El Perdón Divino
Jos 5,9ª.10-12; Sal
33/34,2-7; 2 Cor 5, 17-21; Lc 15, 1-3. 11-32
Introducción:
Como una mesa abundante, con toda clase de alimentos, así
son las parábolas del Señor. En ellas podemos encontrar mucho para meditar. En
la parábola de este domingo, podemos fijarnos en la terrible realidad del
pecado, en la falta de armonía entre nuestro pensamiento y el de Dios. En esta
ocasión nos fijaremos en el poder del perdón divino.
- ¿Qué es el perdón divino?
Aunque comúnmente se la conoce como “Del Hijo Pródigo”,
algunos llaman a este texto “Parábola del Padre Misericordioso.” Y lo hacen con
mucha razón.
En ella se describe no sólo el pecado del hombre, sino el
perdón de Dios y, las condiciones para recibirlo. Vemos en ese padre, el
Corazón de Dios. ¿Cómo es su amor por el hijo que se ha marchado, que ha huido
de su presencia y ha malgastado sus dones?
Este personaje posee un amor tan grande que su figura es
atrayente. Su hijo, pensado en él se anima a volver. Es también ansioso: lo
imaginamos esperar, mirando hacia la tranquera, para verlo de lejos. Es,
finalmente, misericordioso: perdona, se alegra por la conversión, recibe y
transforma.
De esta forma, la Palabra de Dios nos llena de confianza, no
para seguir en nuestro pecado, pensando burlonamente: “total Dios me perdona”,
sino para acercarnos a su perdón con un corazón sinceramente arrepentido. De
este modo, Nuestro Dios nos invita a la conversión, a cambiar de vida, a dejar
la esclavitud del pecado para vivir en la libertad de los hijos de Dios.
De hecho, como nos lo recuerda el Catecismo, los pasos para
una buena confesión son: “un diligente examen de conciencia; la
contrición (o arrepentimiento), que es perfecta cuando está motivada por el
amor a Dios, imperfecta cuando se funda en otros motivos, e incluye el
propósito de no volver a pecar; la confesión, que consiste en la
acusación de los pecados hecha delante del sacerdote; la satisfacción,
es decir, el cumplimiento de ciertos actos de penitencia, que el propio
confesor impone al penitente para reparar el daño causado por el pecado” (CATIC
Compendio 303).
- ¿Cómo nos viene ese perdón?
“Por medio de Cristo nos reconcilió consigo y nos encargó el
servicio de reconciliar” (2Cor 5,18) decía San Pablo.
Por esto, “el sacerdote es el signo y el instrumento del amor misericordioso de Dios con el
pecador.” “Cuando celebra el sacramento de la Penitencia, el sacerdote ejerce
el ministerio del Buen Pastor que busca la oveja perdida, el del Buen
Samaritano que cura las heridas, del Padre que espera al Hijo pródigo y lo
acoge a su vuelta, del justo Juez que no hace acepción de personas y cuyo
juicio es a la vez justo y misericordioso” (CATIC 1465).
Conocemos la fe y el celo que tenía, por ejemplo, San Juan
María Vianney por el sacramento del perdón divino, por lo cual muchas horas
pasaba a diario sentado en el confesionario. A semejanza suya, “los sacerdotes
deben alentar a los fieles a acceder al sacramento de la penitencia y deben
mostrarse disponibles a celebrar este sacramento cada vez que los cristianos lo
pidan de manera razonable” (CATIC 1464).
De hecho, en el confesionario se realiza aquel encuentro en
el que somos perdonados y transformados como le sucedió a aquel hijo que se
animó a volver a la casa paterna.
- ¿Qué produce en nosotros?
Dicho encuentro deja su huella en nuestra alma: “Los efectos
del sacramento de la Penitencia son: la reconciliación con Dios y, por tanto,
el perdón de los pecados; la reconciliación con la Iglesia; la recuperación del
estado de gracia, si se había perdido; la remisión de la pena eterna merecida a
causa de los pecados mortales y, al menos en parte, de las penas temporales que
son consecuencia del pecado; la paz y la serenidad de conciencia y el consuelo
del espíritu; el aumento de la fuerza espiritual para el combate cristiano”
(CATIC Compendio 310).
Conclusión:
Le pedimos a la Virgen Santísima nos conceda luchar contra
el pecado mediante un sincero arrepentimiento.