Homilía Domingo XIV Tiempo Ordinario Ciclo C

La paz del Señor

Introducción:
Dios, que es rico en misericordia, no se cansa de demostrar su amor hacia los hombres heridos, enfermos, lastimados por el pecado… Su bondad, sin límites, se muestra en sus diversos dones. Uno de ellos, de gran importancia para la humanidad entera, es el don de la paz.
  1. Dones generosos:
El Texto del Profeta Isaías describe la bondad de Dios destacando su gran generosidad. Su bondad es tan grande que es causa de un inmenso gozo. Se enumeran la paz, las riquezas, el consuelo, que Dios enviará a su pueblo como un río, como un torrente fecundo que hará florecer todo.
Sabemos que Dios quiere darnos su amor sin medida, pero también quiere que le pidamos, que supliquemos humildemente lo que más necesitamos. La Virgen de la Medalla Milagrosa tenía, en sus manos, añillos brillantes y anillos opacos. Los brillantes representan las gracias que Dios da por medio de Ella. Los opacos, las gracias que quisiera dar, pero que nadie se las pide.
  1. El don de la paz:
Como decíamos arriba, uno de los grandes dones de Dios, que es necesario pedir con insistencia, es la paz verdadera. Como hija directa de la caridad, la paz surge en el alma que tiene todo su ser –inteligencia, voluntad y pasiones- encaminado hacia Dios, que está ordenada internamente según la divina voluntad y, por tanto, vive en concordia con el prójimo.
Es una tranquilidad, fruto de ese orden interior que, aunque imperfecto en esta vida, es un verdadero y valiosísimo don del Cielo. Para estar en la paz verdadera es preciso vivir en gracia de Dios y ser generoso en la práctica de la justicia y la caridad.
  1. Transmisores de la paz:
Esta paz, que es don para nosotros, se convierte en nuestra misión: “Digan primero que descienda la paz sobre esta casa.” En este sentido, bien podemos recurrir a una hermosa oración atribuida a San Francisco de Asís:
¡Señor, haz de mí un instrumento de tu paz!
Que allí donde haya odio, ponga yo amor;
donde haya ofensa, ponga yo perdón;
donde haya discordia, ponga yo unión;
donde haya error, ponga yo verdad;
donde haya duda, ponga yo fe;
donde haya desesperación, ponga yo esperanza;
donde haya tinieblas, ponga yo luz;
donde haya tristeza, ponga yo alegría.
¡Oh, Maestro!, que no busque yo tanto
ser consolado como consolar;
ser comprendido, como comprender;
ser amado, como amar.
Porque dando es como se recibe;
olvidando, como se encuentra;
perdonando, como se es perdonado;
muriendo, como se resucita a la vida eterna.
En esta oración, pedimos recibir la paz de tal modo que podamos darla a los demás. Es importante meditar en la misión de ser instrumentos de Dios: Él es el que tiene la iniciativa y da el fruto, Él es el que mueve y dirige; nosotros, por su misericordia, compartimos su misión. Somos sus instrumentos cuando quitamos los obstáculos a su obra de redención mediante la caridad, el perdón, la fe, la alegría…
Esta oración también nos enseña que, para ser instrumentos de paz, es necesario vencer nuestro amor propio, enemigo acérrimo de la caridad. Por tanto, pedimos y nos comprometemos a dar a los demás lo que quisiéramos recibir: consuelo, comprensión, amor.
Finalmente, se nos propone considerar el premio de la vida virtuosa, ordenada y entregada a Dios: “dando es como se recibe” en esta vida y, de un modo especial, el gran premio que es  Dios mismo, en la Vida Eterna: muriendo… se resucita a la Vida Eterna.
Conclusión:
Que nuestra Madre Inmaculada, Reina de la Paz, nos conceda vivir la bienaventuranza de “los que trabajan por la paz” para ser “llamados hijos de Dios.” (Mt 5,9).