Homilía Domingo XXIV Ciclo A

 

Perdonar y ser perdonados

 

Introducción:

La misericordia vence en el juicio (Cf. Sant. 2,13). Es un llamado más a que procuremos hacer el bien, sobre todo, practicando la misericordia a imitación de Nuestro Señor.

 

  1. El perdón del Señor:

Ante todo, dirigimos nuestra mirada a Dios y vemos su Corazón misericordioso, que sabe perdonar: “El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia” (Responsorio del salmo); “Él perdona todas tus culpas y cura todas tus dolencias; rescata tu vida del sepulcro, te corona de amor y de ternura” (Sal 102/103,3-4).

Dios es como ese Rey que, con justicia, quiere arreglar las deudas con sus servidores. Pero que escucha los ruegos, atiende el corazón arrepentido y perdona. Tan grande es su amor misericordioso que, a su vez, quiere que su perdón engendre perdón.

Así, innumerables Santos -entre ellos los mártires-, han sido capaces de perdonar muchísimo mal hecho contra ellos. Recordemos al cardenal Van Thuan, obispo vietnamita, prisionero de los comunistas durante muchos años. Con su entrega, convertía a sus propios carceleros. Incluso uno, arriesgándose, le dejó tener una cruz de madera escondida. Recordemos a la mártir Santa María Goretti muriendo con el perdón en sus labios. Pensemos en el acto de perdón realizado por San Juan Pablo II a su propio agresor.

 

  1. Perdón y venganza:

Dios perdona, Dios quiere nuestro perdón: “Perdona, dice el Eclesiástico, el agravio a tu prójimo” (Eclo 28,2), “acuérdate de los mandamientos, y no guardes rencor a tu prójimo; piensa en la Alianza del Altísimo y pasa por alto la ofensa” (Eclo 28,7).

Finalmente, como sabia maestra espiritual, la Escritura nos da un atinado consejo: “Evita los altercados y pecarás mucho menos” (Eclo 28,8).

También nos recuerda: “El hombre vengativo sufrirá la venganza del Señor, que llevará cuenta exacta de todos sus pecados” (Eclo 28,1).  Y como anticipando la parábola del Evangelio, nos enseña: “Si un hombre mantiene su enojo contra otro, ¿cómo pretende que el Señor lo sane? No tiene piedad de un hombre semejante a él ¡y se atreve a implorar por sus pecados!” (Eclo 28,3-4).

 

  1. Un camino posible para todos: El perdón hecho oración:

Queda claro entonces que, para recibir el perdón de Dios, nosotros mismos debemos perdonar a nuestros hermanos:

Al pedir a Dios Padre que nos perdone, nos reconocemos ante Él pecadores; pero confesamos, al mismo tiempo, su misericordia, porque, en su Hijo y mediante los sacramentos, «obtenemos la redención, la remisión de nuestros pecados» (Col 1, 14). Ahora bien, nuestra petición será atendida a condición de que nosotros, antes, hayamos, por nuestra parte, perdonado” (CATIC Compendio 594).

La misericordia penetra en nuestros corazones solamente si también nosotros sabemos perdonar, incluso a nuestros enemigos. Aunque para el hombre parece imposible cumplir con esta exigencia, el corazón que se entrega al Espíritu Santo puede, a ejemplo de Cristo, amar hasta el extremo de la caridad, cambiar la herida en compasión, transformar la ofensa en intercesión. El perdón participa de la misericordia divina y es una cumbre de la oración cristiana” (CATIC Compendio 595).

En este camino de la misericordia que perdona, en el cual, pueden suceder acontecimientos muy difíciles, sin embargo, siempre se podrá recurrir a la oración. Esta es una herramienta siempre a mano. Quizás no siempre sean posible otros gestos de perdón más expresivos, pero siempre podrá estar la oración. No sólo la meditación del amor de Dios para que nos ayude a perdonar, sino también la intercesión por aquellos que nos han hecho sufrir; ésta oración ya es una forma de perdón: “Amen a sus enemigos, rueguen por sus perseguidores” dice Nuestro Señor (Mt 5,44).

 

Conclusión:

Suplicamos a Nuestra Madre del Cielo nos ayude a tener los mismos sentimientos que tiene el Sagrado Corazón de su Hijo.