Epifanía: La Luz de Belén
Introducción:
Cuando ya era adulto, Jesús exclamó en una oportunidad: “Yo
soy la Luz del mundo” (Jn 8,12). Sin embargo, ya desde el principio de
su existencia terrena actúa como tal. Por esto, el pesebre de Belén es un lugar
de Luz.
- Luz de Belén:
De hecho, tanto Isaías como San Mateo nos muestran la
luminosidad de este misterio. El Profeta Isaías nos narra que “tras las humillaciones infligidas al
pueblo de Israel por las potencias de este mundo, ve el momento en el que la gran luz de Dios, aparentemente sin poder e
incapaz de proteger a su pueblo, surgirá sobre toda la tierra, de modo que
los reyes de las naciones se inclinarán ante él, vendrán desde todos los
confines de la tierra y depositarán a sus pies sus tesoros más preciosos. Y el
corazón del pueblo se estremecerá de alegría” (Benedicto XVI, homilía 6 de
enero de 2010). Nos cuenta que la Gloria
de Dios se manifestará, y la describe como
una aurora llena de esplendor, lo que nos hace pensar en el “Sol
que nace de lo alto” (Lc 1,78).
Por otra parte, San Mateo nos muestra la luz de la estrella
que guía a los Magos de Oriente. Esta
luz misteriosa, que no sólo los guió a ellos sino también a nosotros significa
el amor de Dios que llena de color nuestra vida. Por esto el Papa Benedicto
la llama “la estrella de su misericordia”
(Benedicto XVI, homilía 6 de enero de 2010).
Y continúa el Santo Padre: “Conviene prestar más atención a
lo que los dos textos nos comunican.
En realidad, ¿qué vio Isaías con su
mirada profética? En un solo momento, vislumbra una realidad destinada a marcar toda la historia. Pero el
acontecimiento que San Mateo nos narra no es un breve episodio
intrascendente, que se concluye con el regreso apresurado de los Magos a sus
tierras. Al contrario, es un comienzo.
Esos personajes procedentes de Oriente no son los últimos, sino los primeros de la gran procesión de
aquellos que, a lo largo de todas las épocas de la historia, saben reconocer el
mensaje de la estrella, saben avanzar por los caminos indicados por la Sagrada
Escritura y saben encontrar, así, a Aquel que aparentemente es débil y frágil,
pero que en cambio puede dar la alegría más grande y más profunda al corazón
del hombre” (Benedicto XVI, homilía 6 de enero de 2010).
Esta Luz que brilló
de un modo deslumbrante en Belén, sigue brillando hoy.
- Seguidores de la luz:
Los Magos son nuestros modelos, para que también nosotros
podamos hoy, buscar al Señor y ser guiados por su luz. Por este motivo,
conviene meditar en las actitudes de los Magos. Ellos vieron la estrella, salieron
de camino, averiguaron, se alegraron
con la proximidad, encontraron al
Niño, se postraron ante Él y, volvieron por otro camino.
Así, nos marcan un camino espiritual: en primer lugar, Dios
hace brillar su luz en nuestra vida, nos ilumina con su amor, con su presencia,
con su verdad, pero somos nosotros los que debemos ver, abrir los ojos de la fe
y darnos cuenta de ello.
En segundo lugar, la misma fe nos saca de nosotros mismos, de nuestro mundo egoísta para dirigir nuestra vida a Otro, es
decir, a Dios.
Camino que, como no es para nada fácil requiere de ayuda, de
guía, por lo cual, nosotros también debemos preguntar, averiguar, investigar… La cuestión es quién puede darnos
la respuesta verdadera: porque a los Magos, ni Herodes, ni Jerusalén que quedó
desconcertada les respondieron, sino la Palabra
de Dios: en Ella está la verdadera respuesta.
En cuarto lugar, aunque el camino no es fácil, la alegría debe reinar en el corazón del
creyente, puesto que inmensamente grande es el Don que espera alcanzar.
Luego, pudieron
encontrar “al Niño con María, su Madre” (Mt 2,11). Y esto es lo que nos
hace cristianos a nosotros: el encuentro con Jesús. “Se comienza a ser
cristiano… por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un
nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva”, nos decía el
Papa Benedicto en su primera Encíclica (DCE 1).
A continuación, los Magos “postrándose, le rindieron homenaje” (Mt 2,11). Porque la fe implica
un “rendirse a Dios, pero transformando la propia vida” (Juan Pablo I,
Audiencia del 13 de Septiembre de 1978). Y esta actitud se ve reflejada también
en los dones que le ofrecen: oro, incienso y mirra. “Estos dones tienen un
significado profundo: son un acto de justicia. De hecho, según la mentalidad
vigente en aquel tiempo en Oriente, representan el reconocimiento de una
persona como Dios y Rey: es decir, son un acto de sumisión. Quieren decir que
desde aquel momento los donadores pertenecen al soberano y reconocen su
autoridad” (Benedicto XVI, homilía 6 de enero de 2010).
Finalmente, “los Magos ya
no pueden proseguir por su camino, ya no pueden volver a Herodes, ya no
pueden ser aliados de aquel soberano poderoso y cruel. Han sido llevados para
siempre al camino del Niño, al camino que les hará desentenderse de los grandes
y los poderosos de este mundo y los llevará a Aquel que nos espera entre los
pobres, al camino del amor, el único que puede transformar el mundo” (Benedicto
XVI, homilía 6 de enero de 2010).
- Transmisores de la luz:
Así, al igual que los Magos, al aceptar la Luz de Dios,
nosotros mismos somos convertidos en “luz del mundo” (Mt 5,14) como nos lo
enseñó Jesús. Por esto, esta solemnidad de la Epifanía, además de iluminar
nuestra vida con la Luz de Belén, pretende animarnos a ser nosotros luz para
los demás, nos invita a que reconozcamos nuestra
condición de misioneros, de apóstoles de “las naciones”, de los que nos rodean,
de todos.
Conclusión:
Así, le pedimos a la Virgen en cuyos brazos descansa el Niño
Dios, ojos valientes para ver su Luz y
un corazón grande para transmitirla a los demás: “Así debe brillar ante los ojos de
los hombres la luz que hay en ustedes, a fin de que ellos vean sus buenas obras
y glorifiquen al Padre que está en el cielo” (Mt 5,17).