Enviados de la fe
Introducción:
Primero veíamos que Jesús nos habla con su Palabra a cada
uno de nosotros. Luego, Él mismo nos envía a nuestros hermanos, para que les
transmitamos la fe. Ahora, nos preguntamos: puesto que la fe es un don de Dios ¿cómo podemos nosotros transmitirla a los demás?
- Llamado y obediencia:
El pasaje evangélico de la “Primera Pesca milagrosa” nos da una profunda enseñanza al respecto:
Jesús termina de predicar y manda adentrarse en el mar para pescar. Humanamente
hablando la orden no tenía mucho fundamento, ni perspectiva de éxito, pues
estos avezados pescadores habían estado intentándolo toda la noche sin
resultado. Sin embargo, Simón Pedro, el primer Papa, hace algo que no puede
pasar desapercibido: obedece a la
Palabra de Jesús: “si tú lo dices, echaré las redes” (Lc 5,5).
Por el poder de Jesús
y la obediencia de su discípulo, “sacaron tal cantidad de peces, que las
redes estaban a punto de romperse” (Lc 5,6). Después de este milagro y relacionado
con él, Jesús hace un llamado, una invitación al apóstol obediente: “No temas, de ahora en adelante serás
pescador de hombres” (Lc 5,10). Así, Jesús lo llama a compartir su misión de salvar a los seres humanos.
Por esto, en nuestra vida, llamado y obediencia son muy
importantes: en primer lugar es Dios, el mismo que por amor a nosotros nos
regaló la fe, ese mismo quiere que lo “ayudemos” a transmitirla a los demás; Él
lo quiere, no porque lo necesite sino porque desea compartir su amor activo con nosotros. Nuestra
respuesta es, simplemente, hacerle caso, obedecerle, llevar a cabo Su obra.
- Disponibilidad:
Por esto, quiere nuestra disponibilidad y no nuestras excusas:
“Ellos, continúa el Evangelio, atracaron las barcas a la orilla y,
abandonándolo todo, lo siguieron” (Lc 5,11). Podríamos hablar de una “obediencia disponible”.
Y en este punto, la vocación del profeta Isaías es
eminentemente persuasiva: este profeta ve
la grandeza de la Gloria de Dios, conoce la impureza propia y la de su pueblo,
sin embargo, después de ser purificado por el Ángel, se ofrece al llamado: “¿A
quién enviaré?”, “¡Aquí estoy: envíame!”
(Is 6,8).
Sus palabras son para nosotros un modelo: “¡Aquí estoy:
envíame!”. Ojala que podamos hacerlas nuestras. Porque Dios sigue llamando hoy como ayer, nos sigue invitando a compartir
la luz de su Verdad y el fuego de su Amor, pero espera, como lo hizo con el
profeta, como lo hizo con María santísima, espera
nuestro “Sí”, nuestro “¡Aquí estoy!”.
Para la obra de Dios,
basta nuestra fe, es decir, ese “Sí” a lo que Dios nos dice, que luego se
transforma en el “quiero” de la caridad, que busca hacer la divina voluntad.
- Fidelidad:
Esta fe, obediente y disponible, es a su vez, invariable,
fiel: no primero sí y luego no, no acepta algunas cosas y luego las rechaza
cuando no agradan o cuando cuestan. Por eso, nosotros creemos lo mismo que
creían los Apóstoles, creemos lo mismo que les enseñó Jesús. “Les he trasmitido en primer lugar, dice
el Apóstol, lo que yo mismo recibí”
(1Cor 15,3). Y más adelante: “tanto
ellos [los demás Apóstoles] como yo,
predicamos lo mismo, y esto es lo que ustedes han creído” (1Cor 15,11). Por
eso, nosotros rezamos un Credo de los primeros siglos de la Iglesia, porque la verdad que Dios nos reveló no cambia,
ya que sus palabras no pasarán (Cf. Mt 24,35).
Esto nos recuerda la
necesidad de vivir la sinceridad y la veracidad, tanto en el hacer como en el
hablar, de buscar la verdad y ser coherentes con ella (Cf. CATIC Compendio
521). Así se puede ser fiel: pensando y
viviendo según Dios, incluso en los diversos ámbitos de la vida pública y
privada (Cf. CATIC Compendio 522).
Conclusión:
Por esto, le pedimos a Jesús, por medio de su Madre, nos
toque profundamente el corazón para que podamos decirle que “Sí”, pero un “Sí”
tan verdadero que nos transforme por la obediencia, que nos impulse a salir de
nosotros mismos por la caridad y que nos acompañe fielmente a lo largo de toda
nuestra vida.