Homilía del Domingo XXVII del Tiempo Ordinario Ciclo A



Viña, viñador y colaboradores


Introducción:
La Palabra de Dios, con un lenguaje propio del campo, nos enseña verdades sobrenaturales. En este caso, con el ejemplo de la vid, nos revela la relación vital que hay entre la obra de Dios en nosotros y nuestra respuesta a ella.

  1. El misterio de la viña:
Dios, hace su obra en la historia de la humanidad. Siembra sus dones, los protege, da el agua como signo de vida… En el mundo nos ha dejado su Palabra, sus Sacramentos, su presencia… En nuestras vidas ha sembrado la fe, la esperanza, la caridad y las demás virtudes. Nos ilumina con su sabiduría, nos acompaña siempre, nos auxilia… Pero, a su vez, Dios espera buenos frutos de nuestra parte (Cf. Is 5,2).

  1. La misión de la Iglesia, nueva Viña del Señor:
En el diálogo de Jesús y los fariseos, ellos mismos ven claro que Dios dará su Viña, su Reino de salvación a otro pueblo. Este pueblo es la Iglesia fundada por Jesús: “La Iglesia tiene su origen y realización en el designio eterno de Dios. Fue preparada en la Antigua Alianza con la elección de Israel, signo de la reunión futura de todas las naciones. Fundada por las palabras y las acciones de Jesucristo, fue realizada, sobre todo, mediante su muerte redentora y su Resurrección. Más tarde, se manifestó como misterio de salvación mediante la efusión del Espíritu Santo en Pentecostés. Al final de los tiempos, alcanzará su consumación como asamblea celestial de todos los redimidos” (CATIC Compendio 149).
Esta Iglesia, tiene, por lo tanto una importante misión, “la de anunciar e instaurar entre todos los pueblos el Reino de Dios inaugurado por Jesucristo. La Iglesia es el germen e inicio sobre la tierra de este Reino de salvación” (CATIC Compendio 150).
Acogiendo a Cristo siempre de nuevo y transformándose en relación a Él, la Iglesia cumple la misión de dar frutos buenos en medio del mundo, frutos de conversión, santidad, Vida Eterna.

  1. Nuestra parte en su misión:
En medio de la Iglesia y como parte de ella, estamos cada uno de nosotros. Por eso, la llamada a dar frutos buenos de las lecturas de este domingo, es personal, para cada uno: “arrendará la viña a otros, que le entregarán el fruto a su debido tiempo” (Mt 21,41). ¿Estamos dispuestos a dar ese fruto?
San Pablo, en su epístola a lo Filipenses nos enseña un programa sencillo para conseguir una vida realmente fructuosa:
No se angustien por nada, y en cualquier circunstancia, recurran a la oración y a la súplica, acompañadas de acción de gracias, para presentar sus peticiones a Dios… En fin, mis hermanos, todo lo que es verdadero y noble, todo lo que es justo y puro, todo lo que es amable y digno de honra, todo lo que haya de virtuoso y merecedor de alabanza, debe ser el objeto de sus pensamientos. Pongan en práctica lo que han aprendido y recibido” (Fil 4,6.8-9).
Siempre, en primer lugar está la vida interior: oración, entendida como diálogo íntimo con Dios, escuchar y responder, compartir y recibir, reír y llorar con Dios… A lo que se le suma la súplica, por los demás y por uno mismo y el agradecimiento por la bondad divina.
A eso, se le agregan las obras buenas y justas, lo verdadero y noble, en fin, todas las virtudes que brillan en el Corazón sagrado del Señor y que, en la oración aprendemos a imitar.

Conclusión:
Le pedimos a la Virgen que, reconociendo el gran amor de Dios, podamos nosotros responderle como conviene.