El doble mandamiento
Introducción:
«Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la Ley?».
Jesús le respondió:
«Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu
corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu. Este es el más grande y
el primer mandamiento. El segundo es semejante al primero: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos
dependen toda la Ley y los Profetas» (Mt 22,36-40).
- El amor a Dios:
En primer lugar Dios. Amar a Dios.
Hacemos nuestras las palabras del salmista, las hacemos
nuestra oración: “Yo te amo, Señor; tú
eres mi fortaleza.” Nuestro amor a Dios es una respuesta, es exigido por un corazón agradecido, es una deuda…
puesto que “Dios nos amó primero” (1Jn 4,19). Nuestro amor a Dios nos impulsa a
buscar su gloria, a hacer su voluntad, a
servirlo: “Viva el Señor […]. Sea ensalzado mi Dios y Salvador” (Salmo 17).
Nuestro amor a Dios debe inspirarnos abandonar
lo que contradice dicho amor.
Es necesario que nos preguntemos a nosotros mismos: ¿Cuánto
amamos a Dios? ¿Hasta dónde? ¿Qué sacrificios somos capaces de soportar por Él?
Sabiendo que “Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que
todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna” (Jn 3,16).
- El amor al prójimo:
Dicho amor a Dios se traduce en obras de amor al prójimo. De
este modo, se cumplen los demás preceptos de la Ley, aparecen las obras de
misericordia, se practican las virtudes en bien de todos.
El Catecismo de la Iglesia lo sintetiza con este principio: “que
cada uno, sin ninguna excepción, debe considerar
al prójimo como 'otro yo', cuidando, en primer lugar, de su vida y de los
medios necesarios para vivirla dignamente" (GS 27,1)” (CATIC 1931).
Cuidar con amor de la vida de los demás nos llevará no sólo
a procurarles los bienes materiales, sino también y principalmente, a ocuparnos
de la salud espiritual de sus almas.
- Incluso en la vida social:
Finalmente, San Pablo afirma que la fe de los tesalonicenses
no quedó encerrada en el Templo sino que llegó a todas partes (Cf. 1Tes 1,8).
De modo semejante, nuestra espiritualidad, nuestra fe, nuestro amor a Dios y al
prójimo deben influir en nuestra vida social: “La sociedad asegura la justicia
social cuando respeta la dignidad y los derechos de la persona, finalidad propia
de la misma sociedad. Ésta, además, procura alcanzar la justicia social,
vinculada al bien común y al ejercicio de la autoridad, cuando garantiza las
condiciones que permiten a las asociaciones y a los individuos conseguir
aquello que les corresponde por derecho” (CATIC Compendio 411).
El cristiano, en la medida en que puede, debe colaborar “en la
justa distribución de bienes, en la equitativa remuneración del trabajo y en el
esfuerzo en favor de un orden social más justo […]. También en la comunicación
de los bienes espirituales de la fe, aún más importantes que los materiales”
(CATIC Compendio 414).
Conclusión:
Le pedimos a Nuestra Madre la gracia de la fidelidad al
doble mandamiento de la caridad en todos los ámbitos de nuestra vida.