Meditaciones de Adviento y Navidad I



Anunciación

Tomado de Jesús de Nazaret (Ratzinger-Benedicto XVI)


«En el sexto mes, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la estirpe de David: la virgen se llamaba María» (Lc 1,26s).

En el saludo del ángel llama la atención el que no dirija a María el acostumbrado saludo judío, shalom —la paz esté contigo—, sino que use la fórmula griega chaῑre, que se puede tranquilamente traducir por «ave, salve», como en la oración mariana de la Iglesia, compuesta con palabras tomadas de la narración de la anunciación (cf. Lc 1,28.42). Pero, en este punto, conviene comprender el verdadero significado de la palabra chaῑre: ¡Alégrate! Con este saludo del ángel —podríamos decir— comienza en sentido propio el Nuevo Testamento. La alegría aparece en estos textos como el don propio del Espíritu Santo, como el verdadero don del Redentor…
En el saludo del ángel Gabriel a María, se retoma y actualiza la profecía de Sofonías 3,14-17, que suena así: «Alégrate, hija de Sión, grita de gozo Israel... El Señor, tu Dios está en medio de ti.» El motivo esencial por el que la hija de Sión puede exultar se encuentra en la afirmación: «El Señor está en medio de ti» (So 3,15.17); literalmente traducido: «está en tu seno».
María aparece como la hija de Sión en persona. Las promesas referentes a Sión se cumplen en ella de forma inesperada. María se convierte en el Arca de la Alianza, el lugar de una auténtica inhabitación del Señor. «Alégrate, llena de gracia.» Es digno de reflexión un nuevo aspecto de este saludo, chaῑre: la conexión entre la alegría y la gracia. En griego, las dos palabras, alegría y gracia (chará y cháris), se forman a partir de la misma raíz. Alegría y gracia van juntas.

Ocupémonos ahora del contenido de la promesa. María dará a luz un niño, a quien el ángel atribuye los títulos de «Hijo del Altísimo» e «Hijo de Dios». Se promete además que Dios, el Señor, le dará el trono de David, su Padre. Reinará por siempre en la casa de Jacob y su reino (su señorío) no tendrá fin. Se añade después un grupo de promesas relacionadas con el modo de la concepción. «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso el santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios» (Lc 1,35).
El nombre de Jesús contiene de manera escondida el tetragrama, el nombre misterioso del Horeb, ampliado hasta la afirmación: Dios salva. El nombre del Sinaí, que había quedado como quien dice incompleto, es pronunciado hasta el fondo. El Dios que es, es el Dios presente y salvador. La revelación del nombre de Dios, iniciada en la zarza ardiente, es llevada a su cumplimento en Jesús (cf. Jn 17,26).
Pero «su reino no tendrá fin»: este reino diferente no está construido sobre un poder mundano, sino que se funda únicamente en la fe y el amor. Es la gran fuerza de la esperanza en medio de un mundo que tan a menudo parece estar abandonado de Dios. El reino del Hijo de David, Jesús, no tiene fin, porque en él reina Dios mismo, porque en él entra el reino de Dios en este mundo. La promesa que Gabriel transmitió a la Virgen María es verdadera. Se cumple siempre de nuevo.

La respuesta de María, a la que ahora llegamos, se desarrolla en tres fases. Ante el saludo del ángel, primero se quedó turbada y pensativa. Ella no se detiene ante la primera inquietud por la cercanía de Dios a través de su ángel, sino que trata de comprender. María se muestra por tanto como una mujer valerosa, que incluso ante lo inaudito mantiene el autocontrol. Al mismo tiempo, es presentada como una mujer de gran interioridad, que une el corazón y la razón y trata de entender el contexto, el conjunto del mensaje de Dios. De este modo, se convierte en imagen de la Iglesia que reflexiona sobre la Palabra de Dios, trata de comprenderla en su totalidad y guarda el don en su memoria.
La segunda reacción de María resulta enigmática para nosotros. En efecto, después del titubeo pensativo con que había recibido el saludo del mensajero de Dios, el ángel le había comunicado que había sido elegida para ser la madre del Mesías. María pone entonces una breve e incisiva pregunta: «¿Cómo será eso, pues no conozco varón?» (Lc 1,34). María no duda. No pregunta sobre el «qué», sino sobre el «cómo» puede cumplirse la promesa, siendo esto incomprensible para ella: «¿Cómo será eso, pues no conozco varón?» (1,34).
Después de esto sigue la tercera reacción, la respuesta esencial de María: su simple «sí». Se declara sierva del Señor. «Hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38). Dios busca ahora una nueva entrada en el mundo. Llama a la puerta de María. Necesita la libertad humana. No puede redimir al hombre, creado libre, sin un «sí» libre a su voluntad. «Hágase en mí según tu palabra.» Es el momento de la obediencia libre, humilde y magnánima a la vez, en la que se toma la decisión más alta de la libertad humana. María se convierte en madre por su «sí». Los Padres de la Iglesia han expresado a veces todo esto diciendo que María habría concebido por el oído, es decir, mediante su escucha. A través de su obediencia la palabra ha entrado en ella, y ella se ha hecho fecunda. En este contexto, los Padres han desarrollado la idea del nacimiento de Dios en nosotros mediante la fe y el bautismo, por los cuales el Logos viene siempre de nuevo a nosotros, haciéndonos hijos de Dios.
Pienso que es importante escuchar también la última frase de la narración lucana de la anunciación: «Y el ángel la dejó» (Lc 1,38). El gran momento del encuentro con el mensajero de Dios, en el que toda la vida cambia, pasa, y María se queda sola con un cometido que, en realidad, supera toda capacidad humana. Ya no hay ángeles a su alrededor. Ella debe continuar el camino que atravesará por muchas oscuridades, comenzando por el desconcierto de José ante su embarazo hasta el momento en que se declara a Jesús «fuera de sí» (Mc 3,21; cf. Jn 10,20), más aún, hasta la noche de la cruz. En estas situaciones, cuántas veces habrá vuelto interiormente María al momento en que el ángel de Dios le había hablado. Cuántas veces habrá escuchado y meditado aquel saludo: «Alégrate, llena de gracia», y sobre la palabra tranquilizadora: «No temas.» El ángel se va, la misión permanece, y junto con ella madura la cercanía interior a Dios, el íntimo ver y tocar su proximidad.


Homilía del Domingo XXXIV Tiempo Ordinario Ciclo A



Cristo Rey: “Como Yo los he amado”


Introducción:
Si Cristo es nuestro Rey de amor, nosotros somos sus servidores de amor.

1.      Dios reina por el amor:
Nosotros podemos decir con el salmista: “El Señor es mi pastor, nada me falta” (Salmo 22,1), porque Dios mismo se nos ha revelado como un amoroso Pastor. Él mismo ha dicho: “Yo mismo en persona buscaré a mis ovejas” (Ez 34,11).
Más aún, nosotros conocemos el modo en que Cristo ha ejercido este pastoreo, este reinado sobre nosotros: lo sabemos por el Evangelio, por todo lo que ha hecho y dicho para nuestra salvación. Tanto que San Pedro lo resume diciendo: “El pasó haciendo el bien” (Hch 10,34). Pero también lo sabemos en nuestra propia vida personal, ya que si la vemos con fe, mucho debemos agradecer a Dios.
Por esto, la señal de los cristianos es la cruz, emblema del amor “hasta el extremo” (Jn 13,1), del amor inmenso de Dios por nosotros, pecadores. Así, Dios ha conquistado legiones y legiones de seres humanos que, al verlo de tal modo enamorado, se sintieron empujados a devolverle amor por amor. Y así surgieron y surgen, también hoy los Santos. Porque la santidad consiste en eso, en dejarse amar por Dios y corresponderle con el amor que Él mismo nos regala: la caridad, virtud hermana de la fe y de la esperanza.

2.      Como Rey, Cristo nos juzgará en el amor:
Por esto, “en el ocaso de nuestras vidas seremos juzgados en el amor” (San Juan de la Cruz). Y esto es lo que nos enseña el Evangelio: Jesús, como Rey supremo, juzgará a todos los hombres y mujeres de todos los tiempos. Él, que vivió amando al modo divino, pedirá cuenta de nuestras obras de amor. “El Juicio final revelará hasta sus últimas consecuencias lo que cada uno haya hecho de bien o haya dejado de hacer durante su vida terrena” (CATIC 1039). Y así se verá que “la justicia de Dios triunfa de todas las injusticias cometidas por sus criaturas y que su amor es más fuerte que la muerte” (CATIC 1040).
Porque como dice el Catecismo, “la actitud con respecto al prójimo revelará la acogida o el rechazo de la gracia y del amor divino” (CATIC 678). “Les aseguro, dice Jesús, que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo” (Mt 25,40).
Por esto, no hay que confundir la caridad cristiana con la filantropía. El hombre, por naturaleza es capaz de amar y hacer el bien. Sin embargo, Jesús nos invita a amar al modo de Dios: “como Yo los he amado” (Jn 15,12).
Y esta es nuestra meta: amar a Dios y por Él a nuestros hermanos, amar a todos gratuitamente, amar haciendo el bien no sólo respecto al cuerpo, sino también a favor de las almas, amar incluso a los que no nos aman. Éste es el ideal del cristiano.
Así el cristiano transmite no sólo obras, sino vida, la Vida de Dios a los demás, ya que “por Cristo todos volverán a la vida”, nos dice San Pablo (1Cor 15,22). Vida que no acaba con la muerte sino que se prolongará por la eternidad: éste es el poder del amor de Dios, con el cual nosotros estamos llamados a colaborar.

3.      Nuestra vida es un tiempo para amar:
Así, cobra gran sentido en nuestro diario vivir, las ya conocidas “obras de misericordia”, tanto materiales como espirituales. De las cuales, no hay que olvidar ni unas ni las otras.
Este tiempo, el de nuestra vida, es “el tiempo favorable” (2Cor 6,2). Y hay que aprovecharlo amando. ¿Cómo? “Tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; estaba de paso, y me alojaron; desnudo, y me vistieron; enfermo, y me visitaron; preso, y me vinieron a ver” (Mt 25,35-36). Y también, enseñando al que no sabe, dando buen consejo al que lo necesita, corrigiendo al que se equivoca o peca, perdonando a los que nos ofenden, consolando al triste, sufriendo con paciencia los defectos de nuestros hermanos y rezando por vivos y difuntos.
Pensemos, por ejemplo en la reina Santa Isabel de Hungría: en los hospitales que erigió, en los enfermos que ella misma curó y cuidó, y en la profunda oración que unía a su incesante actividad.

Conclusión:
De este modo, le pedimos a nuestra Madre, que compartió su amor hasta la cruz, nos conceda crecer en la caridad… amor que vale para la vida eterna, nuestra y de los demás.

Homilía del Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario Ciclo A



“Pasa al banquete de tu Señor”


Introducción:

El Señor Jesús, como un sincero Maestro, no nos engaña con falsas esperanzas, o con indeterminadas posibilidades, por el contrario, es tan claro en su intención de salvarnos, de enseñarnos el camino de salvación, como de aclararnos las dificultades. Y ante la pregunta de cómo y cuándo será el fin del mundo (Cf. Mt 24,3), nos llama la atención sobre nuestra fidelidad en las obras (Mt 25,14ss), en nuestro obrar como cristianos, pues “obras son amores” como dice el refrán.


1.      La vida como camino al Cielo:
Así Jesús, en la parábola de los talentos, nos enseña que nuestra vida en la tierra es como un camino, como una preparación para algo mejor. Dios, con la vida, nos da un cúmulo de dones y bienes para que los aprovechemos bien. De ahí la importancia de la sentencia: El que es fiel en lo poco es fiel en lo mucho.
Al no saber cuándo llegará el “Día del Señor” (1Tes 5,2), debemos estar siempre prevenidos, preparados… ¡No podemos descuidar un asunto tan importante como es la salvación eterna! Y para esto debemos cumplir la voluntad de Dios en todo momento y circunstancia, debemos esforzarnos por ser justos y buenos, como la mujer del Libro de los Proverbios, quien “vale mucho más que las perlas” (31,10).
En este texto se nos describen no acciones extraordinarias, sino la grandeza de la virtud de lo de todos los días, la hermosura del vivir bien lo que tengo que hacer. En definitiva, es la importancia de la fidelidad en lo poco. Por todo esto, podemos preguntarnos: ¿Cómo me comporto en mis lugares habituales? ¿Cómo trato a los seres que me rodean? ¿Cómo es mi actitud filial respecto a Dios, mi Padre? ¿Qué puedo cambiar? ¿Cómo pongo los talentos que Dios me dio en bien de mis hermanos? El cristiano debe obrar de tal manera que con sus acciones demuestre la fidelidad de su corazón.

2.      La muerte: momento crucial.
Y teniendo una mirada general de toda la propia vida, sabemos que un momento muy importante, el más decisivo de todos, es la muerte. Porque en ese momento, es cuando llegará para nosotros la gran visita de Dios, el Día del Señor. 
Él vendrá con una inmensa misericordia, para darnos la salvación. Sin embargo, dependerá de nuestro estado, dependerá de si recibimos o no su amor y su perdón. Por esto, la muerte no debe ser ni temida demasiado, ni despreciada, ni olvidada, sino muy bien preparada. ¿Cómo? Viviendo como Dios quiere desde ahora, siendo fieles en lo poco, en lo pequeño, en lo cotidiano, para recibir lo “mucho más” (Mt 25,23).
Dios quiere que nos preparemos a la muerte, a una buena y santa muerte, poniendo en acción los talentos que Él mismo nos ha dado en bien de los demás.

3.      Premio o castigo.
De este modo, el cristiano se prepara para pasar de una vida buena a una vida mejor, para pasar de esta vida a la eterna. Así nos preparamos para el Cielo, donde podremos contemplar y amar a Dios para siempre, y a todos los Santos, entre los que se encuentran nuestros seres queridos que se han salvado. Ése realmente será el “gozo de tu Señor” (Mt 25,23).
Así, además, se evita lo terrible y eternamente desastroso del infierno, es decir, aquel estado al que se refiere Jesús diciendo “tinieblas” (Mt 25,30). La Iglesia nos enseña cómo es el infierno diciendo: “Las almas de los que mueren en estado de pecado mortal descienden a los infiernos inmediatamente después de la muerte y allí sufren las penas del infierno, "el fuego eterno” (CATIC 1035).
Pero volviendo a la bueno, “el cielo es el fin último y la realización de las aspiraciones más profundas del hombre, el estado supremo y definitivo de dicha” (CATIC 1024). Es "estar con Cristo" (CATIC 1025), y “donde está Cristo, allí está la vida, allí está el reino” (CATIC 1025: San Ambrosio).

Conclusión:
Por esto, invocando a la Madre del Salvador, nos confiamos a su protección, y le pedimos la valentía de comprometernos en ser fieles a Jesús, para poder escuchar, al final de nuestra carrera: “Está bien, servidor bueno y fiel… ya que respondiste fielmente en lo poco, te encargaré de mucho más: entra a participar del gozo de tu señor” (Mt 25,21).

Homilía del DOmingo XXXII del Tiempo Ordinario Ciclo A



La pequeña fidelidad

 

Introducción:
Nuestro Señor, en una ocasión, dijo una frase muy contundente para mantener nuestra esperanza en la Vida Eterna, para mantener nuestro caminar hacia Él, para mantener nuestra fidelidad: “El que es fiel en lo poco es fiel en lo mucho.”

  1. Buscar:
Con la figura misteriosa de esa Sabiduría personificada, la primera lectura nos enseña que, si buscamos a Dios lo encontraremos (Cf. Sab 6,12). Buscar, desear conocer más y estar más cerca de Él, será siempre un signo de fidelidad, no contentarse con lo mínimo, luchas contra el pecado, nos muestra que en nuestro corazón hay vida cristiana.
Por el contrario, si nos da lo mismo estar con Dios que no, hacer su voluntad o dejar de hacerla, vivir en gracia o en pecado… Si hemos dejado de buscarlo, estamos en peligro. Por desánimo, por desilusión, por apego a las cosas de este mundo, por egoísmo… por cualquier motivo, nuestra alma puede perder ese entusiasmo del primer momento en que nos encontramos con Dios. Es importante no dejar que esto suceda. “El que busca, encuentra” dijo el Señor Jesús.

  1. Crecer:
Para poder tener aceite al final, hay que juntarlo durante la vida. Es importante desarrollar un gran tesoro de bienes espirituales, ir acumulando obras buenas agradables a Dios, obras de fe, esperanza y caridad, obras de justicia y demás virtudes.
El cristiano alimenta día a día esa lámpara interior de su fe, no deja que se apague, no deja que se agote el aceite. Para ser fieles a Dios hasta el final hay que serlo cada día, para que Él nos encuentre preparados hay que estarlo cada día. La fidelidad en lo poco, en lo cotidiano, es fundamental: esta fidelidad se refiere a la oración, a la vida sacramental, a las buenas obras.

Conclusión:
Le pedimos a la Santísima Virgen que nos ayude a que, día a día, podamos crecer en fidelidad a Dios que siempre es fiel con nosotros.

Homilía del Domingo XXXI del Tiempo Ordinario Ciclo A



Testigos y maestros

Introducción:
El Beato Papa Pablo VI, en un documento sobre la evangelización del mundo moderno, decía: “para la Iglesia el primer medio de evangelización consiste en un testimonio de vida auténticamente cristiana, entregada a Dios en una comunión que nada debe interrumpir y a la vez consagrada igualmente al prójimo con un celo sin límites. "El hombre contemporáneo escucha más a gusto a los que dan testimonio que a los que enseñan —decíamos recientemente a un grupo de seglares—, o si escuchan a los que enseñan, es porque dan testimonio". San Pedro lo expresaba bien cuando exhortaba a una vida pura y respetuosa, para que si alguno se muestra rebelde a la palabra, sea ganado por la conducta. Será sobre todo mediante su conducta, mediante su vida, como la Iglesia evangelizará al mundo, es decir, mediante un testimonio vivido de fidelidad a Jesucristo, de pobreza y desapego de los bienes materiales, de libertad frente a los poderes del mundo, en una palabra de santidad” (Evangelii Nuntiandi n° 41).

  1. Un gran peligro:
Nuestro Señor Jesús, hablando de los escribas y fariseos, que tenían la misión de enseñar las cosas de Dios, decía: “hagan y cumplan todo lo que ellos les digan, pero no se guíen por sus obras, porque no hacen lo que dicen. Atan pesadas cargas y las ponen sobre los hombros de los demás, mientras que ellos no quieren moverlas ni siquiera con el dedo. Todo lo hacen para que los vean.
Decir, enseñar, transmitir… algo que no se vive. Es uno de los grandes peligros y engaños en los que podemos caer los “creyentes.” Nuestro Salvador relaciona esta actitud con otro gran defecto: “Todo lo hacen para que los vean”: la vanagloria, el orgullo, la soberbia. Incluso, en el servicio de Dios, debemos preguntarnos si, realmente, buscamos su mayor gloria o también buscamos la nuestra.
En este sentido, conviene recordar y meditar siempre las palabras del Apóstol Santiago: “Muéstrame, si puedes, tu fe sin las obras. Yo, en cambio, por medio de las obras, te demostraré mi fe” (Sant 2,18).

  1. Coherencia:
Como ejes de la vida cristiana, el Catecismo nos presenta cuatro: el credo, los sacramentos, los mandamientos y la oración. A la hora de pretender vivir como verdaderos cristianos, testigos auténticos del amor de Dios en medio del mundo contemporáneo, debemos examinarnos si somos coherentes con estos cuatro pilares:
¿Creemos y vivimos según los artículos del credo?
¿Dejamos que nuestra vida se vaya configurando por la Gracia Divina recibida en los Sacramentos?
¿Nos esforzamos en vivir de acurdo a los mandamientos, que nunca pasan de moda?
¿Somos fieles al trato con Dios en la oración?

  1.  El ejemplo de San Francisco:
En una ocasión, en que el Santo Fundador de los Frailes Menores, estaba preocupado porque algunos de sus hermanos no aspiraban a la santidad como él quería, Dios le habló diciendo: “A ti, hombre sencillo, te he escogido para esto: para que lo que yo vaya a hacer en ti con el fin de que los demás lo imiten, lo sigan quienes quieran seguirlo. Yo soy el que ha llamado, y Yo el que defenderá y apacentará; y para reparar la caída de algunos suscitaré otros; y, si no hubieren nacido todavía, Yo los haré nacer. No te inquietes, pues, antes bien trabaja por tu salvación.”
Con estas palabras nos enseña también a nosotros que, el gran esfuerzo y desvelo deberá ser siempre, en primer lugar, nuestra santidad. De este modo, con nuestro testimonio de fidelidad a Cristo, estaremos haciendo mucho por la salvación de los demás.

Conclusión:
Le pedimos a nuestra Madre la valentía y generosidad para ser auténticamente fieles al Señor, como lo hicieron los Santos de todos los tiempos.