueblo: Aquí está tu Dios (Cf. Is 40,9). Pero de apoco se fue manifestando el misterio íntimo de Dios, tanto que en el Nuevo Testamento, se nos da a conocer su intimidad: las tres Divinas Personas. En el agua tenemos a Cristo, la Paloma que desciende sobre Él y la voz: “Tú eres mi Hijo muy querido” (Lc 3,22).

  1. En la Trinidad, bautizados:
Esto mismo se refleja en nuestro bautismo: “El rito esencial del Bautismo consiste en sumergir en el agua al candidato o derramar agua sobre su cabeza, mientras se invoca el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (CATIC Compendio 256).
Las aguas bautismales son, para nosotros, un nuevo nacimiento en Dios. Él nos adopta como hijos suyos, “haciéndonos renacer por el bautismo y renovándonos por el Espíritu Santo” (Tit 3,5). Por los siglos se cumple aquella profecía del Bautista: “Él los bautizará en el Espíritu Santo y en el fuego” (Lc 3,16).

  1. Vivir como hijos de Dios:
Este suceso, tan importante en la vida de la Iglesia, debe tener sus efectos en la existencia de cada cristiano: “La gracia es una participación en la vida de Dios. Nos introduce en la intimidad de la vida trinitaria: por el Bautismo el cristiano participa de la gracia de Cristo, Cabeza de su Cuerpo. Como “hijo adoptivo” puede ahora llamar “Padre” a Dios, en unión con el Hijo único. Recibe la vida del Espíritu que le infunde la caridad y que forma la Iglesia” (CATIC 1997).
La gracia de Dios, que es fuente de salvación para todos los hombres, se ha manifestado. Ella nos enseña a rechazar la impiedad y las concupiscencias del mundo, para vivir en la vida presente con sobriedad, justicia y piedad, mientras aguardamos la feliz esperanza y la manifestación de la gloria de nuestro gran Dios y Salvador, Cristo Jesús” (Tit 2,11-13).
Esta vida de gracia se manifiesta y desarrolla, principalmente mediante la oración profunda, los sacramentos asiduos y los mandamientos practicados con coherencia y fidelidad.

Conclusión:
Le pedimos a la Virgen, nuestra Madre en el orden de la gracia, nos encamine por las sendas de la santidad a la que nos llama el agua bautismal.

Homilía sobre los Magos Orientales

Epifanía: La Luz de Belén

Introducción:
Cuando ya era adulto, Jesús exclamó en una oportunidad: “Yo soy la Luz del mundo” (Jn 8,12). Sin embargo, ya desde el principio de su existencia terrena actúa como tal. Por esto, el pesebre de Belén es un lugar de Luz.
  1. Luz de Belén:
De hecho, tanto Isaías como San Mateo nos muestran la luminosidad de este misterio. El Profeta Isaías nos narra que “tras las humillaciones infligidas al pueblo de Israel por las potencias de este mundo, ve el momento en el que la gran luz de Dios, aparentemente sin poder e incapaz de proteger a su pueblo, surgirá sobre toda la tierra, de modo que los reyes de las naciones se inclinarán ante él, vendrán desde todos los confines de la tierra y depositarán a sus pies sus tesoros más preciosos. Y el corazón del pueblo se estremecerá de alegría” (Benedicto XVI, homilía 6 de enero de 2010). Nos cuenta que la Gloria de Dios se manifestará, y la describe como una aurora llena de esplendor, lo que nos hace pensar en el “Sol que nace de lo alto” (Lc 1,78).
Por otra parte, San Mateo nos muestra la luz de la estrella que guía a los Magos de Oriente. Esta luz misteriosa, que no sólo los guió a ellos sino también a nosotros significa el amor de Dios que llena de color nuestra vida. Por esto el Papa Benedicto la llama “la estrella de su misericordia” (Benedicto XVI, homilía 6 de enero de 2010).
Y continúa el Santo Padre: “Conviene prestar más atención a lo que los dos textos nos comunican. En realidad, ¿qué vio Isaías con su mirada profética? En un solo momento, vislumbra una realidad destinada a marcar toda la historia. Pero el acontecimiento que San Mateo nos narra no es un breve episodio intrascendente, que se concluye con el regreso apresurado de los Magos a sus tierras. Al contrario, es un comienzo. Esos personajes procedentes de Oriente no son los últimos, sino los primeros de la gran procesión de aquellos que, a lo largo de todas las épocas de la historia, saben reconocer el mensaje de la estrella, saben avanzar por los caminos indicados por la Sagrada Escritura y saben encontrar, así, a Aquel que aparentemente es débil y frágil, pero que en cambio puede dar la alegría más grande y más profunda al corazón del hombre” (Benedicto XVI, homilía 6 de enero de 2010).
Esta Luz que brilló de un modo deslumbrante en Belén, sigue brillando hoy.
  1. Seguidores de la luz:
Los Magos son nuestros modelos, para que también nosotros podamos hoy, buscar al Señor y ser guiados por su luz. Por este motivo, conviene meditar en las actitudes de los Magos. Ellos vieron la estrella, salieron de camino, averiguaron, se alegraron con la proximidad, encontraron al Niño, se postraron ante Él y, volvieron por otro camino.
Así, nos marcan un camino espiritual: en primer lugar, Dios hace brillar su luz en nuestra vida, nos ilumina con su amor, con su presencia, con su verdad, pero somos nosotros los que debemos ver, abrir los ojos de la fe y darnos cuenta de ello.
En segundo lugar, la misma fe nos saca de nosotros mismos, de nuestro mundo egoísta para dirigir nuestra vida a Otro, es decir, a Dios.
Camino que, como no es para nada fácil requiere de ayuda, de guía, por lo cual, nosotros también debemos preguntar, averiguar, investigar… La cuestión es quién puede darnos la respuesta verdadera: porque a los Magos, ni Herodes, ni Jerusalén que quedó desconcertada les respondieron, sino la Palabra de Dios: en Ella está la verdadera respuesta.
En cuarto lugar, aunque el camino no es fácil, la alegría debe reinar en el corazón del creyente, puesto que inmensamente grande es el Don que espera alcanzar.
Luego, pudieron encontrar “al Niño con María, su Madre” (Mt 2,11). Y esto es lo que nos hace cristianos a nosotros: el encuentro con Jesús. “Se comienza a ser cristiano… por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva”, nos decía el Papa Benedicto en su primera Encíclica (DCE 1).
A continuación, los Magos “postrándose, le rindieron homenaje” (Mt 2,11). Porque la fe implica un “rendirse a Dios, pero transformando la propia vida” (Juan Pablo I, Audiencia del 13 de Septiembre de 1978). Y esta actitud se ve reflejada también en los dones que le ofrecen: oro, incienso y mirra. “Estos dones tienen un significado profundo: son un acto de justicia. De hecho, según la mentalidad vigente en aquel tiempo en Oriente, representan el reconocimiento de una persona como Dios y Rey: es decir, son un acto de sumisión. Quieren decir que desde aquel momento los donadores pertenecen al soberano y reconocen su autoridad” (Benedicto XVI, homilía 6 de enero de 2010).
Finalmente, “los Magos ya no pueden proseguir por su camino, ya no pueden volver a Herodes, ya no pueden ser aliados de aquel soberano poderoso y cruel. Han sido llevados para siempre al camino del Niño, al camino que les hará desentenderse de los grandes y los poderosos de este mundo y los llevará a Aquel que nos espera entre los pobres, al camino del amor, el único que puede transformar el mundo” (Benedicto XVI, homilía 6 de enero de 2010).
  1. Transmisores de la luz:
Así, al igual que los Magos, al aceptar la Luz de Dios, nosotros mismos somos convertidos en “luz del mundo” (Mt 5,14) como nos lo enseñó Jesús. Por esto, esta solemnidad de la Epifanía, además de iluminar nuestra vida con la Luz de Belén, pretende animarnos a ser nosotros luz para los demás, nos invita a que reconozcamos nuestra condición de misioneros, de apóstoles de “las naciones”, de los que nos rodean, de todos.
Conclusión:
Así, le pedimos a la Virgen en cuyos brazos descansa el Niño Dios, ojos valientes para ver su Luz y un corazón grande para transmitirla a los demás: Así debe brillar ante los ojos de los hombres la luz que hay en ustedes, a fin de que ellos vean sus buenas obras y glorifiquen al Padre que está en el cielo” (Mt 5,17).