Homilía Domingo I de Cuaresma Ciclo A

El Agua Bautismal


Introducción:
La Cuaresma nos prepara para la Pascua, para la Cruz y la Resurrección del Señor, para recibirla y vivirla. Por esto, es un tiempo muy propicio para meditar sobre aquel primer encuentro que cada cristiano tiene con este misterio mediante el sacramento del Bautismo.

1.      El misterio del agua:
En el primero de los siete sacramentos, lo central, junto con las palabras que nos enseñó Jesús, “en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”, es el agua. Somos bautizados con agua. Esto se debe a que con ella se significa el misterio que esconde este sacramento.
Naturalmente relacionamos el agua con la vida. Por ejemplo, en el campo, cuando hay agua, de lluvia o por medio de canales, hay frutos, hay vida, hay alegría… Cuando la sequía es grande, el campo se torna un desierto.
En la Escritura, ya desde el Génesis, aparece el Espíritu de Dios revoloteando sobre el agua (Cf. Gn 1,2). Más adelante, tanto en el diluvio (Cf. Gn 7,1ss) como en el éxodo (Cf. Ex 14,5ss), con el agua se vislumbra un doble misterio, de muerte y de vida. En ambas ocasiones unos mueren y otros sobreviven al agua.
Del mismo modo, cuando el agua bautismal moja la frente de los hombres, en sus corazones, hay muerte y hay vida. Muere en ellos el pecado, vive la vida de Dios. Dios perdona todos los pecados y nos da su gracia.
Esto que sucedió el día del bautismo, hay que vivirlo hasta el final: morir continuamente al pecado y poner todos los medios que podamos para crecer como hijos de Dios.

2.      Pecado y tentaciones:
Para morir al pecado, es necesario combatir las tentaciones, que a todos atacan. Nadie puede escaparse de ellas, pero todos pueden vencerlas, con la ayuda de Dios. Así nos enseña la Palabra del Señor. Por un lado, el Génesis, con el ejemplo de Eva, nos muestra lo que no debemos hacer ante las tentaciones. Porque ella, al ponerse a dialogar, al darle importancia y escuchar las palabras mentirosas de la serpiente, al dejar que siembre en su corazón la desconfianza, la soberbia, la desobediencia… se fue acercando al pecado hasta que cayó en él.
Por el contrario, Jesús (Cf. Mt 4,1-11) nos enseña cómo combatir y vencer. Primero, con el ayuno, desligando nuestro corazón de las cosas de la tierra, usándolas sin apegarnos a ellas. Luego, con la oración, con una vida generosa de diálogo y cercanía con Dios. También con la Palabra divina, escuchada y vivida.
Satanás le tienta tres veces tratando de poner a prueba su actitud filial hacia Dios. Jesús rechaza estos ataques que recapitulan las tentaciones de Adán en el Paraíso y las de Israel en el desierto” (CATIC 538). Su triunfo “en el desierto sobre el Tentador es un anticipo de la victoria de la Pasión, suprema obediencia de su amor filial al Padre” (CATIC 539). Por esto, en imitar a Cristo crucificado se reducen todas las formas de vencer la tentación. De este modo, vivimos nuestra muerte al mal, al pecado, al demonio…

3.      Gracia y virtudes:
Volviendo al bautismo, con el deseo de vivir como bautizados, necesitamos renovar el esfuerzo por crecer en la vida divina. San Pablo nos transmite la grandeza de ésta al decir: “No hay proporción entre el don y la falta. Porque si la falta de uno solo provocó la muerte de todos, la gracia de Dios y el don conferido por la gracia de un solo hombre, Jesucristo, fueron derramados mucho más abundantemente sobre todos” (Rm 5,15). Y continúa “donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia” (Rm 5,20).
Esta gracia, esta vida que Dios nos da, se vive y acrecienta con los sacramentos, con la oración y con las obras meritorias. Los cristianos, por tanto, hemos de caracterizarnos por vivir las virtudes, que nos hacen cercanos a Dios y a los demás, con las cuales se vence el egoísmo y nos asemejan a Jesucristo.

Conclusión:
Le pedimos a la Virgen, en esta Cuaresma, la gracia de hacer propósitos de vida bautismal, luchando contra nuestras tentaciones, practicando las virtudes.