Homilía Domingo V de Pascua Ciclo B



La Fuente de la Vida

Hch 9, 26-31; Sal 21, 26b-28.30-32; 1 Jn 3, 18-24; Jn 15, 1-8

Introducción:
Muchas cosas nos sorprenden cuando podemos contemplar un paisaje campesino. Pero sin duda, no deja de llamarnos la atención todo lo que tiene que ver con la vida: cómo crecen las plantas, los cereales, los animales… Porque la vida es algo misterioso, más aún cuando se refiere a la vida humana, puesto que nos habla de Dios, Fuente de vida.

  1. Fuente de la Vida:
Dios, nuestro Señor es la fuente de toda vida. Pero, muy especialmente, de una que quiere compartir con nosotros: su misma Vida Divina, que llamamos Gracia. Por esto, Jesús se compara con una vid (Cf. Jn 15,1-8), llena de vitalidad y de fruto, a la cual estamos invitados a asociarnos, como los sarmientos o ramas están unidos a ella.
Él quiere ser la fuente de nuestra vida, quiere transformar nuestra existencia, llenarla de vitalidad, de colorido, de fruto y belleza. Por esto, nos invita a estar con Él, porque sólo en su amistad, sólo cuando estamos unidos a Él, mediante el amor, podemos tener y entregar una vida que viene de lo Alto.
De este modo, cobra sentido aquello que nos parece una poda, lo que nos quita lo que sobra, las ramas secas y sin fruto, para que el sarmiento de mucho más.

  1. Canales de Vida:
La pregunta es cómo nos llega a nosotros la sabia, esa Vida Divina que Cristo quiere compartir con nosotros. Un tema importante en esta respuesta es el de los sacramentos: “Los siete sacramentos corresponden a todas las etapas y momentos importantes de la vida del cristiano: dan nacimiento y crecimiento (bautismo, confirmación y Eucaristía), curación (reconciliación y unción de los enfermos) y misión a la vida de fe de los cristianos (orden y matrimonio)” (Cf. CATIC 1210).
Dios viene a nuestro encuentro en cada uno de ellos, para colmarnos con su gracia, en cada una de las etapas o momentos de nuestra vida. Sin embargo, depende de nuestra respuesta, obtener el fruto esperado.

  1. Vivir la Vida:
El Apóstol San Pablo, fuerte, intrépido, entregado a sus ideales, pero alejado del Señor, al encontrarse con Cristo, comenzó a vivir de modo distinto: él al convertirse por la fe y la caridad, recibió la vida que el Señor quiso darle y pudo transmitirla, a los demás, con palabras y obras (Cf. Hch 9,27).
La vida que Dios nos da se cultiva cumpliendo la divina voluntad, porque lo que Dios quiere para nosotros es camino de Vida eterna. Pero ¿qué es lo que Dios quiere? San Juan, en una breve frase nos lo dice claramente: “Su mandamiento es éste: que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo y nos amemos los unos a los otros como Él nos ordenó” (1 Jn 3,23).
La fe y la caridad son termómetros de la vida de Dios en nosotros: ¿creemos realmente en Dios? ¿Esta fe influye en nuestra vida de todos los días? ¿Nos esforzamos por agradar a Dios y querer lo que Él quiere? ¿Queremos hacer el bien a los que nos rodean como Cristo nos enseña? Son algunas preguntas que, hechas delante de Dios, pueden ayudarnos a ser mejores seguidores de nuestro amado Salvador.

Conclusión:
Por esto, llenos de confianza en el amoroso poder de Dios, nos encomendamos a nuestra Madre, la Virgen, pidiéndole que podamos unirnos más a Jesús, fuente de vida plena y fuente de felicidad para que, así como sucede en la primavera, nuestra vida cotidiana, cobre un color distinto.

Homilía Domingo IV de Pascua Ciclo B



Buen Pastor

Hch 4,8-12; Sal 117, 1 y 8-9. 21-23. 26 y 28-29; 1Jn 3,1-2; Jn 10, 11–18
Introducción:
Tal como ocurría, cuando Cristo estaba entre los hombres, también hoy Dios sigue llamando a algunos para que, siguiéndolo de cerca, sean testigos, ante los demás, de algo muy importante: que “Dios es Amor” (1 Jn 4,8).

  1.  Dios es amor:
Nuestro Dios es “la fuente de todo don perfecto” (Benedicto XVI, Mensaje de oración por las vocaciones 2012), puesto que todo lo que hizo lo hizo por amor, desde la creación hasta nuestra santificación. Por esto, canta el salmista: “es eterno su amor” (Sal 117/118,1).
En el amor, también nosotros encontramos nuestro camino a la felicidad: “En el Hijo Jesús –afirma el Apóstol– «nos eligió antes de la fundación del mundo para que fuésemos santos e irreprochables ante Él por el amor» (Ef 1,4)” (Benedicto XVI, Mensaje de oración por las vocaciones 2012).
Cada uno de nosotros “es fruto de un pensamiento y de un acto de amor de Dios, amor inmenso, fiel, eterno (cf. Jr 31,3). El descubrimiento de esta realidad es lo que cambia verdaderamente nuestra vida en lo más hondo” (Benedicto XVI, Mensaje de oración por las vocaciones 2012). “¡Miren, dice San Juan, cómo nos amó el Padre! Quiso que nos llamáramos hijos de Dios, y nosotros lo somos realmente” (1Jn 3,1).

  1. Dios llama por amor:
Más aún, la misma vocación, a la que cada uno puede estar llamado, es un gesto del divino amor: “Toda vocación específica nace de la iniciativa de Dios; es don de la caridad de Dios. Él es quien da el “primer paso” y no como consecuencia de una bondad particular que encuentra en nosotros, sino en virtud de la presencia de su mismo amor «derramado en nuestros corazones por el Espíritu» (Rm 5,5)” (Benedicto XVI, Mensaje de oración por las vocaciones 2012).
Así, en el amor, en el amor que viene de Dios y cuya imagen la encontramos en Cristo, entregado por nosotros, está la realización de toda vocación cristiana: “En este terreno oblativo, en la apertura al amor de Dios y como fruto de este amor, nacen y crecen todas las vocaciones” (Benedicto XVI, Mensaje de oración por las vocaciones 2012). De hecho, sin la caridad no se entiende la vida sacerdotal o religiosa.

  1.  Vocación al amor:
El llamado al sacerdocio, es un llamado a amar como el Buen Pastor que, amando a Dios, es capaz de dar “su vida por las ovejas” (Jn 10,11). Así, los dos mandamientos principales, que son decisivos en toda vida cristiana, adquieren un carácter especial en la vida sacerdotal.
 “Estas dos expresiones del único amor divino han de ser vividas con especial intensidad y pureza de corazón por quienes se han decidido a emprender un camino de discernimiento vocacional en el ministerio sacerdotal y la vida consagrada; constituyen su elemento determinante” (Benedicto XVI, Mensaje de oración por las vocaciones 2012).
·                    Amar a Dios sobre todas las cosas: “La fuerza de la respuesta de San Pedro al divino Maestro: «Tú sabes que te quiero» (Jn 21,15), es el secreto de una existencia entregada y vivida en plenitud y, por esto, llena de profunda alegría”.
·                    Amar al prójimo como Cristo: “La otra expresión concreta del amor, el amor al prójimo, sobre todo hacia los más necesitados y los que sufren, es el impulso decisivo que hace del sacerdote y de la persona consagrada alguien que suscita comunión entre la gente y un sembrador de esperanza” (Benedicto XVI, Mensaje de oración por las vocaciones 2012).
En la dinámica del amor recibido de Dios y transmitido se encuentra el camino de formación para las vocaciones: “Palabra, oración y Eucaristía son el tesoro precioso para comprender la belleza de una vida totalmente gastada por el Reino” (Benedicto XVI, Mensaje de oración por las vocaciones 2012).

Conclusión:
Le pedimos a nuestra Madre la gracia de la fe: fe en que Dios nos ama infinitamente, para que podamos devolverle nuestro amor, transformado por el suyo. Y también le pedimos, que este crecimiento suscite en los jóvenes, la valentía de decirle sí, al Señor.

Homilía del Domingo III de Pascua Ciclo B



Vida según el Resucitado

Hechos 3,13-15.17-19; Sal 4, 2. 7. 9; 1 Juan 2, 1-5; Lucas 24, 35-48
Introducción:
Después de haber celebrado el gran misterio de la Pascua, las lecturas de la Liturgia nos hacen reflexionar sobre una verdad muy importante para nuestra vida: nosotros recibimos y a su vez tenemos la misión de transmitir a los demás, el poder de la Resurrección de Cristo.
Podemos considerar esta misión, en la triple tarea esencial para la Iglesia: liturgia y sacramentos, vida de servicio caritativo, anuncio y testimonio (Cf. DCE 25a).

  1. Liturgia:
En la Liturgia, Dios viene a nuestro encuentro, como lo hizo con Santa María Magdalena, los discípulos de Emaús, y otros, para transformar nuestras vidas. Por esto, cada Sacramento es un momento de especial cercanía con nuestro Dios, que quiere darnos todo el amor que Él mismo nos demostró en la Cruz.  Por este motivo, se nos dice que los Sacramentos comunican, al que está bien dispuesto, la gracia, es decir, la vida que Dios quiere compartirnos.
Así, en las celebraciones litúrgicas, cada uno, haciendo todo y sólo lo que le corresponde, se une a la obra de Cristo (Cf. CATIC Compendio 233), en la cual se da gloria a Dios y el hombre es santificado, transformado en su corazón, por el don que el mismo Cristo nos alcanzó en su Misterio Pascual.
Por esto, los creyentes valoran cada uno de los siete Sacramentos, porque en ellos se encuentran con Dios y con su entrañable misericordia. Desde el bautismo, en el que recibimos el don de la vida nueva, hasta el matrimonio y el orden en que Dios nos enseña la vida del amor, pasando por todos los demás, descubrimos, en cada uno de ellos a Dios que nos espera.

  1. Vida según el Resucitado:
Este encuentro con Dios, no nos deja de la misma manera, muy por el contrario, nos va convirtiendo el corazón, como el fuego transforma un tronco en una braza ardiente. Y esta transformación, si es verdadera, se traduce en la vida, mediante obras de fe, esperanza y caridad.
El servicio del amor al prójimo por amor de Dios es una forma de transmitir a los demás la gracia del Resucitado: “Así debe brillar ante los ojos de los hombres la luz que hay en ustedes, a fin de que ellos vean sus buenas obras y glorifiquen al Padre que está en el cielo” (Mt 5,16). Y las buenas obras consisten en el doble mandamiento del amor: “La señal de que lo conocemos, es que cumplimos sus mandamientos” (1Jn 2,3) y las obras de misericordia. De esta forma, mediante una vida entregada al servicio del amor, se transmite el misterio que celebramos en la Pascua.

  1.  Predicación de la conversión y el perdón:
Finalmente, a los que se esfuerzan por encontrarse con Dios y vivir según su amorosa voluntad, el Señor los envía a anunciarlo: “en su Nombre debía predicarse a todas las naciones la conversión para el perdón de los pecados” (Lc 24,47). Porque, como dice el Apóstol, la fe viene de lo que se oye de la predicación. Por esto, todos los creyentes tenemos la misión de anunciar nuestra fe, algunos de un modo y otros de otro.

Conclusión:
Así, en este domingo, le pedimos a la Virgen poder recibir la Resurrección que llega a nosotros y por nuestro medio ha de llegar a los que nos rodean, para ir transformando el mundo, según el amor de Dios.

Homilía Domingo II de Pascua Ciclo B



Vida de los creyentes

Hechos 4, 32-35; Sal 117, 2-4. 16ab-18. 22-24; 1 Juan 5, 1-6; Juan 20, 19-31

Introducción:
Jesús con su Resurrección nos dio y nos da una vida nueva, distinta, superior. Por esto, con la fe, podemos acceder a ella y mediante las demás virtudes, especialmente la caridad, podemos acrecentarla con nuestras obras.

1.                  Felices los que creen:
En su primera Carta, el Apóstol San Juan nos enseña que “todo el que cree que Jesús es el Cristo, ha nacido de Dios” (1Jn 5,1). De ahí que la fe en Jesús, nos haga posible vivir esta vida distinta, esta vida resucitada que, como dice él mismo más adelante, se manifiesta practicando los mandamientos (Cf. 1Jn 5,3).
Esta fe, vivida con valentía y coherencia, nos hace fieles al Señor de la vida y felices, incluso, en los momentos difíciles. Nos hace ver de un modo diferente los acontecimientos de la vida, nos da una fuerza especial ante las adversidades, acrecienta nuestros motivos de gozo, nos señala un refugio seguro en toda ocasión.

2.                  El ejemplo de los primeros cristianos:
Nos lo dejaron como testimonio los primeros cristianos, como dice el Libro de los Hechos: “La multitud de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma. Nadie consideraba sus bienes como propios, sino que todo era común entre ellos… Ninguno padecía necesidad, porque los que poseían tierras o casas las vendían y ponían el dinero a disposición de los Apóstoles, para que se distribuyera a cada uno según sus necesidades” (Hch 4,32.34-35). Los mismos Apóstoles “daban testimonio con mucho poder de la resurrección del Señor Jesús y gozaban de gran estima” (Hch 4,33).
Esta fe, vivida por la caridad, fue, es y será siempre el distintivo del verdadero seguidor de Cristo, nuestro Señor. Un desafío difícil, pero posible y apasionante.

3.                  La ley nueva, vida para nosotros:
Esto se debe a que “la ley nueva es la gracia del Espíritu Santo dada a los fieles mediante la fe en Cristo. Obra por la caridad, utiliza el Sermón del Señor para enseñarnos lo que hay que hacer y los sacramentos para comunicarnos la gracia de hacerlo” (CATIC 1966). En otras palabras, Cristo resucitado, ha dejado en su Iglesia los medios para que los fieles podamos vivir esta misma vida: la fe y la caridad, de algún modo compendian todo el don de gracia que Dios nos da.

Conclusión:
Le suplicamos a la Inmaculada Virgen que nos acompañe en este peregrinar de resucitados, que nos inspire pequeñas pero constantes obras de amor a Dios y a los demás.

Homilía Domingo de Pascua Ciclo B



Domingo de Pascua

Hechos 10, 34a. 37-43; Sal 117, 1-2. 16ab- 17. 22-23; Colosenses 3, 1-4; Juan 20, 1-9

Introducción:
Acompañar a Jesús en el Viernes Santo debe ser seguido por la celebración del Domingo de Pascua ya que “la Resurrección de Jesús es la verdad culminante de nuestra fe en Cristo, y representa, con la Cruz, una parte esencial del Misterio pascual” (CATIC Compendio 126).

1.                    La Resurrección es un acontecimiento histórico y trascendente:
Ante todo, hemos de reafirmar que Jesús resucitó verdaderamente: “Además del signo esencial, que es el sepulcro vacío, la Resurrección de Jesús es atestiguada por las mujeres, las primeras que encontraron a Jesús resucitado y lo anunciaron a los Apóstoles. Jesús después «se apareció a Cefas (Pedro) y luego a los Doce, más tarde se apareció a más de quinientos hermanos a la vez» (1 Co 15, 5-6), y aún a otros. Los Apóstoles no pudieron inventar la Resurrección, puesto que les parecía imposible: en efecto, Jesús les echó en cara su incredulidad” (CATIC Compendio 127).
Cada año, San Juan nos cautiva con su relato de la Magdalena, cómo ella incrédula al principio, descubre al Resucitado. Cómo los Apóstoles, también creen, al ver el sepulcro vacío (Cf. Jn 20,1ss).
Además, “la Resurrección de Cristo es un acontecimiento trascendente porque… transciende y sobrepasa la historia como misterio de la fe, en cuanto implica la entrada de la humanidad de Cristo en la gloria de Dios. Por este motivo, Cristo resucitado no se manifestó al mundo, sino a sus discípulos, haciendo de ellos sus testigos ante el pueblo” (CATIC Compendio 128). “La Resurrección de Cristo no es un retorno a la vida terrena. Su cuerpo resucitado es el mismo que fue crucificado, y lleva las huellas de su pasión, pero ahora participa ya de la vida divina, con las propiedades de un cuerpo glorioso. Por esta razón Jesús resucitado es soberanamente libre de aparecer a sus discípulos donde quiere y bajo diversas apariencias” (CATIC Compendio 129).

2.                    La Resurrección de Cristo es obra de la Santísima Trinidad:
Si bien, es el Hijo encarnado el que resucita, “las tres Personas divinas actúan conjuntamente, según lo que es propio de cada una: el Padre manifiesta su poder, el Hijo «recobra la vida, porque la ha dado libremente» (Jn 10, 17), reuniendo su alma y su cuerpo, que el Espíritu Santo vivifica y glorifica” (CATIC Compendio 130). Así, como obra de Dios Uno y Trino, “la Resurrección de Cristo es la culminación de la Encarnación. Es una prueba de la divinidad de Cristo, confirma cuanto hizo y enseñó y realiza todas las promesas divinas en nuestro favor” (CATIC Compendio 131).

3.                    La resurrección de Cristo es nuestra salvación:
Finalmente, esta realidad misteriosa y trascendente que celebramos, algo nos deja en nuestra vida cotidiana: “el Resucitado, vencedor del pecado y de la muerte, es el principio de nuestra justificación y de nuestra resurrección: ya desde ahora nos procura la gracia de la adopción filial, que es real participación de su vida de Hijo unigénito; más tarde, al final de los tiempos, Él resucitará nuestro cuerpo” (CATIC Compendio 131).
Por esto, también nos viene una exigencia: “Ya que ustedes han resucitado con Cristo, busquen los bienes del cielo donde Cristo está sentado a la derecha de Dios” (Col 3,1). Poner todos los medios para permanecer y crecer en gracia de Dios será la mejor forma de vivir la Pascua.

Conclusión:
De este modo, al celebrar la Pascua del Señor, le pedimos a nuestra Madre, nos ayude con su intercesión, para que podamos vivir en nosotros la Vida nueva del Señor resucitado.