La verdadera felicidad
Introducción:
Los creyentes lo sabemos claramente, o deberíamos saberlo,
junto con San Agustín: “Nos
hiciste Señor para Ti.” Sin embargo, en la práctica, no siempre es tan
fácil vivirlo. Por eso, Nuestro Divino Maestro nos enseña el camino de las
bienaventuranzas (Cf. Lc 6,20-26) y, para ser más claro, también agrega el
camino de las desdichas…
- La enseñanza de Cristo:
Ante esa multitud que busca al Señor para que lo libre de la
enfermedad y del demonio, Jesús les habla sobre la verdadera felicidad. Habla
directamente a sus oyentes, nos habla directamente a cada uno de nosotros.
Las bienaventuranzas nos colocan ante opciones decisivas,
nos purifican el corazón de los apegos desordenados, nos iluminan e impulsan a
buscar a Dios “con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas”
(Lc 10,27). A su vez, “nos enseña que la verdadera dicha no reside ni en la
riqueza o el bienestar, ni en la gloria humana o el poder, ni en ninguna obra
humana” (CATIC 1723).
- Las falsas felicidades:
En las palabras de Cristo aparecen cuatro elementos que,
para muchos, son la verdadera felicidad. En realidad, los cuatro son caminos
falsos (Cf. Santo Tomás).
En primer lugar, las riquezas. Muchos tazan su felicidad en
poseer grandes riquezas, sin embargo con mucho menos se satisfacen las
necesidades naturales. Las riquezas, no llegan a más que eso. Están en orden al
hombre y no el hombre en orden a las riquezas. Cuando sucede esto, la
experiencia demuestra la tremenda esclavitud y maldad que se puede experimentar
como efecto de la avaricia.
Segundo, muchos viven como si la felicidad consistiera en los
placeres sensibles. Se siente placer cuando se tiene un bien que es
conveniente, sea este bien real, esperado o al menos recordado. Pero los bienes
sensibles son limitados. No sacian plenamente. Siempre se tiene el deseo de
mayor placer. Engendran, a su vez, gran egoísmo…
Tercero, en la dicha del poder, la risa del poderoso. Aunque
es fácil apetecer el poder, sin embargo, viene a ser como un instrumento, que
se puede utilizar bien o mal. Además, no es capaz de impedir el peso de las
preocupaciones, ni de esquivar el aguijón de la inquietud. El poder no nos hace
verdaderamente felices.
Cuarto, en los honores, la fama y la gloria. Todo esto, en
realidad, es externo, en el mejor de los casos se debe a las personas
virtuosas. Pero, muchas veces, los honores y la gloria que tributan los hombres
son engañosos y siempre superficiales. Además, la gloria mundana es efímera.
- La gran recompensa:
La verdadera felicidad del hombre, debe ser un Bien sumo,
por tanto sin mezcla de mal alguno; un Bien suficiente, por tanto, no se puede
perder una vez alcanzado; un Bien perfecto, que no ocasiona ningún mal… Ese Bien
es Dios.
De hecho, el mismo “Dios nos ha puesto en el mundo para
conocerle, servirle y amarle, y así ir al cielo. La bienaventuranza nos hace
participar de la naturaleza divina (2 P 1, 4) y de la Vida eterna (cf Jn
17, 3). Con ella, el hombre entra en la gloria de Cristo (cf Rm 8, 18) y
en el gozo de la vida trinitaria. Semejante bienaventuranza supera la
inteligencia y las solas fuerzas humanas. Es fruto del don gratuito de Dios.
Por eso la llamamos sobrenatural, así como también llamamos sobrenatural la
gracia que dispone al hombre a entrar en el gozo divino” (CATIC 1721-1722).
Siguiendo las palabras del Señor, Dios es el que nos
enriquece con su Reino, el que sacia todas nuestras necesidades, el que nos
consuela y alegra, Él es nuestra Recompensa; Él es la verdadera Felicidad del hombre.
Conclusión:
Le pedimos a la Virgen Madre de Dios, a Ella que vivió de
cara a la verdadera Felicidad y le entregó toda su existencia, nos conceda
vivir según las palabras del Señor.