Homilía Domingo VII Tiempo Ordinario Ciclo C


Pensar y amar como Dios


Introducción:
Vivir en gracia de Dios significa ser hijo de Dios vivo, tener una relación de profunda amistad con el Señor, poder imitarlo… Aunque los pensamientos de Dios y los de los hombres son muy diversos y distantes (Cf. Is 55,8-9), el que vive en gracia puede pensar y amar como Dios lo hace.

  1. Terreno o celestial:
San Pablo describe dos clases de personas (Cf. 1Cor 15,45-49). Una, que tiene como modelo a Adán; la otra a Cristo. La primera es terrenal, la segunda celestial. Aunque el cristiano debe estar en el mundo, no es del mundo, sino que su patria es el cielo. Esto se nota, sobre todo, en la forma de pensar, de amar, de decidir…
San Agustín decía: “Dos amores construyeron dos ciudades: el amor de Dios hasta el desprecio de uno mismo, la ciudad de Dios; el amor de uno mismo hasta el desprecio de Dios, la ciudad terrena” (San Agustín, La Ciudad de Dios, 14,28).

  1. Pensar como Dios piensa:
Es importante darnos cuenta de que, aunque tenemos fe en Dios y conocemos, en parte, su Palabra, no siempre pensamos como Él. No vemos las cosas como las ve Él, ni las valoramos del mismo modo.
Esto sucede en muchos temas. Nos sucede en temas profundos como el sufrimiento, la sexualidad y la familia, la eternidad… También nos damos cuenta de la diferencia de pensamiento con Dios en lo cotidiano: en nuestras decisiones primero pensamos en nosotros, cuando Jesús nos dijo “busque primero el Reino de Dios” (Mt 6,33), intentamos ser buenos cristianos apoyados sólo en nuestras fuerzas, cuando el Señor dice “sin Mí nada pueden hacer” (Jn 15,5), intentamos mejorar un tiempo y luego nos desanimamos, mientras que Jesús nos ha enseñado: “el que persevere hasta el fin se salvará” (Mt 24,13).
Y así podríamos seguir como otros ejemplos. Por tanto, siempre se impone, la cercanía con el Señor, el trato habitual con Él, el deseo profundo y sincero de escucharlo, dejarnos cautivar por sus palabras y ejemplos para poder imitarlo…

  1. Un amor distinto:
Pensar como Dios para amar como Dios. Este último es el tema de las lecturas de este domingo. El amor “cristiano”, que llamamos caridad.
Con el ejemplo del Rey David, injustamente perseguido, la Divina Palabra nos enseña la grandeza del perdón. Él tuvo la posibilidad de matar a su agresor y no lo hizo. No lo hizo por un motivo religioso: Saúl era ungido del Señor (Cf. 1Sam 26,2.7-9.12-13.22-23).
Cristo, en el Evangelio, nos pone la medida y modelo del amor: “Sean misericordiosos, como el Padre de ustedes es misericordioso” (Lc 6,36) y nos eja algunas frases dignas de ser meditadas. Con ellas nos damos cuenta lo distante y difícil, pero a la vez, fascinante del camino de Dios.
Jesús nos describe diversas manifestaciones de este amor de caridad que, para poder vivirlo, no sólo debemos contemplar a Dios, sino incluso, pedírselo insistentemente. Primero una regla muy fácil de comprender: “Hagan por lo demás lo que quieren que los hombres hagan por ustedes” (Lc 6,31)
Esta regla, en lo concreto, puede servir en numerosas ocasiones para poder decidir según la virtud de la caridad. Dando un paso más, Jesús nos enseña que según nuestra caridad, según nuestra capacidad de dar al prójimo, será nuestra capacidad de recibir de Dios: “No juzguen y no serán juzgados; no condenen y no serán condenados; perdonen y serán perdonados” (LC 6,37).
En tercer lugar, la exigencia del amor cristiano llega a la gratuidad de amar a lo que no pueden devolver: “Si aman a aquellos que los aman, ¿qué mérito tienen? […]. Hagan el bien y presten sin esperar nada en cambio” (Lc 6,32.35).
Más aún, con la fuerza de esta gratuidad, el amor cristiano nos hace vencer el mal a fuerza de bien (Cf. Rm 12,21): “Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian. Bendigan a los que los maldicen, rueguen por lo que los difaman” (Lc 6,27-28)
Éste es el amor del Corazón Santísimo de Cristo, éste es el amor del corazón del cristiano.

Conclusión:
Recurrimos al Inmaculado Corazón de María para que sea ella nuestra Maestra espiritual. Que nos enseñe a ver el mundo como lo ve Dios, con los ojos de la fe, y a amar a todos, como Dios nos ama a nosotros.

Homilía Domingo VI Tiempo Ordinario Ciclo C


La verdadera felicidad


Introducción:
Los creyentes lo sabemos claramente, o deberíamos saberlo, junto con  San Agustín: “Nos hiciste Señor para Ti.” Sin embargo, en la práctica, no siempre es tan fácil vivirlo. Por eso, Nuestro Divino Maestro nos enseña el camino de las bienaventuranzas (Cf. Lc 6,20-26) y, para ser más claro, también agrega el camino de las desdichas…

  1. La enseñanza de Cristo:
Ante esa multitud que busca al Señor para que lo libre de la enfermedad y del demonio, Jesús les habla sobre la verdadera felicidad. Habla directamente a sus oyentes, nos habla directamente a cada uno de nosotros.
Las bienaventuranzas nos colocan ante opciones decisivas, nos purifican el corazón de los apegos desordenados, nos iluminan e impulsan a buscar a Dios “con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas” (Lc 10,27). A su vez, “nos enseña que la verdadera dicha no reside ni en la riqueza o el bienestar, ni en la gloria humana o el poder, ni en ninguna obra humana” (CATIC 1723).

  1. Las falsas felicidades:
En las palabras de Cristo aparecen cuatro elementos que, para muchos, son la verdadera felicidad. En realidad, los cuatro son caminos falsos (Cf. Santo Tomás).
En primer lugar, las riquezas. Muchos tazan su felicidad en poseer grandes riquezas, sin embargo con mucho menos se satisfacen las necesidades naturales. Las riquezas, no llegan a más que eso. Están en orden al hombre y no el hombre en orden a las riquezas. Cuando sucede esto, la experiencia demuestra la tremenda esclavitud y maldad que se puede experimentar como efecto de la avaricia.
Segundo, muchos viven como si la felicidad consistiera en los placeres sensibles. Se siente placer cuando se tiene un bien que es conveniente, sea este bien real, esperado o al menos recordado. Pero los bienes sensibles son limitados. No sacian plenamente. Siempre se tiene el deseo de mayor placer. Engendran, a su vez, gran egoísmo…
Tercero, en la dicha del poder, la risa del poderoso. Aunque es fácil apetecer el poder, sin embargo, viene a ser como un instrumento, que se puede utilizar bien o mal. Además, no es capaz de impedir el peso de las preocupaciones, ni de esquivar el aguijón de la inquietud. El poder no nos hace verdaderamente felices.
Cuarto, en los honores, la fama y la gloria. Todo esto, en realidad, es externo, en el mejor de los casos se debe a las personas virtuosas. Pero, muchas veces, los honores y la gloria que tributan los hombres son engañosos y siempre superficiales. Además, la gloria mundana es efímera.

  1. La gran recompensa:
La verdadera felicidad del hombre, debe ser un Bien sumo, por tanto sin mezcla de mal alguno; un Bien suficiente, por tanto, no se puede perder una vez alcanzado; un Bien perfecto, que no ocasiona ningún mal… Ese Bien es Dios.
De hecho, el mismo “Dios nos ha puesto en el mundo para conocerle, servirle y amarle, y así ir al cielo. La bienaventuranza nos hace participar de la naturaleza divina (2 P 1, 4) y de la Vida eterna (cf Jn 17, 3). Con ella, el hombre entra en la gloria de Cristo (cf Rm 8, 18) y en el gozo de la vida trinitaria. Semejante bienaventuranza supera la inteligencia y las solas fuerzas humanas. Es fruto del don gratuito de Dios. Por eso la llamamos sobrenatural, así como también llamamos sobrenatural la gracia que dispone al hombre a entrar en el gozo divino” (CATIC 1721-1722).
Siguiendo las palabras del Señor, Dios es el que nos enriquece con su Reino, el que sacia todas nuestras necesidades, el que nos consuela y alegra, Él es nuestra Recompensa; Él es la verdadera Felicidad del hombre.

Conclusión:
Le pedimos a la Virgen Madre de Dios, a Ella que vivió de cara a la verdadera Felicidad y le entregó toda su existencia, nos conceda vivir según las palabras del Señor.

Homilía Domingo V Tiempo Ordinario Ciclo C


Enviados de la fe


Introducción:
Primero veíamos que Jesús nos habla con su Palabra a cada uno de nosotros. Luego, Él mismo nos envía a nuestros hermanos, para que les transmitamos la fe. Ahora, nos preguntamos: puesto que la fe es un don de Dios ¿cómo podemos nosotros transmitirla a los demás?

  1. Llamado y obediencia:
El pasaje evangélico de la “Primera Pesca milagrosa” nos da una profunda enseñanza al respecto: Jesús termina de predicar y manda adentrarse en el mar para pescar. Humanamente hablando la orden no tenía mucho fundamento, ni perspectiva de éxito, pues estos avezados pescadores habían estado intentándolo toda la noche sin resultado. Sin embargo, Simón Pedro, el primer Papa, hace algo que no puede pasar desapercibido: obedece a la Palabra de Jesús: “si tú lo dices, echaré las redes” (Lc 5,5).
Por el poder de Jesús y la obediencia de su discípulo, “sacaron tal cantidad de peces, que las redes estaban a punto de romperse” (Lc 5,6). Después de este milagro y relacionado con él, Jesús hace un llamado, una invitación al apóstol obediente: “No temas, de ahora en adelante serás pescador de hombres” (Lc 5,10). Así, Jesús lo llama a compartir su misión de salvar a los seres humanos.
Por esto, en nuestra vida, llamado y obediencia son muy importantes: en primer lugar es Dios, el mismo que por amor a nosotros nos regaló la fe, ese mismo quiere que lo “ayudemos” a transmitirla a los demás; Él lo quiere, no porque lo necesite sino porque desea compartir su amor activo con nosotros. Nuestra respuesta es, simplemente, hacerle caso, obedecerle, llevar a cabo Su obra.

  1. Disponibilidad:
Por esto, quiere nuestra disponibilidad y no nuestras excusas: “Ellos, continúa el Evangelio, atracaron las barcas a la orilla y, abandonándolo todo, lo siguieron” (Lc 5,11). Podríamos hablar de una “obediencia disponible”.
Y en este punto, la vocación del profeta Isaías es eminentemente persuasiva: este profeta ve la grandeza de la Gloria de Dios, conoce la impureza propia y la de su pueblo, sin embargo, después de ser purificado por el Ángel, se ofrece al llamado: “¿A quién enviaré?”, “¡Aquí estoy: envíame!” (Is 6,8).
Sus palabras son para nosotros un modelo: “¡Aquí estoy: envíame!”. Ojala que podamos hacerlas nuestras. Porque Dios sigue llamando hoy como ayer, nos sigue invitando a compartir la luz de su Verdad y el fuego de su Amor, pero espera, como lo hizo con el profeta, como lo hizo con María santísima, espera nuestro “Sí”, nuestro “¡Aquí estoy!”.
Para la obra de Dios, basta nuestra fe, es decir, ese “Sí” a lo que Dios nos dice, que luego se transforma en el “quiero” de la caridad, que busca hacer la divina voluntad.

  1. Fidelidad:
Esta fe, obediente y disponible, es a su vez, invariable, fiel: no primero sí y luego no, no acepta algunas cosas y luego las rechaza cuando no agradan o cuando cuestan. Por eso, nosotros creemos lo mismo que creían los Apóstoles, creemos lo mismo que les enseñó Jesús. “Les he trasmitido en primer lugar, dice el Apóstol, lo que yo mismo recibí” (1Cor 15,3). Y más adelante: “tanto ellos [los demás Apóstoles] como yo, predicamos lo mismo, y esto es lo que ustedes han creído” (1Cor 15,11). Por eso, nosotros rezamos un Credo de los primeros siglos de la Iglesia, porque la verdad que Dios nos reveló no cambia, ya que sus palabras no pasarán (Cf. Mt 24,35).
Esto nos recuerda la necesidad de vivir la sinceridad y la veracidad, tanto en el hacer como en el hablar, de buscar la verdad y ser coherentes con ella (Cf. CATIC Compendio 521). Así se puede ser fiel: pensando y viviendo según Dios, incluso en los diversos ámbitos de la vida pública y privada (Cf. CATIC Compendio 522).

Conclusión:
Por esto, le pedimos a Jesús, por medio de su Madre, nos toque profundamente el corazón para que podamos decirle que “Sí”, pero un “Sí” tan verdadero que nos transforme por la obediencia, que nos impulse a salir de nosotros mismos por la caridad y que nos acompañe fielmente a lo largo de toda nuestra vida.

Homilía Domingo IV Tiempo Ordinario Ciclo C

Caridad misionera


Introducción:
En el domingo pasado, la Palabra se nos proponía a nosotros, para que fuéramos sus discípulos, para que la escuchemos y creamos. Ahora, somos enviados a transmitir a los demás esta Palabra de vida que nosotros hemos recibido.

  1. Cristo, Luz de las naciones:
Jesús continúa predicando. Sin embargo, sus palabras pueden producir dos efectos diferentes. Por un lado, “estaban llenos de admiración por las palabras de gracia que salían de su boca” (Lc 4,22), mientras que por otro, “al oír estas palabras, todos los que estaban en la sinagoga se enfurecieron” (Lc 4,28).
Y esto, porque “la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la percibieron” (Jn 1,5). No es por un problema en la luz, sino porque ésta requiere una respuesta libre. Y, mientras unos la aceptan, otros la rechazan.

  1. Los cristianos, luz para sus hermanos:
Pero Cristo no está solo, ya que nos llama, a cada uno de nosotros a continuar su obra. Por esto, aunque la vocación del Santo Profeta Jeremías es única, en su relato, lleno de emoción y de drama, también podemos ver nuestra vocación. Porque a todos los bautizados, Dios nos llama a transmitir la fe a los demás.
Y, al querer dar luz a los otros, a nosotros también nos pasará que no nos querrán escuchar, pero por eso mismo, el Señor también nos dice a nosotros: “Yo estoy contigo para librarte” (Jer 1,19).
Y así, no podemos olvidar nuestra misión de anunciar a los demás que Dios existe y que nos ama, haciendo referencia no sólo al Libro de la Sagrada Escritura, sino también al libro de la creación (Cf. CATIC Compendio 3-5)

  1. Palabras y obras:
Siguiendo con la pregunta de cómo podemos evangelizar nosotros a los que nos rodean, San Pablo, nos habla de “un camino más perfecto todavía” (1Cor 12,31). Porque sin duda que hay muchas formas de evangelizar, pero vamos a centrarnos en su fuente: puesto que, además de evangelizar con nuestras palabras, que es necesario hacerlo, debemos recordar la fuerza evangelizadora del amor. Amor, que en el texto de San Pablo, no debemos confundir con nuestra limitada capacidad humana de amar, sino que debemos pensar en la caridad, es decir, el amor de Dios, puesto que lo relaciona con la fe y la esperanza, las otras dos virtudes teologales.
La caridad es evangelizadora, porque en primer lugar nos une a nosotros con Dios, y nadie puede dar lo que no tiene. Por esto, cuando queramos que alguien se acerque a Jesús, debemos preguntarnos si nosotros mismos estamos cerca de Él.
Y una forma concreta de unión con Dios se da en la oración, de tal modo que en nuestra  vida ésta debe ocupar un lugar importante, y no podemos conformarnos con unas pocas Avemarías… En la oración, estamos junto a Dios y, a la vez, al interceder por nuestros hermanos, estamos haciendo un acto de amor y misericordia hacia ellos. Cuando pedimos por otros, estamos haciendo como aquellos cuatro hombres del Evangelio que le presentaron a Jesús al paralítico bajándolo del techo (Cf. Lc 5,18-20).
Además de unirnos con Dios, la caridad nos acerca a nuestros hermanos, por lo cual, San Pablo la describe con diversas virtudes que no sólo nos hacen buenos a nosotros, sino que hacen mucho bien a los que nos rodean. Así, este amor que viene de Dios, y que toma nuestro corazón cuando estamos en gracia, nos hace ser pacientes con los defectos ajenos, serviciales, bondadosos y no envidiosos, humildes, desinteresados, justos, veraces… El amor nos hace vencer al mal con el bien, la mentira con la verdad, tal como nos lo decía Jesús, nuestro Maestro: “Así debe brillar ante los ojos de los hombres la luz que hay en ustedes, a fin de que ellos vean sus buenas obras y glorifiquen al Padre que está en el cielo” (Mt 5,16), y tal como lo hicieron tantos Santos que se desvivieron por el bien de sus hermanos como por ejemplo 5 que fueron beatificados conjuntamente por San Juan Pablo II en 1994. Así decía el Papa uniendo las vidas de estos cinco cristianos de verdad: “La caridad se convierte en proyecto educativo para la infancia en la congregación fundada por el Beato Roland, o se transforma en casa y hogar para los sin techo en las instituciones del Beato Alberto Hurtado; se convierte en hospitalidad para los abandonados y los marginados en la obra de la Beata Petra de San José, o ternura solícita para los que sufren y los enfermos en el carisma de las Beatas María Rafols y Josefina Vannini” (Ángelus 16 de octubre de 1994).

Conclusión:
Le pedimos a la Virgen nos conceda la gracia de rezar misioneramente, incluyendo en nuestras oraciones, además de las personas que queremos y que ya rezamos, aquellos que deseamos que se acerquen a Dios, incluso aquellos que no queremos tanto.