Homilía Domingo III de Cuaresma Ciclo A


El  amor de los hijos de Dios


Introducción:
“El Bautismo no solamente purifica de todos los pecados, hace también del neófito "una nueva creatura" (2 Co 5,17), un hijo adoptivo de Dios (cf Ga 4,5-7) que ha sido hecho "partícipe de la naturaleza divina" (2 P 1,4), miembro de Cristo (cf 1 Co 6,15; 12,27), coheredero con Él (Rm 8,17) y templo del Espíritu Santo (cf 1 Co 6,19).
La Santísima Trinidad da al bautizado la gracia santificante, la gracia de la justificación que:
— le hace capaz de creer en Dios, de esperar en Él y de amarlo mediante las virtudes teologales;
— le concede poder vivir y obrar bajo la moción del Espíritu Santo mediante los dones del Espíritu Santo;
— le permite crecer en el bien mediante las virtudes morales.
Así todo el organismo de la vida sobrenatural del cristiano tiene su raíz en el santo Bautismo” (CATIC 1265-1266).

1.      Fe:
El mismo San Pablo, al hablar de la vida del hijo de Dios no pasa por alto la gran importancia de las virtudes teologales: “Justificados, entonces, por la fe, estamos en paz con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo. Por Él hemos alcanzado, mediante la fe, la gracia en la que estamos afianzados, y por Él nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios […]. Y la esperanza no quedará defraudada, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado” (Rm 5,1-2.5).
Gracias a la fe aceptamos el plan de Dios, acogemos sus palabras, nos dejamos iluminar por Él. Gracias a esto podemos estar “en paz con Dios.

2.      Esperanza:
Si tenemos fe, podemos esperar en Dios. Al creer en el amor de Dios podemos recibir la gracia que nos transforma. Por eso, confiamos en su protección y auxilio. Esperamos de su bondad alcanzar la Vida Eterna.
Esta esperanza, que es una gran virtud, nos sostiene en nuestras luchas y dificultades, nos impulsa a convertirnos de nuestros pecados, nos mantiene firmes en las tormentas, nos guía en el largo caminar.
Los hijos de Dios, a lo largo de su vida en la tierra, saben que su verdadera Patria es el Cielo y, aunque bien puestos los pies en la tierra, tienen su corazón donde su Padre Celestial los espera.

3.      Caridad:
Finalmente, el cristiano cumple el doble mandamiento del amor: “el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado.
La caridad es la mayor de todas las virtudes, la que las impulsa a todas, la que da sentido a todo el obrar cristiano. San Agustín decía: “Si te callas, cállate por amor; si gritas, grita por amor; si corriges, hazlo por amor; si perdonas, hazlo también por amor” (SAN AGUSTÍN, Coment. 1 Epist. S. Juan,9).
Y San Alfonso: “La caridad es la que da unidad y consistencia a todas las virtudes que hacen al hombre perfecto” (SAN ALFONSO M DE LIGORIO, Práctica del amor a Jesucristo, I, 1).
¿En qué consiste? En un regalo que Dios nos hace, cuando estamos en Gracia, de poder amarlo sobre todas las cosas y amar a los demás por amor a Él y como Él.

Conclusión:
Le pedimos a la Virgen poder renovar constantemente nuestro bautismo viviendo estas tres importantes virtudes: fe, esperanza y caridad.