Cristo Rey: “Como Yo los he amado”
Introducción:
Si Cristo es nuestro Rey de amor,
nosotros somos sus servidores de amor.
1.
Dios
reina por el amor:
Nosotros podemos decir con el
salmista: “El Señor es mi pastor, nada
me falta” (Salmo 22,1), porque Dios mismo se nos ha revelado como un
amoroso Pastor. Él mismo ha dicho: “Yo
mismo en persona buscaré a mis ovejas” (Ez 34,11).
Más aún, nosotros conocemos el
modo en que Cristo ha ejercido este pastoreo, este reinado sobre nosotros: lo
sabemos por el Evangelio, por todo lo que ha hecho y dicho para nuestra salvación.
Tanto que San Pedro lo resume diciendo: “El
pasó haciendo el bien” (Hch 10,34). Pero también lo sabemos en nuestra
propia vida personal, ya que si la vemos con fe, mucho debemos agradecer a Dios.
Por esto, la señal de los cristianos es la cruz, emblema del amor “hasta el extremo” (Jn 13,1), del
amor inmenso de Dios por nosotros, pecadores. Así, Dios ha conquistado legiones
y legiones de seres humanos que, al verlo de tal modo enamorado, se sintieron
empujados a devolverle amor por amor. Y así surgieron y surgen, también hoy los
Santos. Porque la santidad consiste en
eso, en dejarse amar por Dios y corresponderle con el amor que Él mismo nos
regala: la caridad, virtud
hermana de la fe y de la esperanza.
2.
Como
Rey, Cristo nos juzgará en el amor:
Por esto, “en el ocaso de
nuestras vidas seremos juzgados en el amor” (San Juan de la Cruz). Y esto es lo
que nos enseña el Evangelio: Jesús, como Rey supremo, juzgará a todos los
hombres y mujeres de todos los tiempos. Él, que vivió amando al modo divino,
pedirá cuenta de nuestras obras de amor. “El
Juicio final revelará hasta sus últimas consecuencias lo que cada uno haya
hecho de bien o haya dejado de hacer durante su vida terrena” (CATIC
1039). Y así se verá que “la
justicia de Dios triunfa de todas las injusticias cometidas por sus criaturas y
que su amor es más fuerte que la muerte” (CATIC 1040).
Porque como dice el Catecismo, “la
actitud con respecto al prójimo revelará la acogida o el rechazo de la gracia y
del amor divino” (CATIC 678). “Les aseguro, dice Jesús, que cada vez
que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo” (Mt
25,40).
Por esto, no hay que confundir la
caridad cristiana con la filantropía. El hombre, por naturaleza es capaz de
amar y hacer el bien. Sin embargo, Jesús nos invita a amar al modo de Dios:
“como Yo los he amado” (Jn 15,12).
Y esta es nuestra meta: amar a
Dios y por Él a nuestros hermanos, amar a todos gratuitamente, amar haciendo el
bien no sólo respecto al cuerpo, sino también a favor de las almas, amar
incluso a los que no nos aman. Éste es el ideal del cristiano.
Así el cristiano transmite no
sólo obras, sino vida, la Vida de Dios a los demás, ya que “por Cristo todos volverán a la vida”,
nos dice San Pablo (1Cor 15,22). Vida que no acaba con la muerte sino que se
prolongará por la eternidad: éste es el poder del amor de Dios, con el cual
nosotros estamos llamados a colaborar.
3.
Nuestra
vida es un tiempo para amar:
Así, cobra gran sentido en
nuestro diario vivir, las ya conocidas “obras de misericordia”, tanto
materiales como espirituales. De las cuales, no hay que olvidar ni unas ni las
otras.
Este tiempo, el de nuestra vida,
es “el tiempo favorable” (2Cor 6,2). Y hay que aprovecharlo
amando. ¿Cómo? “Tuve hambre, y ustedes
me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; estaba de paso, y me
alojaron; desnudo, y me vistieron; enfermo, y me visitaron; preso, y me
vinieron a ver” (Mt 25,35-36). Y también, enseñando al que no sabe,
dando buen consejo al que lo necesita, corrigiendo al que se equivoca o peca,
perdonando a los que nos ofenden, consolando al triste, sufriendo con paciencia
los defectos de nuestros hermanos y rezando por vivos y difuntos.
Pensemos, por ejemplo en la reina
Santa Isabel de Hungría: en los hospitales que erigió, en los enfermos que ella
misma curó y cuidó, y en la profunda oración que unía a su incesante actividad.
Conclusión:
De este modo, le pedimos a
nuestra Madre, que compartió su amor hasta la cruz, nos conceda crecer en la
caridad… amor que vale para la vida eterna, nuestra y de los demás.