Santo Rosario



Una peregrinación al Corazón de Cristo
desde el Corazón de su Madre

Importancia
El 23 de septiembre de 1968, cercano a las 2:30 de la madrugada[1], moría uno de los Santos más conocidos del siglo XX, el Padre Pío. De sus manos cayó un rosario… No fue casualidad. Fue ese uno de sus grandes secretos. Uno de sus grandes amores.
El padre Pío se nutre de la oración para conseguir la fuerza sobrenatural que le ayuda a combatir el mal. A pesar de los dolores que le causan sus cinco llagas, reza mucho, dedicando todos los días cuatro horas a la meditación. Reza con gemidos del corazón, con oraciones jaculatorias (pequeñas oraciones lanzadas como flechas hacia el Cielo), pero sobre todo con el Rosario. A menudo se le oye decir: «¡Acudid a la Virgen, haced que sea amada! Rezad siempre el Rosario, pero rezadlo bien. ¡Rezadlo lo más que podáis!... Tenéis que ser almas en oración. No os canséis nunca de rezar. Es lo más importante. La oración conturba el corazón de Dios, obteniendo gracias necesarias».[2]
De hecho, fue él un gran promotor de los grupos de oración, los cuales, se dedican a rezar el Santo Rosario. En una ocasión, un día de 1940, “mientras estaba en conversación con algunos de sus fieles, sacó del bolsillo un manojo de rosarios y entregó uno a cada uno de los presentes. Recen, hagan oración conmigo al Señor, porque el mundo todo necesita oraciones.”[3]
De a poco, fueron surgiendo los grupos de oración que, hacia el año de su muerte, eran más de mil en todo el mundo. Pero… ¿por qué tanta insistencia con esa forma de oración? ¿No existen otras? ¿Qué tiene de especial el santo rosario?

¿Qué es?
Una oración importante:
Como nos lo enseñara San Juan Pablo II, el rosario de la Virgen María, es una oración que puede producir frutos de santidad puesto que nos une íntimamente con Nuestro Señor y con la Santísima Virgen María. Concentra en sí la profundidad de todo el mensaje evangélico, del cual es como un compendio[4].
Podríamos decir perfectamente que es volver a encontrar al Señor Jesús con María, su Madre, como hace más de dos mil años lo hicieron los magos orientales[5].
Cada día gracias al rezo de esta preciosa oración, podemos peregrinar hacia el Corazón Santísimo de Jesús, desde el Corazón de su Madre y encontrarnos con ambos. Tal como les sucedió a los Magos, nosotros también gracias a este encuentro personal, podemos volver a nuestra vida cotidiana por otro camino, con un corazón distinto.


Alma y cuerpo:
El santo rosario consta de una parte más corporal o externa, llamada oración vocal y otra más interior, referida a la meditación y contemplación: “el santo rosario constituye un conjunto sagrado de oración mental y vocal para honrar e imitar los misterios y virtudes de la vida, muerte, pasión y gloria de Jesucristo y de María.”[6]
Por un lado tenemos la recitación del padrenuestro, las diez avemarías y el gloria que constituyen su parte vocal. Cada vez que las rezamos, experimentamos que, gracias a esas palabras, aprendemos a dialogar con Dios, a manifestarle los deseos profundos de nuestro corazón, aprendemos también a que Dios quiere ser servido no sólo internamente sino también con actos externos. Debemos continuamente esforzarnos en asociar nuestro corazón a las palabras que repetimos una y otra vez.
Por otro lado, debemos tener presente su aspecto de meditación y contemplación. Rezar el rosario es mirar la vida de Cristo con los ojos de su Madre. Este elemento es como el alma de la oración, lo que le da vida y fecundidad.
El Santo Padre Juan Pablo II lo proclamaba: “el motivo más importante para volver a proponer con determinación la práctica del Rosario es por ser un medio sumamente válido para favorecer en los fieles la exigencia de contemplación del misterio cristiano.[7] Y continúa: “es necesario un cristianismo que se distinga ante todo en el arte de la oración.”
“La meditación es una reflexión orante, que parte sobre todo de la Palabra de Dios en la Biblia; hace intervenir a la inteligencia, la imaginación, la emoción, el deseo, para profundizar nuestra fe, convertir el corazón y fortalecer la voluntad de seguir a Cristo.”[8]
La contemplación, más profunda y sencilla, consiste en “una mirada de fe, fijada en Jesús, una escucha de la Palabra de Dios, un silencioso amor.[9]
Para facilitar este aspecto contemplativo del rosario, San Juan Pablo II[10] propone que, en cada uno de los misterios, recordemos y comprendamos a Jesús, tratemos de ir configurando nuestra vida con la suya, le supliquemos incansablemente poder imitarlo y, finalmente, tengamos la gracia de anunciarlo a los demás.
De este modo, nuestro rosario diario se convierte en un momento importante de encuentro con Dios que transforma nuestra vida. De hecho, algunos al finalizar el rezo, recitan esta preciosa oración:
“Oh Dios, cuyo Hijo unigénito nos obtuvo la salvación eterna por medio de su vida, muerte y resurrección, concédenos a quienes meditamos estos misterios en el rosario de la Bienaventurada Virgen María, imitar lo que enseñan y alcanzar lo que prometen.”

Compendio del Evangelio:
San Luis María dice que el rosario es “un compendio maravilloso de los misterios de la vida, pasión, muerte y resurrección de Jesús y María.”[11] En él encontramos resumida la vida de Nuestro Señor y de su Madre. Cada misterio nos permite recordar algún pasaje importante del Santo Evangelio. Los llamamos misterios ya que “las obras de Jesucristo son todas sagradas y divinas, porque Él es Dios y hombre al mismo tiempo. Las de la Virgen María son santísimas, por ser Ella la más perfecta de las creaturas.”[12]
Cada uno de ellos está colmado “de maravillas, perfecciones e instrucciones profundas y sublimes, que el Espíritu Santo revela a los humildes y sencillos que los honran.”[13]
Al meditarlos frecuentemente, aprendemos a orientar nuestras vidas según las acciones y virtudes de Nuestro Divino Salvador. San Luis María los llama antorchas, espejos luminosos, hogueras encendidas.[14]
“Es un error, continúa el Santo, imaginar que la meditación de las verdades de la fe y de los misterios de la vida de Jesucristo es sólo para los sacerdotes, religiosos y cuantos se han alejado de los estorbos del mundo. Si los religiosos y eclesiásticos están obligados a meditar las grandes verdades de nuestra sacrosanta religión a fin de responder dignamente a su vocación, los laicos lo están igualmente, por lo menos a causa de los peligros en medio de los cuales se encuentran diariamente. Deben armarse, por tanto, con el recuerdo frecuente de la vida, virtudes y sufrimientos del Salvador.[15]

Corona de rosas:
Finalmente, meditemos en su nombre: Rosario significa “corona de rosas.”[16] “La Santísima Virgen aprobó y confirmó el nombre de rosario, revelando a varias personas que le ofrecían tantas rosas agradables cuantas avemarías recitaban y tantas coronas de rosas como rosarios.”[17]
Bien sabemos que regalarle una rosa a una mujer es un obsequio importante, es una forma de alagarla. De hecho, damos gloria a Dios y a Ella, al meditar “con amor y devoción los sacrosantos misterios del rosario, que constituyen los más visibles efectos de su amor hacia nosotros y los más ricos presentes que pudo hacernos.”[18]

¿Cómo se reza?
En lo concreto:
Nos ponemos en la presencia de Dios con la señal de la cruz (Por la señal de la Santa Cruz…) y le pedimos perdón a Dios.
Pensamos en las intenciones por las cuales rezamos este Rosario.
Luego nombramos cada misterio, rezando un Padrenuestro, diez Avemarías y un Gloria, mientras meditamos en alguno de los pasajes de la vida de Jesús. No es obligatorio, pero de vez en cuando nos puede ayudar buscar en la Sagrada Escritura el texto propuesto.
Misterios gozosos (lunes y sábado):
Primer misterio: La Encarnación del Hijo de Dios, Lc. 1,26-38.
Segundo misterio: La Visita de María a Isabel, Lc. 1,39-45.
Tercer misterio: El nacimiento de Jesús, Lc. 2,1-7.
Cuarto misterio: La Presentación del niño Jesús, Lc. 2,22-34.
Quinto misterio: Perdido y hallado en el templo, Lc. 2,41ss.

Misterios luminosos (jueves):
Primer Misterio: Su Bautismo en el Jordán, Mc. 1,9-10.
Segundo Misterio: La autorrevelación en las bodas de Caná, Jn. 2,1-11.
Tercer Misterio: El anuncio del Reino de Dios invitando a la conversión, Mc. 1,15.
Cuarto Misterio: La Transfiguración, Mc. 9,2-8.
Quinto Misterio: La Institución de la Eucaristía, Lc. 22, 19.
Misterios dolorosos (martes y viernes):
Primer misterio: La oración de Jesús en el Huerto, Mc. 14,32-38.
Segundo misterio: La Flagelación de Jesús, Mc. 15,15.
Tercer misterio: La Coronación de espinas, Mc. 15,16-19.
Cuarto misterio: Jesús con la Cruz a cuestas, Mc. 15,21-22.
Quinto misterio: Crucifixión y muerte de Jesús, Jn. 19,18-30.

Misterios gloriosos (miércoles y domingos):
Primer misterio: La resurrección de Jesucristo, Mt. 28,1-6.
Segundo misterio: La Ascensión de Jesús, Mc. 16,19-20.
Tercer misterio: La Venida del Espíritu Santo, Hch. 2,1-4.
Cuarto misterio: La Asunción de María, Apoc 12,1-6.
Quinto misterio: La Coronación de María, Lc 1,46-49.

Terminamos rezando por el Papa y sus intenciones un Padrenuestro, tres Avemarías y un Gloria.

Actitudes:
También es importante tener en cuenta algunos consejos más interiores.
  • Fervor: es importante rezarlo con fe, esperanza y caridad: “El fervor de nuestra plegaria y no precisamente la longitud de ella es lo que agrada a Dios y le gana el corazón.”[19]
  • Crecimiento: quizás sea bueno comenzar con poco (un misterio) pero todos los días, e ir creciendo hasta rezarlo completo diariamente.
  • Coherencia: aunque no seamos santos, es importante tratar siempre de luchar contra el pecado que nos aleja de Dios, para poder vivir como Dios quiere. Para que no se pueda decir de nosotros: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí.”[20]
  • Atención: “Es preciso también hacerlo con gran atención. Porque Dios oye más la oración del corazón que la de los labios.”[21] En este sentido es importante luchar contra las distracciones, en la medida en que podemos, sin desanimarnos nunca.
  • Intención: “Ten, pues, siempre ante la vista una gracia a pedir, una virtud que imitar o un pecado a evitar.”[22]
  • Pausa: la prisa mata la piedad.
  • Perseverancia: “Decídete, sin pérdida de tiempo, a rezar con frecuencia el santo rosario con fe, humildad y perseverancia.”[23] “No omitas nunca la menor parte del rosario en las sequedades, desalientos y decaimientos interiores.”[24]
  • Confianza: “Ora con total confianza. Con una confianza fundad en la bondad y generosidad infinitas de Dios y en las promesas de Jesucristo. Dios es fuente de agua viva que corre incesantemente en el corazón de los que oran.”[25]

Sus efectos
Si el rosario es importante en sí mismo, por lo que ya hemos meditado, no menos importantes son los efectos que produce en quien lo reza. El mismo San Luis María no se olvida de ello:
“Para animarte aún más a abrazar esta devoción de las grandes almas, añado que el rosario, recitado con la meditación de los misterios: 1.º, nos eleva insensiblemente al perfecto conocimiento de Jesucristo; 2.º, nos purifica del pecado; 3.º, nos da la victoria sobre todos nuestros enemigos; 4.º, nos facilita la práctica de las virtudes; 5.º, nos inflama en el amor a Jesucristo; 6.º, nos enriquece con gracias y méritos; 7.º, nos proporciona los medios para cancelar a Dios y a los hombres todas nuestras deudas y, finalmente, nos obtiene toda clase de gracias.”[26]
Por esto, “podemos recitarlo por nosotros mismos, por quienes se han encomendado a nosotros y por toda la Iglesia. Recurramos, pues, a la devoción del santo rosario en todas nuestras necesidades y obtendremos infaliblemente cuanto pidamos a Dios para nuestra salvación.”[27]
Así, San Luis María exclamaba: “El Cielo nos lo ha dado para convertir a los pecadores más endurecidos y a los herejes más obstinados”[28] convirtiéndose de este modo en un importante instrumento pastoral.
El mismo Santo lo atestigua gracias a su experiencia de misionero: “He encontrado personas a quienes no conmovía la predicación de las verdades más tremendas realizada durante la misión. Por consejo mío adquirieron la costumbre de rezar diariamente el santo rosario, y así se convirtieron y consagraron totalmente a Dios.
He podido, además, constatar una enorme diferencia de costumbres entre las poblaciones donde di misiones: unas, por haber abandonado la práctica del rosario, volvieron a caer en las malas costumbres; otras, por haber perseverado en rezarlo, se mantuvieron en gracia de Dios y progresaron día a día en la virtud.”[29]




Exhortación final
Hacemos nuestro el deseo de San Juan Pablo II: “Una oración tan fácil, y al mismo tiempo tan rica, merece de veras ser recuperada por la comunidad cristiana.”[30]
“Hoy, dice San Luis María, se quieren cosas que impresionen, conmuevan y produzcan en el alma impresiones profundas. Ahora bien, ¿habrá en el mundo algo más conmovedor que la historia maravillosa del Redentor?”[31]
Por tanto, todos podemos rezarlo, desde niños pequeños, como los Santos Jacinta y Francisco de Fátima hasta ancianos como el Padre Pío. Sabios como Santo Domingo de Guzmán junto a la gente sencilla. Para todos es una fuente de santidad y virtudes.
La meditación de los misterios y oraciones del rosario es la más fácil de todas las oraciones. Porque la diversidad de las virtudes y estados de Jesucristo –sobre los cuales se reflexiona– recrea y fortifica maravillosamente el espíritu e impide las distracciones. Los sabios encuentran en estas fórmulas la doctrina más profunda, y los ignorantes, las instrucciones más sencillas.”[32]
“Así, pues, que sabios e ignorantes, justos y pecadores, grandes y pequeños, alaben y saluden noche y día a Jesús y María con el santo rosario.”[33] “Os salvaréis, siempre que –lo repito, y notad bien las palabras y términos de mi consejo– recéis devotamente, todos los días hasta la muerte, el santo rosario con el fin de conocer la verdad y alcanzar la contrición y el perdón de vuestros pecados.”[34]


[1] Cf. Padiscia A. (2010), Padre Pío, San Pablo, Quilmes, página 140.
[3] Padiscia A. (2010), Padre Pío, San Pablo, Quilmes, página 93.
[4] Cf. Juan Pablo II, Rosarium VIrginis Mariae, n° 1.
[5] Cf. Mt 2,11.
[6] Grignon de Montfort, Luis María, Santo (2000), El Secreto Admirable del Santísimo Rosario, Lumen, Bs As, página 18.
[7] Juan Pablo II, Rosarium Virginis Mariae n° 5.
[8] CATIC Compendio 570.
[9] CATIC 2724.
[10] Cf. Rosarium Virginis Mariae n° 12-17.
[11] Grignon de Montfort, Luis María, Santo (2000), El Secreto Admirable del Santísimo Rosario, Lumen, Bs As, página 9.
[12] Grignon de Montfort, Luis María, Santo (2000), El Secreto Admirable del Santísimo Rosario, Lumen, Bs As, página 83.
[13] Grignon de Montfort, Luis María, Santo (2000), El Secreto Admirable del Santísimo Rosario, Lumen, Bs As, página 83.
[14] Cf. Grignon de Montfort, Luis María, Santo (2000), El Secreto Admirable del Santísimo Rosario, Lumen, Bs As, página 84.
[15] Grignon de Montfort, Luis María, Santo (2000), El Secreto Admirable del Santísimo Rosario, Lumen, Bs As, página 96.
[16] Grignon de Montfort, Luis María, Santo (2000), El Secreto Admirable del Santísimo Rosario, Lumen, Bs As, página 35.
[17] Grignon de Montfort, Luis María, Santo (2000), El Secreto Admirable del Santísimo Rosario, Lumen, Bs As, página 35.
[18] Grignon de Montfort, Luis María, Santo (2000), El Secreto Admirable del Santísimo Rosario, Lumen, Bs As, página 90.
[19] Grignon de Montfort, Luis María, Santo (2000), El Secreto Admirable del Santísimo Rosario, Lumen, Bs As, página 144.
[20] Mc 7,6.
[21] Grignon de Montfort, Luis María, Santo (2000), El Secreto Admirable del Santísimo Rosario, Lumen, Bs As, página 147-148.
[22] Grignon de Montfort, Luis María, Santo (2000), El Secreto Admirable del Santísimo Rosario, Lumen, Bs As, página 154.
[23] Grignon de Montfort, Luis María, Santo (2000), El Secreto Admirable del Santísimo Rosario, Lumen, Bs As, página 167.
[24] Grignon de Montfort, Luis María, Santo (2000), El Secreto Admirable del Santísimo Rosario, Lumen, Bs As, página 174.
[25] Grignon de Montfort, Luis María, Santo (2000), El Secreto Admirable del Santísimo Rosario, Lumen, Bs As, página 175.
[26] Grignon de Montfort, Luis María, Santo (2000), El Secreto Admirable del Santísimo Rosario, Lumen, Bs As, página 104-105.
[27] Abad Blosio, citado en: Grignon de Montfort, Luis María, Santo (2000), El Secreto Admirable del Santísimo Rosario, Lumen, Bs As, página 113.
[28] Grignon de Montfort, Luis María, Santo (2000), El Secreto Admirable del Santísimo Rosario, Lumen, Bs As, página 8.
[29] Grignon de Montfort, Luis María, Santo (2000), El Secreto Admirable del Santísimo Rosario, Lumen, Bs As, página 141.
[30] Juan Pablo II, Rosarium Virginis Mariae n° 43.
[31] Grignon de Montfort, Luis María, Santo (2000), El Secreto Admirable del Santísimo Rosario, Lumen, Bs As, página 97.
[32] Grignon de Montfort, Luis María, Santo (2000), El Secreto Admirable del Santísimo Rosario, Lumen, Bs As, página 97-98.
[33] Grignon de Montfort, Luis María, Santo (2000), El Secreto Admirable del Santísimo Rosario, Lumen, Bs As, página 16-17.
[34] Grignon de Montfort, Luis María, Santo (2000), El Secreto Admirable del Santísimo Rosario, Lumen, Bs As, página 12.