Homilía Domingo VIII Tiempo Ordinario Ciclo C


Plantado por el Señor


Introducción:
En la ciudad de Junín de los Andes, en el colegio de María Auxiliadora, todavía existe el rosal que plantó la Beata Laura Vicuña. La gente lo suele ir a ver… ¿Qué tiene de especial? Si es un rosal como los demás… Tiene de especial la mano que lo plantó.
Nuestro corazón también es un lugar de siembra. Puede recibir diversas semillas, buenas o malas. También puede dejar crecer el árbol bueno que Dios quiere plantar.

  1. El corazón:
Jesús, en el Evangelio, dice que de la abundancia del corazón habla la boca (Cf. Lc 6,39-45), es decir, que de lo que tenemos en el interior, brotan nuestras acciones… Es lógico. El hombre debe ser coherente.
Es bueno recordar que, en la Sagrada Escritura, corazón significa mucho más que lo que entendemos nosotros. En la Biblia, corazón abarca no sólo los sentimientos, sino además, la inteligencia y la voluntad. El corazón conoce, quiere, ama, anhela, desea…
Por eso, del corazón surge todo lo bueno y todo lo malo que hacemos.

  1. Árboles y frutos:
Nuestro Señor nos enseña así la conexión entre nuestro interior y las obras externas.
El corazón de un cristiano de verdad tiene determinadas características. En primer lugar, para poder asemejarnos al Santísimo Corazón de Jesús, necesitamos estar en gracia de Dios, en amistad con Él, viviendo de su amor…
Cuando un corazón está en gracia tiene todas las virtudes y los dones del Espíritu Santo. Por tanto, intenta, con mayor o menor éxito, con progresos y, a veces, caídas, sembrar su vida de obras buenas.
Las virtudes y los dones van generando un modo habitual de obrar. No se refieren a una acción aislada, sino a una forma de ser, en sintonía con el plan de Dios. El corazón cristiano es justo, templado, fuerte, paciente; ama, cree y espera en Dios…
De ese corazón, obviamente, brotarán frutos buenos. Sin duda que nunca estaremos exentos del pecado y siempre será necesario convertirse, confesarse y luchar; sin embargo, la gracia de Dios, si somos dóciles, va plantando en nuestro interior, el árbol de la Vida.

  1. Los 12 frutos del Espíritu Santo:
Este árbol de vida nueva, de la Vida de la Gracia, tiene sus frutos. Tiene sus efectos. Éstos, conocidos como frutos del Espíritu Santo, son actos virtuosos que, con el tiempo, gracias a la acción de Dios, se hacen con mayor agrado, gusto y felicidad. Al principio, ser virtuoso, cuesta mucho esfuerzo; con el tiempo, los actos buenos se nos hacen más fáciles, convenientes y agradables.
“Los frutos del Espíritu son perfecciones que forma en nosotros el Espíritu Santo como primicias de la gloria eterna. La tradición de la Iglesia enumera doce: “caridad, gozo, paz, paciencia, longanimidad, bondad, benignidad, mansedumbre, fidelidad, modestia, continencia, castidad” (Ga 5,22-23, vulg.)” (CATIC 1832).
Estos frutos reflejan las características del corazón cristiano. Reflejan que nuestro corazón crece tanto en el amor a Dios (caridad, gozo, paz) como en el amor al prójimo (bondad, benignidad, mansedumbre). También se genera un orden interior (paciencia, modestia, continencia, castidad) y nos impulsa a obras exteriores importantes (longanimidad, fidelidad).

Conclusión:
Pedimos a la Virgen, fiel Esposa del Espíritu Santo, la gracia de dejarnos guiar por Él, dejarnos sembrar por su Palabra de Vida Eterna.