Caridad misionera
Introducción:
En el domingo pasado, la Palabra se nos proponía a nosotros,
para que fuéramos sus discípulos, para que la escuchemos y creamos. Ahora,
somos enviados a transmitir a los demás esta Palabra de vida que nosotros hemos
recibido.
- Cristo, Luz de las naciones:
Jesús continúa predicando. Sin embargo, sus palabras pueden
producir dos efectos diferentes. Por un lado, “estaban llenos de admiración por las palabras de gracia que salían de
su boca” (Lc 4,22), mientras que por otro, “al oír estas palabras, todos los que estaban en la sinagoga se
enfurecieron” (Lc 4,28).
Y esto, porque “la
luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la percibieron” (Jn 1,5).
No es por un problema en la luz, sino porque ésta requiere una respuesta libre. Y, mientras unos la
aceptan, otros la rechazan.
- Los cristianos, luz para sus hermanos:
Pero Cristo no está solo, ya que nos llama, a cada uno de
nosotros a continuar su obra. Por esto, aunque la vocación del Santo Profeta
Jeremías es única, en su relato, lleno
de emoción y de drama, también podemos ver nuestra vocación. Porque a todos
los bautizados, Dios nos llama a transmitir la fe a los demás.
Y, al querer dar luz a los otros, a nosotros también nos
pasará que no nos querrán escuchar, pero por eso mismo, el Señor también nos
dice a nosotros: “Yo estoy contigo para
librarte” (Jer 1,19).
Y así, no podemos olvidar nuestra misión de anunciar a los
demás que Dios existe y que nos ama, haciendo referencia no sólo al Libro de la
Sagrada Escritura, sino también al libro de la creación (Cf. CATIC Compendio
3-5)
- Palabras y obras:
Siguiendo con la pregunta de cómo podemos evangelizar nosotros a los que nos rodean, San Pablo,
nos habla de “un camino más perfecto
todavía” (1Cor 12,31). Porque sin duda que hay muchas formas de
evangelizar, pero vamos a centrarnos en su fuente: puesto que, además de
evangelizar con nuestras palabras, que es necesario hacerlo, debemos recordar la fuerza evangelizadora del amor.
Amor, que en el texto de San Pablo, no debemos confundir con nuestra limitada
capacidad humana de amar, sino que debemos pensar en la caridad, es decir, el amor de Dios, puesto que lo
relaciona con la fe y la esperanza, las otras dos virtudes teologales.
La caridad es evangelizadora, porque en primer lugar nos une a nosotros con Dios, y nadie
puede dar lo que no tiene. Por esto, cuando queramos que alguien se acerque a
Jesús, debemos preguntarnos si nosotros mismos estamos cerca de Él.
Y una forma concreta de unión con Dios se da en la oración, de tal modo que en
nuestra vida ésta debe ocupar un lugar
importante, y no podemos conformarnos con unas pocas Avemarías… En la oración,
estamos junto a Dios y, a la vez, al interceder por nuestros hermanos, estamos
haciendo un acto de amor y misericordia hacia ellos. Cuando pedimos por otros,
estamos haciendo como aquellos cuatro hombres del Evangelio que le presentaron
a Jesús al paralítico bajándolo del techo (Cf. Lc 5,18-20).
Además de unirnos con Dios, la caridad nos acerca a nuestros
hermanos, por lo cual, San Pablo la describe con diversas virtudes que no sólo
nos hacen buenos a nosotros, sino que hacen mucho bien a los que nos rodean.
Así, este amor que viene de Dios, y que toma nuestro corazón cuando estamos en
gracia, nos hace ser pacientes con los defectos ajenos, serviciales, bondadosos
y no envidiosos, humildes, desinteresados, justos, veraces… El amor nos hace vencer al mal con el bien,
la mentira con la verdad, tal como nos lo decía Jesús, nuestro Maestro: “Así debe brillar ante los ojos de los
hombres la luz que hay en ustedes, a fin de que ellos vean sus buenas obras y
glorifiquen al Padre que está en el cielo” (Mt 5,16), y tal como lo
hicieron tantos Santos que se desvivieron por el bien de sus hermanos como por
ejemplo 5 que fueron beatificados conjuntamente por San Juan Pablo II en 1994.
Así decía el Papa uniendo las vidas de estos cinco cristianos de verdad: “La caridad se convierte en proyecto
educativo para la infancia en la congregación fundada por el Beato Roland, o se
transforma en casa y hogar para los sin techo en las instituciones del Beato
Alberto Hurtado; se convierte en hospitalidad para los abandonados y los
marginados en la obra de la Beata Petra de San José, o ternura solícita para
los que sufren y los enfermos en el carisma de las Beatas María Rafols y
Josefina Vannini” (Ángelus 16 de octubre de 1994).
Conclusión:
Le pedimos a la Virgen nos conceda la gracia de rezar misioneramente, incluyendo en nuestras
oraciones, además de las personas que queremos y que ya rezamos, aquellos que
deseamos que se acerquen a Dios, incluso aquellos que no queremos tanto.