Testigos y maestros
Introducción:
El Beato Papa Pablo VI, en un documento sobre la evangelización
del mundo moderno, decía: “para la Iglesia el
primer medio de evangelización consiste en un testimonio de vida auténticamente
cristiana, entregada a Dios en una comunión que nada debe interrumpir y a
la vez consagrada igualmente al prójimo con un celo sin límites. "El
hombre contemporáneo escucha más a gusto a los que dan testimonio que a los que
enseñan —decíamos recientemente a un grupo de seglares—, o si escuchan a los que enseñan, es porque dan testimonio". San
Pedro lo expresaba bien cuando exhortaba a una vida pura y respetuosa, para que
si alguno se muestra rebelde a la palabra, sea ganado por la conducta. Será
sobre todo mediante su conducta, mediante su vida, como la Iglesia evangelizará
al mundo, es decir, mediante un testimonio vivido de fidelidad a Jesucristo, de
pobreza y desapego de los bienes materiales, de libertad frente a los poderes
del mundo, en una palabra de santidad” (Evangelii Nuntiandi n° 41).
- Un gran peligro:
Nuestro Señor
Jesús, hablando de los escribas y fariseos, que tenían la misión de enseñar las
cosas de Dios, decía: “hagan y cumplan todo lo que ellos les digan, pero no se
guíen por sus obras, porque no hacen lo
que dicen. Atan pesadas cargas y las ponen sobre los hombros de los demás,
mientras que ellos no quieren moverlas ni siquiera con el dedo. Todo lo hacen para que los vean.”
Decir, enseñar, transmitir… algo que no se vive. Es uno de
los grandes peligros y engaños en los que podemos caer los “creyentes.” Nuestro
Salvador relaciona esta actitud con otro gran defecto: “Todo lo hacen para que los vean”: la vanagloria, el orgullo, la
soberbia. Incluso, en el servicio de Dios, debemos preguntarnos si, realmente,
buscamos su mayor gloria o también buscamos la nuestra.
En este sentido, conviene recordar y meditar siempre las
palabras del Apóstol Santiago: “Muéstrame, si puedes, tu fe sin las obras.
Yo, en cambio, por medio de las obras, te demostraré mi fe” (Sant
2,18).
- Coherencia:
Como ejes de la vida cristiana, el Catecismo nos presenta
cuatro: el credo, los sacramentos, los mandamientos y la oración. A la hora de
pretender vivir como verdaderos cristianos, testigos auténticos del amor de
Dios en medio del mundo contemporáneo, debemos examinarnos si somos coherentes
con estos cuatro pilares:
¿Creemos y vivimos según los artículos del credo?
¿Dejamos que nuestra vida se vaya configurando por la Gracia
Divina recibida en los Sacramentos?
¿Nos esforzamos en vivir de acurdo a los mandamientos, que
nunca pasan de moda?
¿Somos fieles al trato con Dios en la oración?
- El ejemplo de San Francisco:
En una ocasión, en que el Santo Fundador de los Frailes
Menores, estaba preocupado porque algunos de sus hermanos no aspiraban a la
santidad como él quería, Dios le habló diciendo: “A ti, hombre sencillo, te he
escogido para esto: para que lo que yo vaya a hacer en ti con el fin de que los
demás lo imiten, lo sigan quienes quieran seguirlo. Yo soy el que ha llamado, y Yo el que
defenderá y apacentará; y para reparar la caída de algunos suscitaré otros; y,
si no hubieren nacido todavía, Yo los haré nacer. No te inquietes, pues, antes bien trabaja por tu salvación.”
Con estas palabras nos
enseña también a nosotros que, el gran
esfuerzo y desvelo deberá ser siempre, en primer lugar, nuestra santidad. De este modo, con
nuestro testimonio de fidelidad a Cristo, estaremos haciendo mucho por la
salvación de los demás.
Conclusión:
Le pedimos a nuestra Madre la valentía y generosidad para
ser auténticamente fieles al Señor,
como lo hicieron los Santos de todos los tiempos.