Homilía Domingo de la Ascensión Ciclo C


 Ascensión del Señor


Introducción:
A los que queremos conocer a Jesús, la celebración de la Ascensión del Señor, nos da una oportunidad muy importante, porque nos invita a hacernos esta pregunta: ¿Qué fue lo último que hizo Jesús mientras vivía en la tierra? ¿Cuáles fueron sus últimas palabras y sus últimas acciones?

  1. Los 40 días de Resucitado:
En primer lugar nos preguntamos sobre lo que pasó esos días en que Jesús estaba resucitado, antes de subir a los Cielos. San Lucas nos dice que “Jesús se manifestó a ellos dándoles numerosas pruebas de que vivía y durante cuarenta días se les apareció” (Hch 1,3).
Esto es de gran importancia. Creer en que Jesús resucitó es fundamental para nuestra fe. Por esto, el mismo Jesús, se les apareció varias veces a los Apóstoles, les pidió de comer, les mostró sus llagas… todo para que se convencieran de que era el mismo que había sido crucificado.
Así, nosotros, apoyados en el testimonio de estos primeros discípulos, que manifestaron valientemente que Jesús había resucitado, nosotros también hoy, casi dos mil años después, podemos creer firmemente en su Resurrección.
Pero además de esto, Jesús “les habló del Reino de Dios” (Hch 1,3): les volvió a enseñar sobre el misterio pascual de su muerte y resurrección, sobre la misión de predicar el Evangelio por todo el mundo, sobre el perdón de los pecados, y la gran noticia de que para todo esto, la fuerza viene de lo Alto: el Espíritu Santo (Cf. Lc 24,46ss).
Nuestro Señor quiso recordarles estos misterios tan importantes, para que también nosotros los tengamos presentes siempre en nuestro corazón.

  1. Durante la Ascensión:
Además de esto, el día en que subió al Cielo hizo tres cosas importantes. Nos dice San Lucas que “Jesús los llevó hasta las proximidades de Betania y, elevando sus manos, los bendijo. Mientras los bendecía, se separó de ellos y fue llevado al cielo” (Lc 24,50-51).
Los llevó a un lugar determinado, mostrando que es Él quien nos conduce en nuestra vida, Él nos lleva, si nosotros nos dejamos llevar, al lugar que nos lleva al Cielo. Por esto, Él subió primero, para que siguiendo sus huellas, nosotros también podamos alcanzarlo.
Luego, les dio su bendición. Antes de irse, hizo este gesto de amor. ¡Qué hermoso poder imaginarnos a Jesús bendiciéndonos en persona a cada uno de nosotros! De hecho, esto sucede, cuando recibimos la bendición con el Santísimo Sacramento.
Finalmente, se separó de los Apóstoles cuando “una nube lo ocultó de la vista de ellos” (Hch 1,9). Se fue al Cielo, para esperarnos allí y para enviarnos al Espíritu Santo, pero también se quedó con nosotros… no nos abandonó, puesto que está vivo y presente en la Eucaristía.

  1. En el Cielo:
Y ya que lo contemplamos en el Cielo, podemos pensar qué es lo que hace actualmente, nuestro Señor, allí.
En primer lugar, Jesús entró en el Cielo “para presentarse delante de Dios en favor nuestro” (Hb 9,25), es decir, para interceder por nosotros, y el Padre celestial no puede desoír a su Hijo, que por nosotros sufrió, murió y resucitó.
Además, nos prepara un lugar, como ya sabemos, por lo cual, nuestra esperanza está puesta en el Cielo, a donde queremos ir, cuando Dios nos llame, para estar con Cristo.
Finalmente, desde allí volverá, como les dijeron los Ángeles a los Apóstoles (Cf. Hch 1,11). Más aún, como nos enseña la Carta a los Hebreos, “aparecerá por segunda vez… para salvar a los que lo esperan” (Hb 9,28).
Así, ante todas estas obras de Su amor, nosotros queremos mantener “firmemente la confesión de nuestra esperanza, porque Aquel que ha hecho la promesa es fiel” (Hb 5,23).

Conclusión:
Le pedimos, entonces, a la Virgen santísima, la gracia de poder conocer cada vez mejor lo que Jesús ha hecho por amor a nosotros, para que podamos seguir creciendo en nuestro amor hacia Él.

Homilía Domingo VI de Pascua Ciclo C


El lugar de Jesús en mi vida


Introducción:
En nuestra vida hay muchas cosas, muchas preocupaciones, muchas relaciones, mucho de todo… lo importante es darnos cuenta cuales son las realidades más importantes y darle a cada una de ellas el lugar que se merece.

1. El problema de la salvación:
En los primeros tiempos del cristianismo surgió una importante discusión sobre la necesidad de practicar los antiguos ritos judíos. En el fondo, esta discusión se relacionaba con algo más importante, que tiene que ver con esta pregunta: ¿Cuál es el lugar e importancia de Jesús para nuestra salvación? San Pedro, en medio de este debate, respondió acertadamente: “somos salvados por la gracia del Señor Jesús” (Hch 15,11).
Él ocupa el lugar principal, Él es nuestro único Salvador, por eso, ningún rito judío, ni supersticioso, ni extraño al Evangelio puede hacernos felices verdaderamente. Por esto, “el Espíritu Santo, y nosotros mismos, hemos decidido no imponerles ninguna carga más que las indispensables” (Hch 15,29), es decir, lo que nos dice el Evangelio. Porque sólo el amor del Dios verdadero puede salvarnos, con los medios que Él mismo ha querido mostrarnos mediante Su Hijo.

2. El Cordero:
Por esto, bien nos viene considerar que en el Apocalipsis, San Juan relaciona al Cordero de Dios, nuestro único Salvador, con dos realidades muy importantes para la vida: el Templo y la Luz (Cf. Ap 21,22-23).
Él es el Templo, Él es la Luz: que sea el Templo significa que es el “lugar” del encuentro, el lugar de Dios, el lugar donde encontrarnos con Él. En el Cielo no habrá templo porque Dios estará tan cercano que podremos contemplarlo como Él es, sin necesidad de la fe. Pero aquí en la tierra, también Él es nuestro mejor Templo. Por esto, siempre que experimentemos la necesidad de Dios, el deseo de acercarnos más a Él, la inquietud por lo que realmente nos hace felices, debemos buscarlo en Jesús, el Cordero de Dios.
Asimismo Él es la Luz. Porque tiene la capacidad de llenar de brillo nuestra vida. Él puede, con la fuerza luminosa de su amor, pintar nuestra existencia con los colores de su Gracia y de las diversas virtudes. Su amor nos ilumina y su luz nos deja percibir la presencia de Dios tanto en las buenas como en las malas… Jesús es lo más importante en nuestra vida.

3. La importancia de la caridad:
De este modo, debemos preguntarnos: ¿Qué le devolvemos a Dios? ¿Cómo contestamos a su iniciativa de amor salvador? ¿Cuál es mi respuesta personal, individual, qué le dice mi corazón a Dios?
Jesús nos enseña: “El que me ama será fiel a mi palabra, y mi Padre lo amará; iremos a él y habitaremos en él” (Jn 14,23). Nuestra respuesta es el amor, la caridad… Pero Dios, no se queda atrás y sigue respondiendo con su amor a nuestra respuesta: “mi Padre lo amará; iremos a él y habitaremos en él”. El Señor no se contenta con el “retruco” y apuesta al “vale cuatro”.
Querer amar a Dios ya es una gracia para amarlo y querer responderle fielmente es el primer paso para poder hacerlo, ya que Él es el único que puede transformar nuestro corazón de piedra en un corazón de carne (Cf. Ez 11,19), capaz de amarlo sobre todas las cosas y de amar a los demás como Jesús nos ama. Y con este amor, Él nos hace capaces de superar todo obstáculo, toda prueba, toda dificultad.

Conclusión:
Para terminar, pidamos a la Virgen un deseo, que Ella nos conceda tener en nuestro corazón un profundo y sincero deseo: querer amar a Dios sobre todas las cosas y cada vez más, para que desde ese amor podamos amar a todos y a nosotros mismos.

Homilía Domingo V de Pascua Ciclo C

Domingo V de Pascua:


Introducción:
Lo que se dice de Cristo se dice del cristiano”, y esto es cierto ya que, los misterios de la vida de Jesús se van realizando en nuestra vida, en la medida en que lo seguimos de cerca. Por esto, también nosotros debemos vivir la pobreza del pesebre, el silencio de Nazaret, el esfuerzo alegre del trabajo honrado… Y así también, como Jesús, cada uno de nosotros, estamos llamados a llegar a la Resurrección pasando por la Cruz.

  1. El Reino y las tribulaciones:
Dios nos ha creado y destinado para el Reino, para Su Reino de amor, tanto aquí en la tierra como en el Cielo. Para después de esta vida, nos preparará “una cielo nuevo y una nueva tierra” (Ap 21,1), pero ya en este tiempo nos ofrece continuamente la Vida de Gracia.
San Juan nos describe el Cielo con palabras que denotan belleza, presencia de Dios, ausencia de dolor y muerte y, sobre todo, la voz de Alguien que puede decir: “Yo hago nuevas todas las cosas” (Ap 21,5a).
Pero esta realidad, eterna en el Cielo, junto al Dios omnipotente, ya comienza en esta vida cuando nuestra alma está en Gracia, es decir, en amistad con Dios y, por lo tanto, participando de su Vida, de su Amor, de su acción…
Pero para esto hay un camino. Por lo cual, los Santos Pablo y Bernabé, nos recuerdan que “es necesario pasar por muchas tribulaciones para entrar en el reino de Dios” (Hch 14,22).
“La resurrección no deroga las enseñanzas del Evangelio, sino que las confirma. El mensaje de las bienaventuranzas, la exigencia de la cruz cotidiana (Lc 9,23) revisten toda su urgencia a la luz del destino del Señor” (X. LEÓN-DUFOUR, Vocabulario de Teología Bíblica, Herder, Barcelona, 2009, página 876). El sufrimiento nos configura, nos asemeja, nos une a Cristo: “Si sufrimos con Él, es también para ser glorificados en nuestro cuerpo” (Ídem). Poder sufrir junto al Señor que sufrió voluntariamente por nosotros, nos da no sólo gloria para el Cielo, sino también el gozo del amor acompañado en la tierra.
Aunque sea muy difícil, la clave está en poder ver al Señor a nuestro lado. Para eso se quedó clavado en la cruz hasta la muerte.

  1. Perseverar en la fe:
De este modo, la cruz pone a prueba, de un modo especial, nuestra fe. De lo contrario, pensemos en el ejemplo que nos dejó San Pedro… En una ocasión, por sus labios salió la profesión de fe en la que se sostiene la Iglesia: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo (Mt 16,16). Sin embargo, acto seguido, reprendió al Señor ante el misterio de la cruz: “Pedro lo llevó aparte y comenzó a reprenderlo, diciendo: «Dios no lo permita, Señor, eso no sucederá»” (Mt 16,22). Por esto, el Señor mismo nos alienta a seguirlo de cerca, por el mismo camino que Él transitó: “El que quiera venir detrás de Mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga” (Mt 16,24).
Así, la fe se hace obediencia, tanto en el hacer lo que Dios quiere, como en el dejarle hacer en nosotros cooperando con su obra. Para esto hace falta una actitud creyente, que nos llene el corazón de esperanza, de esfuerzo y de oración para cargar con la cruz en pos de Jesús y no quedarnos a medio camino, sabiendo que siempre, el desánimo viene del demonio.

  1. El Mandamiento nuevo del Amor:
Junto con la fe, lo que termina venciendo a la tribulación y al sufrimiento, es el amor de Dios. De hecho, cuando uno está triste, el esfuerzo en pensar en los demás, en hacer algún bien a otro, le ayuda a vencer esa tristeza: ¡Cuesta!, es verdad, pero sana el corazón.
La caridad, que Dios nos quiere regalar, pone de pie tanto a la persona, a las familias, como a la sociedad: “La caridad en la verdad, de la que Jesucristo se ha hecho testigo con su vida terrenal y, sobre todo, con su muerte y resurrección, es la principal fuerza impulsora del auténtico desarrollo de cada persona y de toda la humanidad” (CIV 1).

Conclusión:
Así, le pedimos a Jesús poder ser sus discípulos de verdad, no conformándonos con seguirlo “de lejos” (Lc 22,54) sino de cerca, tratando de vivir su misterio Pascual según Él quiera compartirlo con nosotros.

Homilía Domingo IV de Pascua Ciclo C


El Buen Pastor y los sacerdotes

 

Introducción:
La misión de Jesús, tan grande y tan importante para la salvación de la humanidad, no tiene fin. Si bien, el Señor ha subido a la derecha del Padre, en la tierra dejó su Iglesia para que continuara su obra.
Hoy celebramos a Cristo, Buen Pastor. Pedimos, a su vez, por aquellos que se esfuerzan por ser fieles ministros suyos en el orden sacerdotal.

  1. Cristo Pastor:
De las Lecturas de la misa de este domingo, podemos tomar, al menos, estos dos pasajes que nos descubren el aspecto pastoril de la misión del Señor. Jesús mismo afirmó: “Mis ovejas escuchan mi voz, Yo las conozco y ellas me siguen. Yo les doy Vida eterna” (Jn 10,27-28a). En esta breve frase podemos descubrir que Jesús, como nuestro Buen Pastor, nos conoce, nos conduce y nos ama hasta darnos la Vida.
En el Apocalipsis, San Juan ve que “el Cordero que está en medio del trono será su Pastor y los conducirá hacia los manantiales de agua viva” (Apoc 7,17). Jesús, Cordero de Dios es, a su vez, el Pastor que nos conduce al Cielo, manantial de agua viva. Éste es el cometido del Pastor divino: nuestra salvación eterna.

  1. Continuación de su obra:
Para esto, para conducir al Cielo por las sendas de la santidad, Jesús ha deja en su iglesia el poder de la ordenación sacerdotal: “El sacramento del Orden otorga una efusión especial del Espíritu Santo, que configura con Cristo al ordenado en su triple función de Sacerdote, Profeta y Rey” y “un carácter espiritual indeleble” (CATIC Compendio 335) que lo capacita para dicha función.
“Fue Cristo quien eligió a los apóstoles y les hizo partícipes de su misión y su autoridad. Elevado a la derecha del Padre, no abandona a su rebaño, sino que lo guarda por medio de los apóstoles bajo su constante protección y lo dirige también mediante estos mismos pastores que continúan hoy su obra (cf MR, Prefacio de Apóstoles). Por tanto, es Cristo “quien da” a unos el ser apóstoles, a otros pastores (cf. Ef 4,11). Sigue actuando por medio de los obispos (cf LG 21)” (CATIC 1575). Por eso, “los sacerdotes ordenados, en el ejercicio del ministerio sagrado, no hablan ni actúan por su propia autoridad, ni tampoco por mandato o delegación de la comunidad, sino en la Persona de Cristo Cabeza y en nombre de la Iglesia. Por tanto, el sacerdocio ministerial se diferencia esencialmente, y no sólo en grado, del sacerdocio común de los fieles, al servicio del cual lo instituyó Cristo” (CATIC Compendio 336).

  1. Los sacerdotes:
Debido a esto, el Santo Cura de Ars no ahorraba palabras: “El sacerdote continua la obra de redención en la tierra.” “Si se comprendiese bien al sacerdote en la tierra se moriría no de pavor sino de amor.” “El sacerdocio es el amor del corazón de Jesús” (Cf. CATIC 1589).
Es necesario pedir incansablemente que Dios envíe muchos y santos sacerdotes. También es necesario rezar para que los sacerdotes estén siempre, como dice el Evangelio, unidos estrechamente a Cristo y enviados a cumplir su misión (Cf. Mc 3,14).
Todos necesitamos del sacerdote, porque necesitamos de Cristo. Incluso el Papa, el Obispo, el sacerdote necesitan de otro sacerdote.

Conclusión:
Recemos generosamente por las vocaciones sacerdotales pero también por los que ya son sacerdotes, para que sean fieles toda su vida. Especialmente recemos por nuestros sacerdotes más cercanos, los que nos han bautizado, confesado, alimentado con la Palabra de Dios y con el Cuerpo de Cristo…

Homilía Domingo III de Pascua, Ciclo C

La caridad del Resucitado


Introducción:
El mayor de los dones del Resucitado, de Jesús muerto y vuelto a la vida, es el amor, pero no un amor como el nuestro, sino el amor de Dios, que llamamos caridad.

  1. La caridad es un don:
En el episodio de la segunda pesca milagrosa, quien reconoce a Jesús es “el discípulo al que Jesús amaba” (Jn 21,7). Y, como ese discípulo es el mismo que escribe el cuarto Evangelio, nos está diciendo la importancia de sabernos amados por Dios.
¿Me doy cuenta de que Dios me ama? ¿Tengo presente en mi vida ese amor tan grande?
Por la fe y la oración podemos “ver” los gestos de amor que Dios tiene hacia nosotros en el caminar de la vida.
Con esta certeza, la propia existencia se colorea con la alegría, el agradecimiento, la fortaleza ante las dificultades, la esperanza…
Cada uno de nosotros es ese discípulo al que Jesús ama.

  1. La caridad es una respuesta:
Los Apóstoles que habían experimentado ese amor divino del Señor, lo traducían en sus vidas: “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hch 5,29). Ya que “el que me ama será fiel a mi palabra” nos dijo Jesús (Jn 14,23).
¿Por qué debemos hacer su voluntad? Porque es sabia, amorosa y omnipotente.
Pero ahora conviene preguntarnos: ¿dónde encontramos la voluntad divina? Y aunque la respuesta no sea fácil, podemos decir que en primer lugar la voluntad divina está reflejada en los Mandamientos, las Bienaventuranzas; también lo que nos pide la Iglesia y lo que Dios nos va mostrando en la oración y con los acontecimientos de la vida… en resumen, cumplir la voluntad de Dios es seguir e imitar a Cristo.
Dentro de lo que Dios quiere, está indiscutiblemente el amor a los demás: por eso Jesús, después de preguntarle a San Pedro sobre si lo amaba, le dijo que apacentara sus ovejas y corderos. También a cada uno de nosotros nos manda: “ámense los unos a los otros, como Yo los he amado” (Jn 15,12).

  1. La caridad es Vida eterna:
Como nos dice San Pablo: “El amor no pasará jamás” (1Cor 13,8), de hecho en el Cielo, no nos cansaremos de amar a Dios y a los demás. Los cuatro Ancianos del Apocalipsis nos enseñan esto con su acto de adoración (Cf. Ap 5,14), puesto que en la adoración, hay tanto un acto de sumisión, de humildad, como uno de amor y unión con Dios (Cf. Benedicto XVI).

Conclusión:
Le suplicamos al Señor nos conceda vivir ahora y perseverar siempre en ese amor divino, del cual se nos pedirá cuenta en el Juicio.