Homilía Domingo IV de Pascua Ciclo C


El Buen Pastor y los sacerdotes

 

Introducción:
La misión de Jesús, tan grande y tan importante para la salvación de la humanidad, no tiene fin. Si bien, el Señor ha subido a la derecha del Padre, en la tierra dejó su Iglesia para que continuara su obra.
Hoy celebramos a Cristo, Buen Pastor. Pedimos, a su vez, por aquellos que se esfuerzan por ser fieles ministros suyos en el orden sacerdotal.

  1. Cristo Pastor:
De las Lecturas de la misa de este domingo, podemos tomar, al menos, estos dos pasajes que nos descubren el aspecto pastoril de la misión del Señor. Jesús mismo afirmó: “Mis ovejas escuchan mi voz, Yo las conozco y ellas me siguen. Yo les doy Vida eterna” (Jn 10,27-28a). En esta breve frase podemos descubrir que Jesús, como nuestro Buen Pastor, nos conoce, nos conduce y nos ama hasta darnos la Vida.
En el Apocalipsis, San Juan ve que “el Cordero que está en medio del trono será su Pastor y los conducirá hacia los manantiales de agua viva” (Apoc 7,17). Jesús, Cordero de Dios es, a su vez, el Pastor que nos conduce al Cielo, manantial de agua viva. Éste es el cometido del Pastor divino: nuestra salvación eterna.

  1. Continuación de su obra:
Para esto, para conducir al Cielo por las sendas de la santidad, Jesús ha deja en su iglesia el poder de la ordenación sacerdotal: “El sacramento del Orden otorga una efusión especial del Espíritu Santo, que configura con Cristo al ordenado en su triple función de Sacerdote, Profeta y Rey” y “un carácter espiritual indeleble” (CATIC Compendio 335) que lo capacita para dicha función.
“Fue Cristo quien eligió a los apóstoles y les hizo partícipes de su misión y su autoridad. Elevado a la derecha del Padre, no abandona a su rebaño, sino que lo guarda por medio de los apóstoles bajo su constante protección y lo dirige también mediante estos mismos pastores que continúan hoy su obra (cf MR, Prefacio de Apóstoles). Por tanto, es Cristo “quien da” a unos el ser apóstoles, a otros pastores (cf. Ef 4,11). Sigue actuando por medio de los obispos (cf LG 21)” (CATIC 1575). Por eso, “los sacerdotes ordenados, en el ejercicio del ministerio sagrado, no hablan ni actúan por su propia autoridad, ni tampoco por mandato o delegación de la comunidad, sino en la Persona de Cristo Cabeza y en nombre de la Iglesia. Por tanto, el sacerdocio ministerial se diferencia esencialmente, y no sólo en grado, del sacerdocio común de los fieles, al servicio del cual lo instituyó Cristo” (CATIC Compendio 336).

  1. Los sacerdotes:
Debido a esto, el Santo Cura de Ars no ahorraba palabras: “El sacerdote continua la obra de redención en la tierra.” “Si se comprendiese bien al sacerdote en la tierra se moriría no de pavor sino de amor.” “El sacerdocio es el amor del corazón de Jesús” (Cf. CATIC 1589).
Es necesario pedir incansablemente que Dios envíe muchos y santos sacerdotes. También es necesario rezar para que los sacerdotes estén siempre, como dice el Evangelio, unidos estrechamente a Cristo y enviados a cumplir su misión (Cf. Mc 3,14).
Todos necesitamos del sacerdote, porque necesitamos de Cristo. Incluso el Papa, el Obispo, el sacerdote necesitan de otro sacerdote.

Conclusión:
Recemos generosamente por las vocaciones sacerdotales pero también por los que ya son sacerdotes, para que sean fieles toda su vida. Especialmente recemos por nuestros sacerdotes más cercanos, los que nos han bautizado, confesado, alimentado con la Palabra de Dios y con el Cuerpo de Cristo…