Homilía Domingo V de Pascua Ciclo C

Domingo V de Pascua:


Introducción:
Lo que se dice de Cristo se dice del cristiano”, y esto es cierto ya que, los misterios de la vida de Jesús se van realizando en nuestra vida, en la medida en que lo seguimos de cerca. Por esto, también nosotros debemos vivir la pobreza del pesebre, el silencio de Nazaret, el esfuerzo alegre del trabajo honrado… Y así también, como Jesús, cada uno de nosotros, estamos llamados a llegar a la Resurrección pasando por la Cruz.

  1. El Reino y las tribulaciones:
Dios nos ha creado y destinado para el Reino, para Su Reino de amor, tanto aquí en la tierra como en el Cielo. Para después de esta vida, nos preparará “una cielo nuevo y una nueva tierra” (Ap 21,1), pero ya en este tiempo nos ofrece continuamente la Vida de Gracia.
San Juan nos describe el Cielo con palabras que denotan belleza, presencia de Dios, ausencia de dolor y muerte y, sobre todo, la voz de Alguien que puede decir: “Yo hago nuevas todas las cosas” (Ap 21,5a).
Pero esta realidad, eterna en el Cielo, junto al Dios omnipotente, ya comienza en esta vida cuando nuestra alma está en Gracia, es decir, en amistad con Dios y, por lo tanto, participando de su Vida, de su Amor, de su acción…
Pero para esto hay un camino. Por lo cual, los Santos Pablo y Bernabé, nos recuerdan que “es necesario pasar por muchas tribulaciones para entrar en el reino de Dios” (Hch 14,22).
“La resurrección no deroga las enseñanzas del Evangelio, sino que las confirma. El mensaje de las bienaventuranzas, la exigencia de la cruz cotidiana (Lc 9,23) revisten toda su urgencia a la luz del destino del Señor” (X. LEÓN-DUFOUR, Vocabulario de Teología Bíblica, Herder, Barcelona, 2009, página 876). El sufrimiento nos configura, nos asemeja, nos une a Cristo: “Si sufrimos con Él, es también para ser glorificados en nuestro cuerpo” (Ídem). Poder sufrir junto al Señor que sufrió voluntariamente por nosotros, nos da no sólo gloria para el Cielo, sino también el gozo del amor acompañado en la tierra.
Aunque sea muy difícil, la clave está en poder ver al Señor a nuestro lado. Para eso se quedó clavado en la cruz hasta la muerte.

  1. Perseverar en la fe:
De este modo, la cruz pone a prueba, de un modo especial, nuestra fe. De lo contrario, pensemos en el ejemplo que nos dejó San Pedro… En una ocasión, por sus labios salió la profesión de fe en la que se sostiene la Iglesia: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo (Mt 16,16). Sin embargo, acto seguido, reprendió al Señor ante el misterio de la cruz: “Pedro lo llevó aparte y comenzó a reprenderlo, diciendo: «Dios no lo permita, Señor, eso no sucederá»” (Mt 16,22). Por esto, el Señor mismo nos alienta a seguirlo de cerca, por el mismo camino que Él transitó: “El que quiera venir detrás de Mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga” (Mt 16,24).
Así, la fe se hace obediencia, tanto en el hacer lo que Dios quiere, como en el dejarle hacer en nosotros cooperando con su obra. Para esto hace falta una actitud creyente, que nos llene el corazón de esperanza, de esfuerzo y de oración para cargar con la cruz en pos de Jesús y no quedarnos a medio camino, sabiendo que siempre, el desánimo viene del demonio.

  1. El Mandamiento nuevo del Amor:
Junto con la fe, lo que termina venciendo a la tribulación y al sufrimiento, es el amor de Dios. De hecho, cuando uno está triste, el esfuerzo en pensar en los demás, en hacer algún bien a otro, le ayuda a vencer esa tristeza: ¡Cuesta!, es verdad, pero sana el corazón.
La caridad, que Dios nos quiere regalar, pone de pie tanto a la persona, a las familias, como a la sociedad: “La caridad en la verdad, de la que Jesucristo se ha hecho testigo con su vida terrenal y, sobre todo, con su muerte y resurrección, es la principal fuerza impulsora del auténtico desarrollo de cada persona y de toda la humanidad” (CIV 1).

Conclusión:
Así, le pedimos a Jesús poder ser sus discípulos de verdad, no conformándonos con seguirlo “de lejos” (Lc 22,54) sino de cerca, tratando de vivir su misterio Pascual según Él quiera compartirlo con nosotros.