Homilía Domingo V de Cuaresma Ciclo A


La misión de los bautizados


Introducción:
El amor de Dios es para nosotros, pero también para los demás. Por esto, desde el mismo bautismo, al recibir tan grandes dones de Dios, también recibimos la misión de compartirlos con nuestro prójimo.

1.      Una vida recibida:  
San Pablo nos habla, este domingo, de una justicia, de una vida, de un espíritu recibidos como dones: “Ustedes no están animados por la carne sino por el Espíritu, dado que el Espíritu de Dios habita en ustedes. El que no tiene el Espíritu de Cristo no puede ser de Cristo” (Rm 8,9).
Justicia, vida, gracia, fe, esperanza, caridad… son los dones que recibimos en el bautismo. Dones que estamos llamados a transmitir a los demás.

2.      Una vida compartida:
La Iglesia nos enseña la estrecha unión que hay entre el recibir y el dar los dones del bautismo cuando dice: “Los bautizados "renacidos [por el bautismo] como hijos de Dios están obligados a confesar delante de los hombres la fe que recibieron de Dios por medio de la Iglesia" (LG 11) y de participar en la actividad apostólica y misionera del Pueblo de Dios (cf LG 17; AG 7,23)” (CATIC 1270).
Más aún, el mismo rito del sacramento lo patentiza en distintos textos. Entre las diversas preces que se le piden a Dios, la Iglesia incluye estas: “Para que, cumpliendo con fidelidad los preceptos de Cristo, permanezcan siempre en su amor, y llenos de entusiasmo anuncien su Evangelio a los hombres” (Preces III). “Para que, renaciendo por medio del agua y del Espíritu Santo, vivan siempre animados de ese mismo Espíritu y testimonien ante los hombres la Vida nueva que de Él recibieron” (Preces IV).
Durante la bendición del agua bautismal, una de las oraciones dice: “Padre misericordioso que eliges a los bautizados para que anuncien alegremente el Evangelio de Cristo a todos los pueblos” (Bendición del agua bautismal III).
Finalmente, al signar los labios y oídos de los que se bautizan, el celebrante reza: “El Señor Jesús, que hizo oír a los sordos y hablar a los mudos, te permita muy pronto, escuchar sus palabras y profesar la fe para gloria y alabanza de Dios Padre” (Oración Éfeta).
De este modo, la misma liturgia nos transmite la unidad que hay entre el aspecto discipular de nuestra vida cristiana, como el escuchar la palabra de Dios, el dejarnos vivificar por su divino Espíritu y el  aspecto misionero de profesar, transmitir, testimoniar la fe.

3.      Todos podemos:
Todos estamos llamados a comunicar la fe a los demás. Sin embargo, alguno podrá pensar que esto es exagerado, que no todos están capacitados o no todos tienen el tiempo suficiente.
Pero, si la misión o el apostolado están en el centro de nuestro ser cristianos, de algún modo todos podremos llevarlo a cabo. De lo contrario no seríamos verdaderos discípulos de Jesús.
De hecho, todos podemos rezar por los demás para que se acerquen a Dios, todos podemos ofrecer nuestras cruces para la conversión de los pecadores, todos podemos esforzarnos por vivir el Evangelio dando testimonio, en nuestro alrededor, con una vida llena de buenas obras… Todas éstas son formas legítimas de evangelizar.
También es muy bueno, preguntarnos si podemos colaborar con la obra misionera o pastoral de la parroquia. En ella, todo talento, toda riqueza personal, toda disponibilidad puede encontrar un lugar para ser canal de gracia para los demás, ya que la obra evangelizadora en una parroquia, es tan variada, tan amplia, tan diversa… que todos podemos poner nuestro grano de arena y crecer juntos como la familia de los hijos de Dios que somos, gracias al bautismo.

Conclusión:
Le pedimos a la Virgen, Nuestra Madre, nos ayude a ser fieles al bautismo, sobre todo con la coherencia de nuestra vida en todos sus aspectos, para poder ser luz para los demás.

Homilía Domingo IV de Cuaresma Ciclo A


Ritos complementarios


Introducción:
“El agua que yo le daré se convertirá en él en manantial que brotará hasta la Vida eterna” dijo Nuestro Señor a la samarita (Jn 4,14). Esa agua simboliza el don del Espíritu Santo que, recibido en el bautismo produce fruto en nuestra vida.
Dichos frutos representados en el rito bautismal por diversos gestos litúrgicos muy importantes.

1.      Unciones:
Así como Samuel ungió a David para que sea rey de Israel, tanto antes como después del agua bautismal, se recibe una unción con aceite bendito, primero el óleo de los catecúmenos, luego el santo crisma. El primero simboliza la fortaleza que Dios nos da con su gracia para poder ser buenos cristianos. “La unción con el santo crisma, óleo perfumado y consagrado por el obispo, significa el don del Espíritu Santo al nuevo bautizado. Ha llegado a ser un cristiano, es decir, "ungido" por el Espíritu Santo, incorporado a Cristo, que es ungido Sacerdote, profeta y rey. Literalmente ungido significa “persona consagrada" y en este caso es a Dios” (catholic.net).
“Los bautizados vienen a ser "piedras vivas" para "edificación de un edificio espiritual, para un sacerdocio santo" (1 P 2,5). Por el Bautismo participan del sacerdocio de Cristo, de su misión profética y real, son "linaje elegido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido, para anunciar las alabanzas de aquel que os ha llamado de las tinieblas a su admirable luz" (1 P 2,9). El Bautismo hace participar en el sacerdocio común de los fieles(CATIC 1268).

2.      Vestidura blanca:
También puede colocarse una vestidura de color blanco. “simboliza que el bautizado se ha "revestido de Cristo" (Ga. 3,27); que ha resucitado con Cristo a la vida de la gracia” (catholic.net).
Es importante aprender a cuidar esta vestidura interior, no dejarla manchar por el pecado, por los vicios. El bautismo, ya desde su celebración nos enseña la importancia de la lucha contra el mal en el propio corazón. Implícitamente también nos recuerda la necesidad de otro sacramento importante, la Confesión, cuando el pecado haya manchado nuestra alma. Estar revestidos de Cristo implica el esfuerzo en vivir como Él.

3.      Éfeta y cirio:
Dos gestos más, muy relacionados entre sí, son el éfeta y el cirio encendido. Con el primero se signan, con la señal de la cruz, los labios y oídos de los recién bautizados, pidiendo a Dios que pronto puedan escuchar y transmitir la fe que recibieron.
Justamente esta fe es simbolizada con la luz que irradia el cirio pascual. Los padrinos reciben esta luz con una vela, puesto que tienen la gran misión de ayudar en la educación en la fe de sus ahijados. Por esto, ellos mismos tienen que ser los primeros practicantes de la fe, ya que nadie da lo que no tiene.
“El cirio que se enciende en el "cirio pascual", significa que Cristo ha iluminado al neófito. En Cristo, los bautizados son: la luz del mundo” (catholic.net). Cristo abre nuestros ojos interiores para que podamos percibir la acción de Dios en nuestra vida y transmitirla a los demás.
Como nos decía San Pablo: “Antes, ustedes eran tinieblas, pero ahora son luz en el Señor. Vivan como hijos de la luz. Ahora bien, el fruto de la luz es la bondad, la justicia y la verdad. Sepan discernir lo que agrada al Señor, y no participen de las obras estériles de las tinieblas; al contrario, pónganlas en evidencia” (Ef 5,8-11).

Conclusión:
Le pedimos a nuestra Madre nos ayude a ser coherentes con todo el don y misterio que hemos recibido en nuestro bautismo viviendo de cara a Dios y siendo luz para los demás.

Homilía Domingo III de Cuaresma Ciclo A


El  amor de los hijos de Dios


Introducción:
“El Bautismo no solamente purifica de todos los pecados, hace también del neófito "una nueva creatura" (2 Co 5,17), un hijo adoptivo de Dios (cf Ga 4,5-7) que ha sido hecho "partícipe de la naturaleza divina" (2 P 1,4), miembro de Cristo (cf 1 Co 6,15; 12,27), coheredero con Él (Rm 8,17) y templo del Espíritu Santo (cf 1 Co 6,19).
La Santísima Trinidad da al bautizado la gracia santificante, la gracia de la justificación que:
— le hace capaz de creer en Dios, de esperar en Él y de amarlo mediante las virtudes teologales;
— le concede poder vivir y obrar bajo la moción del Espíritu Santo mediante los dones del Espíritu Santo;
— le permite crecer en el bien mediante las virtudes morales.
Así todo el organismo de la vida sobrenatural del cristiano tiene su raíz en el santo Bautismo” (CATIC 1265-1266).

1.      Fe:
El mismo San Pablo, al hablar de la vida del hijo de Dios no pasa por alto la gran importancia de las virtudes teologales: “Justificados, entonces, por la fe, estamos en paz con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo. Por Él hemos alcanzado, mediante la fe, la gracia en la que estamos afianzados, y por Él nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios […]. Y la esperanza no quedará defraudada, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado” (Rm 5,1-2.5).
Gracias a la fe aceptamos el plan de Dios, acogemos sus palabras, nos dejamos iluminar por Él. Gracias a esto podemos estar “en paz con Dios.

2.      Esperanza:
Si tenemos fe, podemos esperar en Dios. Al creer en el amor de Dios podemos recibir la gracia que nos transforma. Por eso, confiamos en su protección y auxilio. Esperamos de su bondad alcanzar la Vida Eterna.
Esta esperanza, que es una gran virtud, nos sostiene en nuestras luchas y dificultades, nos impulsa a convertirnos de nuestros pecados, nos mantiene firmes en las tormentas, nos guía en el largo caminar.
Los hijos de Dios, a lo largo de su vida en la tierra, saben que su verdadera Patria es el Cielo y, aunque bien puestos los pies en la tierra, tienen su corazón donde su Padre Celestial los espera.

3.      Caridad:
Finalmente, el cristiano cumple el doble mandamiento del amor: “el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado.
La caridad es la mayor de todas las virtudes, la que las impulsa a todas, la que da sentido a todo el obrar cristiano. San Agustín decía: “Si te callas, cállate por amor; si gritas, grita por amor; si corriges, hazlo por amor; si perdonas, hazlo también por amor” (SAN AGUSTÍN, Coment. 1 Epist. S. Juan,9).
Y San Alfonso: “La caridad es la que da unidad y consistencia a todas las virtudes que hacen al hombre perfecto” (SAN ALFONSO M DE LIGORIO, Práctica del amor a Jesucristo, I, 1).
¿En qué consiste? En un regalo que Dios nos hace, cuando estamos en Gracia, de poder amarlo sobre todas las cosas y amar a los demás por amor a Él y como Él.

Conclusión:
Le pedimos a la Virgen poder renovar constantemente nuestro bautismo viviendo estas tres importantes virtudes: fe, esperanza y caridad.

Homilía Domingo II de Cuaresma Ciclo A


Las promesas de los hijos de Dios


Introducción:
Jesús transfigurado nos muestra las dos realidades que forman nuestro camino hacia el cielo: “Por un instante, Jesús muestra su gloria divina, confirmando así la confesión de Pedro. Muestra también que para “entrar en su gloria” (Lc 24, 26), es necesario pasar por la Cruz en Jerusalén” (CATIC 555).

1.      Llamada y respuesta:
Así como le aconteció a Abraham (Cf. Gn 12,1-4ª), aunque con notables diferencias, también a nosotros el Señor nos llama. Dicha llamada, que puede tener muchas formas, siempre espera una adecuada respuesta. Esta respuesta es la que la cuaresma nos invita a renovar y que ya hemos realizado, mediante las promesas bautismales.
El santo patriarca, al escuchar a Dios, creyó en Él y abandonó su tierra, “sus cosas”, para seguir el camino indicado. Esto mismo encierran las mencionadas promesas: profesar la fe y renunciar.
Durante la celebración del bautismo, el celebrante le dice a los padres y padrinos que traten de educar a los bautizados en la fe, para que la vida Divina que reciben sea preservada del pecado y crezca en ellos día tras día. Así, renunciar al pecado y crecer en la fe son el programa de vida espiritual de cada cristiano.

2.      Renuncia:
Buscando alguna frase de San Pablo -de las lecturas de este domingo-, que podamos referir a la renuncia del pecado, encontramos esta: “comparte conmigo los sufrimientos que es necesario padecer por el Evangelio, animado con la fortaleza de Dios” (2Tim 1,8b).
La vida cristiana es un sí a Cristo, pero un sí tan sincero, tan profundo, tan radical que implica un no a todo lo que nos aleja de Él. Implica una renuncia, “el desasimiento, vender sus bienes y seguir a Cristo (Mt 19,21), negarse a sí mismo y llevar la cruz con Él (Mt 10, 38ss; 16,24ss)” (LEÓN-DUFOUR X., Diccionario de Teología Bíblica, Herder, Barcelona, 2ª edición, 2009, página 131). Esta renuncia es un dejar el corazón libre para que lo llene Dios.
De ahí que, es bueno renovar interior y exteriormente nuestras promesas bautismales de renuncia, redoblando el esfuerzo por vencer el pecado que nos acecha continuamente. La cuaresma es un tiempo propicio para preguntarnos: ¿Renuncio realmente al pecado? ¿Trato de mejorar mi relación con Dios, con los demás, conmigo mismo? ¿Me ocupo en luchar contra las tentaciones? ¿Recurro a la confesión con un corazón sincero que desea convertirse? Con este espíritu renovamos nuestras renuncias.

3.      Vivir la fe:
Pero también renovamos nuestra fe y, con ella, todo nuestro compromiso cristiano, ya que la fe es la puerta de la vida que Dios nos quiere dar en abundancia. Creemos que Jesús es el Hijo de Dios, con el esplendor que mostró en la transfiguración, con la gloria del Padre. Creemos en ese Hijo, en el cual somos hijos adoptivos de Dios. Por Él creemos todo lo que Dios nos ha revelado. Al contemplarlo, contemplamos al Padre.
Esta fe es la que ilumina nuestra vida y nos transforma. Por la fe, cuando se vive con sinceridad y fielmente, nuestras acciones son actos de fe, nuestro trabajo adquiere una nueva dimensión, la vida de familia toma rasgos distintos: Dios está presente y nosotros nos dejamos influir por esa presencia.  
Al renovar nuestra fe, renovamos el deseo eficaz de hacer actos de fe: de rezar, de participar de los sacramentos, especialmente de la santa misa, de testimoniar a los demás nuestra fe, de misionar según nuestras posibilidades, de ser obreros activos de la viña del Señor… Así, acrecentamos la fe que Dios nos ha dado.

Conclusión:
Le pedimos a la Virgen Fiel nos conceda una fe suficiente para luchar siempre contra el pecado en nuestra vida, para crecer continuamente en el amor divino y en el amor al prójimo.