Tentaciones, oración y fe
Introducción:
Tanto la enseñanza de los maestros espirituales como nuestra
propia experiencia nos muestra que la vida cristiana es una lucha, un combate
entre dos amores, como dice San Agustín: el amor a Dios sobre todas las cosas,
que incluye todos los rectos amores y el amor propio, llamado egoísmo, que es
la fuente de todos los desórdenes.
- Las armas del enemigo:
El demonio tiene sus armas. De entre todas ellas, la más
común, la que más molesta a toda la humanidad es la tentación, en cualquiera de sus formas. Cuando se presentan, las
tentaciones nos ponen en estado de batalla, si queremos ser fieles al Señor.
El mismo Cristo quiso ser sometido a esta lucha espiritual: “Reflexionar
sobre las tentaciones de Jesús en el desierto es una invitación a responder a
la pregunta fundamental: ¿Qué es lo
importante en la vida? ¿Qué puesto ocupa el Señor en nuestra existencia?
Las tentaciones que afronta Jesús muestran el riesgo de instrumentalizar a
Dios, de usarlo para el propio interés, para la propia gloria. Dar a Dios el
primer puesto ante las tentaciones requiere “convertirse”; significa seguir a
Cristo de forma que su Evangelio sea guía concreta de la vida; es reconocer que
somos criaturas, que dependemos de Él, de su amor; que solamente “perdiendo” la
vida por su causa la podemos ganar. Convertirse es no dejarse invadir por las
ilusiones, las apariencias, las cosas; es buscar que la verdad, la fe y el amor
en Dios sean lo más importante de nuestra vida” (Benedicto XVI, Audiencia del
13/02/13).
- Lo vencemos en la fe:
La misma escena de Jesús tentado por el demonio nos enseña
cómo enfrentarnos con él y cómo vencer: “La palabra está cerca de ti, en tu boca y en tu corazón, es decir la
palabra de la fe que nosotros predicamos. Porque si confiesas con tu boca que
Jesús es el Señor y crees en tu corazón que Dios lo resucitó de entre los
muertos, serás salvado. Con el corazón se cree para alcanzar la justicia, y con
la boca se confiesa para obtener la salvación. Así lo afirma la Escritura:
"El que cree en Él, no quedará confundido".” (Rm 10,8-11).
“El corazón indica
que el primer acto con el que se llega a la fe es don de Dios y acción de la
gracia que actúa y transforma a la persona hasta en lo más íntimo.
A este propósito,
el ejemplo de Lidia es muy elocuente. Cuenta san Lucas que Pablo, mientras se
encontraba en Filipos, fue un sábado a anunciar el Evangelio a algunas mujeres;
entre estas estaba Lidia y el «Señor le abrió el corazón para que aceptara lo
que decía Pablo» (Hch 16, 14). El sentido que encierra la expresión es
importante. San Lucas enseña que el conocimiento de los contenidos que se han
de creer no es suficiente si después el corazón, auténtico sagrario de la
persona, no está abierto por la gracia que permite tener ojos para mirar en
profundidad y comprender que lo que se ha anunciado es la Palabra de Dios.
Profesar con la
boca indica, a su vez, que la fe implica un testimonio y un compromiso público.
El cristiano no puede pensar nunca que creer es un hecho privado. La fe es decidirse a estar con el Señor
para vivir con Él. Y este «estar con Él» nos lleva a comprender las razones
por las que se cree. La fe, precisamente porque es un acto de la libertad,
exige también la responsabilidad social de lo que se cree” (Porta Fidei
10).
Con esta fe, que se apoya en la Palabra divina, el alma fiel
puede resistir la fuerza del mal, puede encontrar el camino verdadero en medio
de la confusión, puede salir victorioso de las luchas practicando las virtudes
que la misma fe le inspira.
- Un arma potente: nuestra oración:
Para esto, es necesario, una fe rezada o, mejor dicho, un
corazón creyente y orante: “todo el que invoque el nombre del Señor se salvará”
(Rm 10,13). Jesús mismo nos enseñó, en el Padrenuestro, a pedir que seamos
librados del mal y no caigamos en la tentación: “El mal designa la persona de
Satanás, que se opone a Dios y que es «el seductor del mundo entero» (Ap
12, 9). La victoria sobre el diablo ya fue alcanzada por Cristo; pero nosotros
oramos a fin de que la familia humana sea liberada de Satanás y de sus obras.
Pedimos también el don precioso de la paz y la gracia de la espera perseverante
en el retorno de Cristo, que nos librará definitivamente del Maligno” (CATIC
Compendio 597).
Dios mismo, ya en al Antiguo Testamento nos invitaba a tener
confianza en el poder de la oración: “Me invocará y lo escucharé. Con él estaré
en la tribulación, lo defenderé, lo glorificaré” (Sal 90/91,14-15).
Conclusión:
Le pedimos al Señor, por intercesión de su Madre, nos ayude en
la lucha del amor, para poder amar más y mejor a Él y a nuestros hermanos.