Las promesas de los hijos de Dios
Introducción:
Jesús transfigurado nos muestra las dos realidades que
forman nuestro camino hacia el cielo: “Por un instante, Jesús muestra
su gloria divina, confirmando así la
confesión de Pedro. Muestra también que para “entrar en su gloria” (Lc 24,
26), es necesario pasar por la Cruz en
Jerusalén” (CATIC 555).
1.
Llamada
y respuesta:
Así como le aconteció a Abraham (Cf. Gn 12,1-4ª), aunque con
notables diferencias, también a nosotros el Señor nos llama. Dicha llamada, que
puede tener muchas formas, siempre espera una adecuada respuesta. Esta
respuesta es la que la cuaresma nos invita a renovar y que ya hemos realizado,
mediante las promesas bautismales.
El santo patriarca, al escuchar a Dios, creyó en Él y
abandonó su tierra, “sus cosas”, para seguir el camino indicado. Esto mismo
encierran las mencionadas promesas: profesar
la fe y renunciar.
Durante la celebración del bautismo, el celebrante le dice a
los padres y padrinos que traten de educar a los bautizados en la fe, para que
la vida Divina que reciben sea preservada del pecado y crezca en ellos día tras
día. Así, renunciar al pecado y crecer en la fe son el programa de vida
espiritual de cada cristiano.
2.
Renuncia:
Buscando alguna frase de San Pablo -de las lecturas de este
domingo-, que podamos referir a la renuncia del pecado, encontramos esta: “comparte conmigo los sufrimientos que es
necesario padecer por el Evangelio, animado con la fortaleza de Dios” (2Tim
1,8b).
La vida cristiana es un sí a Cristo, pero un sí tan sincero,
tan profundo, tan radical que implica un no a todo lo que nos aleja de Él.
Implica una renuncia, “el desasimiento, vender sus bienes y seguir a Cristo (Mt
19,21), negarse a sí mismo y llevar la cruz con Él (Mt 10, 38ss; 16,24ss)”
(LEÓN-DUFOUR X., Diccionario de Teología Bíblica, Herder, Barcelona, 2ª
edición, 2009, página 131). Esta
renuncia es un dejar el corazón libre para que lo llene Dios.
De ahí que, es bueno renovar interior y exteriormente
nuestras promesas bautismales de renuncia, redoblando el esfuerzo por vencer el
pecado que nos acecha continuamente. La cuaresma es un tiempo propicio para
preguntarnos: ¿Renuncio realmente al
pecado? ¿Trato de mejorar mi relación con Dios, con los demás, conmigo mismo?
¿Me ocupo en luchar contra las tentaciones? ¿Recurro a la confesión con un
corazón sincero que desea convertirse? Con este espíritu renovamos nuestras
renuncias.
3.
Vivir
la fe:
Pero también renovamos nuestra fe y, con ella, todo nuestro
compromiso cristiano, ya que la fe es la puerta de la vida que Dios nos quiere
dar en abundancia. Creemos que Jesús es el Hijo de Dios, con el esplendor que
mostró en la transfiguración, con la gloria del Padre. Creemos en ese Hijo, en
el cual somos hijos adoptivos de Dios. Por Él creemos todo lo que Dios nos ha
revelado. Al contemplarlo, contemplamos al Padre.
Esta fe es la que ilumina nuestra vida y nos transforma. Por
la fe, cuando se vive con sinceridad y fielmente, nuestras acciones son actos
de fe, nuestro trabajo adquiere una nueva dimensión, la vida de familia toma
rasgos distintos: Dios está presente y
nosotros nos dejamos influir por esa presencia.
Al renovar nuestra fe, renovamos el deseo eficaz de hacer
actos de fe: de rezar, de participar de los sacramentos, especialmente de la santa
misa, de testimoniar a los demás nuestra fe, de misionar según nuestras
posibilidades, de ser obreros activos de la viña del Señor… Así, acrecentamos
la fe que Dios nos ha dado.
Conclusión:
Le pedimos a la Virgen Fiel nos conceda una fe suficiente
para luchar siempre contra el pecado en nuestra vida, para crecer continuamente
en el amor divino y en el amor al prójimo.