Vida de los creyentes
Hechos 4, 32-35; Sal 117, 2-4. 16ab-18. 22-24; 1 Juan 5, 1-6; Juan 20,
19-31
Introducción:
Jesús con su Resurrección nos dio y nos da una vida nueva,
distinta, superior. Por esto, con la fe, podemos acceder a ella y mediante las
demás virtudes, especialmente la caridad, podemos acrecentarla con nuestras
obras.
1.
Felices
los que creen:
En su primera Carta, el Apóstol San Juan nos enseña que “todo
el que cree que Jesús es el Cristo, ha nacido de Dios” (1Jn 5,1). De ahí que la
fe en Jesús, nos haga posible vivir esta vida distinta, esta vida resucitada
que, como dice él mismo más adelante, se manifiesta practicando los
mandamientos (Cf. 1Jn 5,3).
Esta fe, vivida con valentía y coherencia, nos hace fieles
al Señor de la vida y felices, incluso, en los momentos difíciles. Nos hace ver
de un modo diferente los acontecimientos de la vida, nos da una fuerza especial
ante las adversidades, acrecienta nuestros motivos de gozo, nos señala un
refugio seguro en toda ocasión.
2.
El
ejemplo de los primeros cristianos:
Nos lo dejaron como testimonio los primeros cristianos, como
dice el Libro de los Hechos: “La multitud de los creyentes tenía un solo
corazón y una sola alma. Nadie consideraba sus bienes como propios, sino que
todo era común entre ellos… Ninguno padecía necesidad, porque los que poseían
tierras o casas las vendían y ponían el dinero a disposición de los Apóstoles,
para que se distribuyera a cada uno según sus necesidades” (Hch 4,32.34-35).
Los mismos Apóstoles “daban testimonio con mucho poder de la resurrección del
Señor Jesús y gozaban de gran estima” (Hch 4,33).
Esta fe, vivida por la caridad, fue, es y será siempre el
distintivo del verdadero seguidor de Cristo, nuestro Señor. Un desafío difícil,
pero posible y apasionante.
3.
La
ley nueva, vida para nosotros:
Esto se debe a que “la ley nueva es la gracia del Espíritu
Santo dada a los fieles mediante la fe en Cristo. Obra por la caridad, utiliza
el Sermón del Señor para enseñarnos lo que hay que hacer y los sacramentos para
comunicarnos la gracia de hacerlo” (CATIC 1966). En otras palabras, Cristo
resucitado, ha dejado en su Iglesia los medios para que los fieles podamos
vivir esta misma vida: la fe y la
caridad, de algún modo compendian todo el don de gracia que Dios nos da.
Conclusión:
Le suplicamos a la Inmaculada Virgen que nos acompañe en
este peregrinar de resucitados, que nos inspire pequeñas pero constantes obras
de amor a Dios y a los demás.