Jesús, nuestra Luz
Introducción:
Isaías, uno de los más grandes Profetas del Antiguo
Testamento, nos dice que aparecerá “su justicia como una luz radiante y su salvación, como una antorcha encendida” (Is 62,1). Y este es Jesús, “Luz del mundo” (Jn
8,12). Luz que Él ha manifestado en diversos misterios de su vida, por ejemplo
en las Bodas de Caná. Por esto, el Papa San Juan Pablo II, incluyó este
misterio entro los Luminosos del Santo Rosario.
Sin embargo, conviene recordar que Jesús es una Luz que hay que saber ver. Él, por
ser Dios, es una Luz muy brillante, pero a nosotros, muchas veces nos cuesta
ver su luminosidad y, además, verla requiere de nosotros una respuesta
conveniente.
1.
Jesús
interpelado:
En primer lugar, sólo
podemos ver la luz de Jesús con fe. Y esto es lo que nos enseña la Virgen
Santísima que, porque creía firmemente en su Divino Hijo le suplicó su auxilio:
“como faltaba vino, la madre de Jesús le dijo: «No tienen vino»” (Jn 2,3). Y
ante la primera negativa de Jesús, palabras que no son fáciles de interpretar, Ella insiste…
La Virgen, conociendo por la fe, el poder de Dios y la
bondad de Jesús, insiste y, con plena seguridad, no se dirige ya al Señor sino
a los sirvientes. Muy por el contrario, nos puede pasar que nosotros queramos
ver primero los milagros y luego confiar en Él, sin embargo, no todos los que
vieron esos hechos portentosos se han convertido. En cambio, el ejemplo de
nuestra Madre celestial nos anima a creer lo que nos dice la Palabra de Dios:
Ella sabía por el Ángel de la Anunciación que Jesús era el “Hijo del Altísimo”
(Lc 1,32) y que “nada hay imposible para Dios” (Lc 1,37).
Por esto, pedirle a Jesucristo con fe en nuestras oraciones
ya es un signo de que nuestra vida, en cierto sentido, está iluminada por su
luz.
2.
Jesús
obedecido:
Pero, para que Jesús siga iluminándonos, su luz debe influir
en nuestras obras, ya que la fe sin las obras está muerta (Cf. Sant 2,17). Por
esto, una de las características de la fe es la obediencia: “su Madre dijo a los sirvientes: «Hagan todo lo que Él les diga». Había
allí seis tinajas de piedra destinadas a los ritos de purificación de los
judíos, que contenían unos cien litros cada una. Jesús dijo a los sirvientes: «Llenen de agua estas tinajas». Y las
llenaron hasta el borde. «Saquen ahora, agregó Jesús, y lleven al encargado del
banquete». Así lo hicieron” (Jn 2,5-8).
Porque no basta con sólo observar la verdad, la luz que Dios
nos regala, sino que es necesario aceptarla y esto se hace mediante la fe que obedece, que obra en consecuencia.
Porque la fe perfecta, es la que obra por la caridad, la cual nos lleva a
cumplir la voluntad de Dios. Por esto, el verdadero creyente se esfuerza en
cumplir los mandamientos, en vivir las bienaventuranzas…
También, el creyente,
pone sus talentos, los que Dios le dio, al servicio de los demás: “Hay diversidad de actividades, dice San
Pablo, pero es el mismo Dios el que realiza todo en todos. En cada uno, el
Espíritu se manifiesta para el bien común” (1Cor 12,6-7). Y continúa, “es
el mismo y único Espíritu el que actúa, distribuyendo sus dones a cada uno en
particular como Él quiere” (1Cor 12,11). Porque Jesús no es un simple foco sin
vida, sino que su luz es como los rayos del sol, que iluminan, calientan,
encienden y son “dadores de vida”, de tal modo que si se apagara el sol, no
sólo quedaríamos a oscuras, sino que se nos iría la vida. Así sucede, en
nuestras almas cuando nos falta Jesús.
3.
Jesús
creído:
Aunque ya lo hemos dicho, el Evangelio termina nombrando la
virtud que iluminó, no sólo la vida de los primeros discípulos del Señor, sino
también la nuestra hoy: “Este fue el primero de los signos de Jesús, y lo hizo
en Caná de Galilea. Así manifestó su gloria, y sus discípulos creyeron en Él” (Jn 2,11).
Conclusión:
Por esto le pedimos a nuestra Madre, que también interceda
por nosotros, para que no nos falte la luz de la fe, por la cual Jesús mismo
ilumine nuestros corazones, no sólo en la teoría sino también con algún
propósito concreto: que hoy podamos ver qué talento podemos poner al servicio
del amor a Dios o de algún hermano que nos necesite.