Homilía Domingo III de Pascua, Ciclo C

La caridad del Resucitado


Introducción:
El mayor de los dones del Resucitado, de Jesús muerto y vuelto a la vida, es el amor, pero no un amor como el nuestro, sino el amor de Dios, que llamamos caridad.

  1. La caridad es un don:
En el episodio de la segunda pesca milagrosa, quien reconoce a Jesús es “el discípulo al que Jesús amaba” (Jn 21,7). Y, como ese discípulo es el mismo que escribe el cuarto Evangelio, nos está diciendo la importancia de sabernos amados por Dios.
¿Me doy cuenta de que Dios me ama? ¿Tengo presente en mi vida ese amor tan grande?
Por la fe y la oración podemos “ver” los gestos de amor que Dios tiene hacia nosotros en el caminar de la vida.
Con esta certeza, la propia existencia se colorea con la alegría, el agradecimiento, la fortaleza ante las dificultades, la esperanza…
Cada uno de nosotros es ese discípulo al que Jesús ama.

  1. La caridad es una respuesta:
Los Apóstoles que habían experimentado ese amor divino del Señor, lo traducían en sus vidas: “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hch 5,29). Ya que “el que me ama será fiel a mi palabra” nos dijo Jesús (Jn 14,23).
¿Por qué debemos hacer su voluntad? Porque es sabia, amorosa y omnipotente.
Pero ahora conviene preguntarnos: ¿dónde encontramos la voluntad divina? Y aunque la respuesta no sea fácil, podemos decir que en primer lugar la voluntad divina está reflejada en los Mandamientos, las Bienaventuranzas; también lo que nos pide la Iglesia y lo que Dios nos va mostrando en la oración y con los acontecimientos de la vida… en resumen, cumplir la voluntad de Dios es seguir e imitar a Cristo.
Dentro de lo que Dios quiere, está indiscutiblemente el amor a los demás: por eso Jesús, después de preguntarle a San Pedro sobre si lo amaba, le dijo que apacentara sus ovejas y corderos. También a cada uno de nosotros nos manda: “ámense los unos a los otros, como Yo los he amado” (Jn 15,12).

  1. La caridad es Vida eterna:
Como nos dice San Pablo: “El amor no pasará jamás” (1Cor 13,8), de hecho en el Cielo, no nos cansaremos de amar a Dios y a los demás. Los cuatro Ancianos del Apocalipsis nos enseñan esto con su acto de adoración (Cf. Ap 5,14), puesto que en la adoración, hay tanto un acto de sumisión, de humildad, como uno de amor y unión con Dios (Cf. Benedicto XVI).

Conclusión:
Le suplicamos al Señor nos conceda vivir ahora y perseverar siempre en ese amor divino, del cual se nos pedirá cuenta en el Juicio.