Misericordia y verdad
Introducción:
En la vida de un verdadero cristiano, van creciendo todas las virtudes juntas, porque se relacionan, porque la obra de Dios en nuestro corazón es ordenada. Por esto, en un auténtico cristiano, se unen características que, para un no creyente, pueden parecer difícilmente reconciliables. El seguidor de Cristo es justo y misericordioso, exigente y paciente, prudente y fuerte, magnánimo y humilde… también une en su vida el amor y la verdad.
- Lo más grande es el amor:
“Las obras de misericordia son acciones caritativas mediante las cuales ayudamos a nuestro prójimo en sus necesidades corporales y espirituales (cf. Is 58,6-7; Hb 13,3). Instruir, aconsejar, consolar, confortar, son obras de misericordia espiritual, como perdonar y sufrir con paciencia. Las obras de misericordia corporal consisten especialmente en dar de comer al hambriento, dar techo a quien no lo tiene, vestir al desnudo, visitar a los enfermos y a los presos, enterrar a los muertos (cf Mt 25,31-46). Entre estas obras, la limosna hecha a los pobres (cf Tb 4, 5-11; Si 17,22) es uno de los principales testimonios de la caridad fraterna; es también una práctica de justicia que agrada a Dios (cf Mt 6,2-4)” (CATIC 2447).
En algunas ocasiones, la misericordia se ejercita diciendo la verdad aunque no sea tan agradable escucharla…
- La corrección fraterna:
Es el caso de la corrección del hermano. Dentro
de las diversas obras de misericordia, “la corrección es
un bien y un servicio que se hace al prójimo. Pero aquí también hay reglas del
juego, y hemos de tenerlas muy en cuenta para practicar cristianamente estos
consejos de nuestro Señor. Veamos algunas de ellas.
La primera es que,
antes de corregir…, debemos estar muy atentos nosotros para no faltar o
equivocarnos en aquello mismo que corregimos a los demás; y, por tanto, el que
corrige -ya se trate de un maestro, de un educador y, con mayor razón, de un
padre o madre de familia- debe hacerlo primero con el propio testimonio de vida
y ejemplo de virtud y después también podrá hacerlo con la palabra y el
consejo. Nunca mejor que en estas circunstancias hemos de tener presente el
sabio proverbio popular de que "las palabras mueven, pero el ejemplo
arrastra". Las personas –sobre todo los niños, los adolescentes y los
jóvenes– se dejan persuadir con mayor facilidad cuando ven un buen ejemplo que
cuando escuchan una palabra de corrección o una llamada al orden.
La segunda regla es que, al corregir, hemos de ser muy benévolos y respetuosos con las personas, sin humillarlas ni abochornarlas jamás, y mucho menos en público…” (Autor: P. Sergio A. Cordova LC | Fuente: Catholic.net).
Nuestro ejercicio de amor comenzará, ante todo, con la oración, que nos hace elegir los mejores caminos para hacer el mayor bien a nuestros hermanos. También le pedimos a Dios la gracia para ser escuchados. Requiere luego, mucha paciencia.
- Profeta de los caminos:
Otra forma de misericordia, parecida a la corrección fraterna es la misión del profeta. Principalmente, éste tiene el cometido de mostrar el buen camino, de alentar y animar a transitarlo. Pero también, cuando sus hermanos se equivocan de senda, tendrá que advertir, pues el silencio de quien ve aproximarse un peligro es culpable: “si tú no hablas para advertir al malvado que abandone su mala conducta, el malvado morirá por su culpa, pero a ti te pediré cuenta de su sangre” (Eze 33,8).
Por eso, la Iglesia anuncia el camino de salvación, el poder infinito de la misericordia divina que siempre está dispuesta a perdonar y transformar el corazón arrepentido. Con la misma claridad, también anuncia los peligros, los errores, los caminos que nos alejan de Dios…
El mismo San Pablo ya lo enseñaba: el camino del amor es el de los mandamientos: “los mandamientos: No cometerás adulterio, no matarás, no robarás, no codiciarás, y cualquier otro, se resumen en este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Rm 13,9). Todos los mandamientos constituyen el camino del amor, inclusive aquellos que más nos cuestan, que no entendemos del todo o que están muy alejados a los modos de pensar del mundo: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo.”
Conclusión:
Le pedimos a Nuestra Madre la gracia de que “viviendo en la verdad y en el amor, crezcamos plenamente, unidos a Cristo” (Ef 4,15).