Homilía Domingo VII Tiempo Ordinario Ciclo A


Como el Padre es misericordioso


Introducción:
Los hijos de Dios, pues todos lo somos por el bautismo, queremos asemejarnos a nuestro Padre celestial. Pero de todas las formas que tenemos para parecernos a Él, conocer como Él conoce y amar como Él ama, son las más importantes y en esas estriba nuestra perfección.

  1. Dios misericordioso:
En primer lugar, Dios, que es la fuente del amor, es también el modelo. Nosotros, entonces, además de encontrar en Él el motor, buscamos el modo de este amor. “El Señor es compasivo y misericordioso” (estribillo del Salmo). “El perdona todas tus culpas y cura todas tus dolencias; rescata tu vida del sepulcro, te corona de amor y de ternura” (Salmo 102/103,3-4). “El Señor es bondadoso y compasivo, lento para enojarse y de gran misericordia; no acusa de manera inapelable ni guarda rencor eternamente; no nos trata según nuestros pecados ni nos paga conforme a nuestras culpas” (Salmo 102/103,8-10). “Como un padre cariñoso con sus hijos, así es cariñoso el Señor con sus fieles” (Salmo 102/103,13).
Este salmo, tan hermoso, no es un conjunto de bellas palabras ya que se ha hecho vida lo que él proclama. Por ejemplo, San Pedro, nos muestra en más de una oportunidad la fuerza transformante del amor misericordioso de Dios. Pensemos en las veces en que este apóstol le prometió al Señor seguirlo y le falló, manifestó una clara fe pero no quiso aceptar el misterio de la cruz, le prometió morir por Él y lo negó tres veces… Así y todo, al encontrarse con la mirada de Jesús, se convirtió su corazón, lloró de arrepentimiento y vivió hasta la entrega total en la cruz.
También en nuestra vida el Señor quiere darnos su amor –seguramente más de una vez lo habrá hecho- para que, recibiendo su misericordia, nosotros podamos ser bondadosos con los demás.

  1. Perfectos como Él:
Moisés y Jesús se ponen de acuerdo en esto: en que asemejarnos a Dios pasa por la caridad: “El Señor dijo a Moisés: Habla en estos términos a toda la comunidad de Israel: Ustedes serán santos, porque Yo, el Señor su Dios, soy santo. No odiarás a tu hermano en tu corazón: deberás reprenderlo convenientemente, para no cargar con un pecado a causa de él. No serás vengativo con tus compatriotas ni les guardarás rencor. Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo soy el Señor” (Lev 19,1-2.17-18).
A través de Moisés, Dios nos muestra que el camino de su imitación pasa por no odiar, por corregir al hermano que se equivoca, por vencer la venganza y el rencor, por hacer a los demás lo que nosotros queremos que nos hagan.
El Señor Jesús va un poco más allá en la exigencia del amor. Puesto que Él nos amó hasta la cruz, incluso siendo nosotros pecadores, nos dice con toda autoridad: “Yo les digo: Amen a sus enemigos, rueguen por sus perseguidores; así serán hijos del Padre que está en el cielo, porque Él hace salir el sol sobre malos y buenos y hace caer la lluvia sobre justos e injustos… Por lo tanto, sean perfectos como es perfecto el Padre que está en el cielo” (Mt 5,44-45.48).

  1. La oración como primer gesto de perdón:
Siguiendo sus palabras, podemos encontrar un primer peldaño en la subida de este camino tan grande -pero tan difícil- del perdón: la oración. “La intercesión es una oración de petición que nos conforma muy de cerca con la oración de Jesús. Él es el único intercesor ante el Padre en favor de todos los hombres, de los pecadores en particular (Cf. Rm 8, 34; 1 Jn 2, 1; 1 Tm 2. 5-8)” (CATIC 2634).
Interceder, pedir en favor de otro, es, desde Abraham, lo propio de un corazón conforme a la misericordia de DiosEn la intercesión, el que ora busca “no su propio interés sino el de los demás” (Flp 2, 4), hasta rogar por los que le hacen mal (recuérdese a Esteban rogando por sus verdugos, como Jesús: cf Hch 7, 60; Lc 23, 28. 34)” (CATIC 2635). Esta oración “no conoce fronteras: “por todos los hombres, por todos los constituidos en autoridad” (1 Tm 2, 1), por los perseguidores (cf Rm 12, 14), por la salvación de los que rechazan el Evangelio (cf Rm 10, 1)” (CATIC 2636). De este modo, el amor cristiano puede llegar más allá del alcance humano, gracias al poder del amor de Dios.

Conclusión:
Le pedimos a la Virgen santísima, que nos conceda escuchar las palabras de su Hijo para poder ir viviéndolas cada día.