Viña, viñador y colaboradores
Introducción:
La Palabra de Dios, con un lenguaje propio del campo, nos enseña
verdades sobrenaturales. En este caso, con el ejemplo de la vid, nos revela la
relación vital que hay entre la obra de Dios en nosotros y nuestra respuesta a
ella.
- El misterio de la viña:
Dios, hace su obra en la historia de la humanidad. Siembra
sus dones, los protege, da el agua como signo de vida… En el mundo nos ha
dejado su Palabra, sus Sacramentos, su
presencia… En nuestras vidas ha sembrado la fe, la esperanza, la caridad y las demás virtudes. Nos ilumina con
su sabiduría, nos acompaña siempre, nos auxilia… Pero, a su vez, Dios espera
buenos frutos de nuestra parte (Cf. Is 5,2).
- La misión de la Iglesia, nueva Viña del Señor:
En el diálogo de Jesús y los fariseos, ellos mismos ven
claro que Dios dará su Viña, su Reino de salvación a otro pueblo. Este pueblo
es la Iglesia fundada por Jesús: “La Iglesia tiene su origen y realización en
el designio eterno de Dios. Fue preparada en la Antigua Alianza con la elección
de Israel, signo de la reunión futura de todas las naciones. Fundada por las
palabras y las acciones de Jesucristo, fue realizada, sobre todo, mediante su
muerte redentora y su Resurrección. Más tarde, se manifestó como misterio de
salvación mediante la efusión del Espíritu Santo en Pentecostés. Al final de
los tiempos, alcanzará su consumación como asamblea celestial de todos los
redimidos” (CATIC Compendio 149).
Esta Iglesia, tiene, por lo tanto una importante misión, “la
de anunciar e instaurar entre todos los pueblos el Reino de Dios inaugurado por
Jesucristo. La Iglesia es el germen e inicio sobre la tierra de este Reino de
salvación” (CATIC Compendio 150).
Acogiendo a Cristo siempre de nuevo y transformándose en
relación a Él, la Iglesia cumple la misión de dar frutos buenos en medio del
mundo, frutos de conversión, santidad, Vida Eterna.
- Nuestra parte en su misión:
En medio de la Iglesia y como parte de ella, estamos cada
uno de nosotros. Por eso, la llamada a dar frutos buenos de las lecturas de
este domingo, es personal, para cada uno: “arrendará la viña a otros, que le
entregarán el fruto a su debido tiempo” (Mt 21,41). ¿Estamos dispuestos
a dar ese fruto?
San Pablo, en su epístola a lo Filipenses nos enseña un
programa sencillo para conseguir una vida realmente fructuosa:
“No se angustien
por nada, y en cualquier circunstancia, recurran a la oración y a la súplica,
acompañadas de acción de gracias,
para presentar sus peticiones a Dios… En fin, mis hermanos, todo lo que es verdadero y noble, todo lo
que es justo y puro, todo lo que es amable y digno de honra, todo lo que haya
de virtuoso y merecedor de alabanza, debe ser el objeto de sus pensamientos.
Pongan en práctica lo que han aprendido
y recibido” (Fil 4,6.8-9).
Siempre, en primer lugar está la vida interior: oración, entendida como diálogo íntimo con Dios,
escuchar y responder, compartir y recibir, reír y llorar con Dios… A lo que se
le suma la súplica, por los demás y por uno mismo y el agradecimiento por la
bondad divina.
A eso, se le agregan las obras buenas y justas, lo verdadero
y noble, en fin, todas las virtudes
que brillan en el Corazón sagrado del Señor y que, en la oración aprendemos a
imitar.
Conclusión:
Le pedimos a la Virgen que, reconociendo el gran amor de
Dios, podamos nosotros responderle como conviene.