Creemos en el amor de Dios
Ex 3, 1-8ª. 13-15;
Sal 102/103, 1-4.6-8.11; 1Cor 10, 1-6. 10-12; Lc 13, 1-9
Introducción:
En este camino de
conversión que estamos recorriendo, la fe
en que Dios nos ama es fundamental, más aún cuando sabemos que Dios nos amó primero (Cf. 1Jn 4,10). Y
esto lo demuestran las diversas iniciativas que Dios ha tomado a lo largo de la
historia de salvación, por ejemplo esta asombrosa aparición a Moisés.
- Dios revela su nombre:
Este santo varón, pudo observar algo que le llamó la
atención, pero que sin dudas, era muy pequeño comparado con lo que escucharía
después. Él vio una zarza que,
aunque estaba encendida, no se consumía y al fuego, no pocas veces, lo relacionamos con el amor de Dios.
Al detenerse a contemplar el suceso, Moisés oyó una voz que, entre otras cosas, le reveló el Nombre de Dios
y la misión que Éste le tenía preparada: “Al revelar su Nombre, Dios da a conocer las riquezas contenidas en su misterio inefable: sólo Él es, desde siempre
y por siempre, el que transciende el
mundo y la historia. Él es quien ha
hecho cielo y tierra. Él es el Dios
fiel, siempre cercano a su pueblo
para salvarlo. Él es el Santo por
excelencia, «rico en misericordia»
(Ef 2, 4), siempre dispuesto al perdón. Dios es el Ser espiritual,
trascendente, omnipotente, eterno, personal y perfecto. Él es la verdad y el amor” (CATIC Compendio
40).
Y esta riqueza contenida en su Nombre, Dios quería mostrarla
con su obra. Por esto eligió a Moisés para sacar de la esclavitud a su pueblo y
llevarlo a la Tierra prometida.
- Dios quiere salvar a su pueblo:
Por esto, escucha Moisés: “Yo he visto la opresión de mi
pueblo, que está en Egipto,
y he oído los gritos de dolor, provocados por sus capataces. Sí, conozco muy bien sus sufrimientos.
Por eso he bajado a librarlo del
poder de los egipcios y a hacerlo subir,
desde aquel país, a una tierra fértil y espaciosa, a una tierra que mana leche
y miel” (Ex 3,7-8).
Así es que, en la
experiencia de estos acontecimientos, el salmista pudo cantar: “Él perdona todas tus culpas y cura todas
tus dolencias; rescata tu vida del sepulcro, te corona de amor y de ternura”
(Sal 102/103, 3-4). “El Señor es
bondadoso y compasivo, lento para enojarse y de gran misericordia… Cuanto se
alza el cielo sobre la tierra, así de inmenso es su amor por los que lo temen”
(Sal 102/103,8.11).
En este amor misericordioso estamos
invitados, por las lecturas
de hoy, a creer, es decir, a tener
la certeza, la convicción de que es así, de que hoy a cada uno de nosotros Dios
nos ama y nos quiere dar una vida nueva, lejos de la esclavitud del pecado, que
es la peor de todas las esclavitudes.
- Para nuestra conversión:
Y por esto mismo, el mensaje
de la Palabra divina para nosotros es uno: conversión… “Conviértanse, porque el Reino de los Cielos
está cerca, dice el Señor” (Aclamación antes del Evangelio).
“Porque no deben
ignorar, hermanos, que todos nuestros
padres fueron guiados por la nube y todos atravesaron el mar; y para todos,
la marcha bajo la nube y el paso del mar, fue un bautismo que los unió a
Moisés. También todos comieron la misma comida y bebieron la misma bebida
espiritual. En efecto, bebían el agua de una roca espiritual que los
acompañaba, y esa roca era Cristo. A
pesar de esto, muy pocos de ellos fueron agradables a Dios, porque sus
cuerpos quedaron tendidos en el desierto. Todo
esto aconteció simbólicamente para ejemplo nuestro, a fin de que no nos dejemos
arrastrar por los malos deseos, como lo hicieron nuestros padres”
(1Cor 10,1-6). Por el contrario, el amor infinito de Dios, que no quiere talar
el árbol que aún no da fruto sino que espera un poco más dándole otras
oportunidades (Cf. Lc 13, 1-9), requiere una respuesta de nuestra parte. Porque
si tanto nos ama Dios, nosotros no podemos burlarnos de su amor, muy por el
contrario, la única respuesta
conveniente al amor es el amor.
Conclusión:
Por esto, entonces, pedimos a Nuestra Madre del Cielo una fe
convencida en que Dios nos ha amado, de la cual, naturalmente surgirá el deseo
de amarlo a Él y por Él a los demás.