Homilía del Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario Ciclo A



“Pasa al banquete de tu Señor”


Introducción:

El Señor Jesús, como un sincero Maestro, no nos engaña con falsas esperanzas, o con indeterminadas posibilidades, por el contrario, es tan claro en su intención de salvarnos, de enseñarnos el camino de salvación, como de aclararnos las dificultades. Y ante la pregunta de cómo y cuándo será el fin del mundo (Cf. Mt 24,3), nos llama la atención sobre nuestra fidelidad en las obras (Mt 25,14ss), en nuestro obrar como cristianos, pues “obras son amores” como dice el refrán.


1.      La vida como camino al Cielo:
Así Jesús, en la parábola de los talentos, nos enseña que nuestra vida en la tierra es como un camino, como una preparación para algo mejor. Dios, con la vida, nos da un cúmulo de dones y bienes para que los aprovechemos bien. De ahí la importancia de la sentencia: El que es fiel en lo poco es fiel en lo mucho.
Al no saber cuándo llegará el “Día del Señor” (1Tes 5,2), debemos estar siempre prevenidos, preparados… ¡No podemos descuidar un asunto tan importante como es la salvación eterna! Y para esto debemos cumplir la voluntad de Dios en todo momento y circunstancia, debemos esforzarnos por ser justos y buenos, como la mujer del Libro de los Proverbios, quien “vale mucho más que las perlas” (31,10).
En este texto se nos describen no acciones extraordinarias, sino la grandeza de la virtud de lo de todos los días, la hermosura del vivir bien lo que tengo que hacer. En definitiva, es la importancia de la fidelidad en lo poco. Por todo esto, podemos preguntarnos: ¿Cómo me comporto en mis lugares habituales? ¿Cómo trato a los seres que me rodean? ¿Cómo es mi actitud filial respecto a Dios, mi Padre? ¿Qué puedo cambiar? ¿Cómo pongo los talentos que Dios me dio en bien de mis hermanos? El cristiano debe obrar de tal manera que con sus acciones demuestre la fidelidad de su corazón.

2.      La muerte: momento crucial.
Y teniendo una mirada general de toda la propia vida, sabemos que un momento muy importante, el más decisivo de todos, es la muerte. Porque en ese momento, es cuando llegará para nosotros la gran visita de Dios, el Día del Señor. 
Él vendrá con una inmensa misericordia, para darnos la salvación. Sin embargo, dependerá de nuestro estado, dependerá de si recibimos o no su amor y su perdón. Por esto, la muerte no debe ser ni temida demasiado, ni despreciada, ni olvidada, sino muy bien preparada. ¿Cómo? Viviendo como Dios quiere desde ahora, siendo fieles en lo poco, en lo pequeño, en lo cotidiano, para recibir lo “mucho más” (Mt 25,23).
Dios quiere que nos preparemos a la muerte, a una buena y santa muerte, poniendo en acción los talentos que Él mismo nos ha dado en bien de los demás.

3.      Premio o castigo.
De este modo, el cristiano se prepara para pasar de una vida buena a una vida mejor, para pasar de esta vida a la eterna. Así nos preparamos para el Cielo, donde podremos contemplar y amar a Dios para siempre, y a todos los Santos, entre los que se encuentran nuestros seres queridos que se han salvado. Ése realmente será el “gozo de tu Señor” (Mt 25,23).
Así, además, se evita lo terrible y eternamente desastroso del infierno, es decir, aquel estado al que se refiere Jesús diciendo “tinieblas” (Mt 25,30). La Iglesia nos enseña cómo es el infierno diciendo: “Las almas de los que mueren en estado de pecado mortal descienden a los infiernos inmediatamente después de la muerte y allí sufren las penas del infierno, "el fuego eterno” (CATIC 1035).
Pero volviendo a la bueno, “el cielo es el fin último y la realización de las aspiraciones más profundas del hombre, el estado supremo y definitivo de dicha” (CATIC 1024). Es "estar con Cristo" (CATIC 1025), y “donde está Cristo, allí está la vida, allí está el reino” (CATIC 1025: San Ambrosio).

Conclusión:
Por esto, invocando a la Madre del Salvador, nos confiamos a su protección, y le pedimos la valentía de comprometernos en ser fieles a Jesús, para poder escuchar, al final de nuestra carrera: “Está bien, servidor bueno y fiel… ya que respondiste fielmente en lo poco, te encargaré de mucho más: entra a participar del gozo de tu señor” (Mt 25,21).