Como el Padre es misericordioso
Introducción:
Los hijos de Dios, pues todos lo somos por el bautismo,
queremos asemejarnos a nuestro Padre celestial. Pero de todas las formas que
tenemos para parecernos a Él, conocer como Él conoce y amar como Él ama, son
las más importantes y en esas estriba nuestra perfección.
- Dios misericordioso:
En primer lugar, Dios, que es la fuente del amor, es también
el modelo. Nosotros, entonces, además de encontrar en Él el motor, buscamos el
modo de este amor. “El Señor es
compasivo y misericordioso” (estribillo del Salmo). “El perdona todas tus culpas y cura todas tus
dolencias; rescata tu vida del sepulcro, te corona de amor y de ternura”
(Salmo 102/103,3-4). “El Señor es
bondadoso y compasivo, lento para enojarse y de gran misericordia; no acusa de
manera inapelable ni guarda rencor eternamente; no nos trata según nuestros
pecados ni nos paga conforme a nuestras culpas” (Salmo 102/103,8-10). “Como un padre cariñoso con sus hijos, así es
cariñoso el Señor con sus fieles” (Salmo 102/103,13).
Este salmo, tan hermoso, no es un conjunto de bellas
palabras ya que se ha hecho vida lo que él proclama. Por ejemplo, San Pedro,
nos muestra en más de una oportunidad la fuerza transformante del amor
misericordioso de Dios. Pensemos en las veces en que este apóstol le prometió
al Señor seguirlo y le falló, manifestó una clara fe pero no quiso aceptar el
misterio de la cruz, le prometió morir por Él y lo negó tres veces… Así y todo,
al encontrarse con la mirada de Jesús, se convirtió su corazón, lloró de
arrepentimiento y vivió hasta la entrega total en la cruz.
También en nuestra vida el Señor quiere darnos su amor
–seguramente más de una vez lo habrá hecho- para que, recibiendo su
misericordia, nosotros podamos ser bondadosos con los demás.
- Perfectos como Él:
Moisés y Jesús se ponen de acuerdo en esto: en que
asemejarnos a Dios pasa por la caridad: “El Señor dijo a Moisés: Habla en estos términos a toda la comunidad de
Israel: Ustedes serán santos, porque Yo,
el Señor su Dios, soy santo. No odiarás a tu hermano en tu corazón: deberás
reprenderlo convenientemente, para no cargar con un pecado a causa de él. No
serás vengativo con tus compatriotas ni les guardarás rencor. Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo soy
el Señor” (Lev 19,1-2.17-18).
A través de Moisés, Dios nos muestra que el camino de su
imitación pasa por no odiar, por corregir al hermano que se equivoca, por
vencer la venganza y el rencor, por hacer a los demás lo que nosotros queremos
que nos hagan.
El Señor Jesús va un poco más allá en la exigencia del amor.
Puesto que Él nos amó hasta la cruz, incluso siendo nosotros pecadores, nos
dice con toda autoridad: “Yo les digo:
Amen a sus enemigos, rueguen por sus
perseguidores; así serán hijos del Padre que está en el cielo, porque Él
hace salir el sol sobre malos y buenos y hace caer la lluvia sobre justos e
injustos… Por lo tanto, sean perfectos como es perfecto el Padre que está en el
cielo” (Mt 5,44-45.48).
- La oración como primer gesto de perdón:
Siguiendo sus palabras, podemos encontrar un primer peldaño
en la subida de este camino tan grande -pero tan difícil- del perdón: la oración. “La intercesión es una oración de petición que nos conforma muy
de cerca con la oración de Jesús. Él es el único intercesor ante
el Padre en favor de todos los hombres, de los pecadores en particular (Cf. Rm
8, 34; 1 Jn 2, 1; 1 Tm 2. 5-8)” (CATIC 2634).
“Interceder,
pedir en favor de otro, es, desde Abraham, lo propio de un corazón conforme a
la misericordia de Dios… En la intercesión, el que ora busca “no su propio interés sino el de
los demás” (Flp 2, 4), hasta rogar por los que le hacen mal
(recuérdese a Esteban rogando por sus verdugos, como Jesús: cf Hch 7, 60; Lc
23, 28. 34)” (CATIC 2635). Esta oración “no conoce fronteras: “por todos los hombres, por todos los
constituidos en autoridad” (1 Tm 2, 1), por los perseguidores (cf Rm 12, 14),
por la salvación de los que rechazan el Evangelio (cf Rm 10, 1)” (CATIC
2636). De este modo, el amor cristiano puede llegar más allá del alcance
humano, gracias al poder del amor de Dios.
Conclusión:
Le pedimos a la Virgen santísima, que nos conceda escuchar
las palabras de su Hijo para poder ir viviéndolas cada día.