Homilía Domingo VI de Pascua Ciclo C


El lugar de Jesús en mi vida


Introducción:
En nuestra vida hay muchas cosas, muchas preocupaciones, muchas relaciones, mucho de todo… lo importante es darnos cuenta cuales son las realidades más importantes y darle a cada una de ellas el lugar que se merece.

1. El problema de la salvación:
En los primeros tiempos del cristianismo surgió una importante discusión sobre la necesidad de practicar los antiguos ritos judíos. En el fondo, esta discusión se relacionaba con algo más importante, que tiene que ver con esta pregunta: ¿Cuál es el lugar e importancia de Jesús para nuestra salvación? San Pedro, en medio de este debate, respondió acertadamente: “somos salvados por la gracia del Señor Jesús” (Hch 15,11).
Él ocupa el lugar principal, Él es nuestro único Salvador, por eso, ningún rito judío, ni supersticioso, ni extraño al Evangelio puede hacernos felices verdaderamente. Por esto, “el Espíritu Santo, y nosotros mismos, hemos decidido no imponerles ninguna carga más que las indispensables” (Hch 15,29), es decir, lo que nos dice el Evangelio. Porque sólo el amor del Dios verdadero puede salvarnos, con los medios que Él mismo ha querido mostrarnos mediante Su Hijo.

2. El Cordero:
Por esto, bien nos viene considerar que en el Apocalipsis, San Juan relaciona al Cordero de Dios, nuestro único Salvador, con dos realidades muy importantes para la vida: el Templo y la Luz (Cf. Ap 21,22-23).
Él es el Templo, Él es la Luz: que sea el Templo significa que es el “lugar” del encuentro, el lugar de Dios, el lugar donde encontrarnos con Él. En el Cielo no habrá templo porque Dios estará tan cercano que podremos contemplarlo como Él es, sin necesidad de la fe. Pero aquí en la tierra, también Él es nuestro mejor Templo. Por esto, siempre que experimentemos la necesidad de Dios, el deseo de acercarnos más a Él, la inquietud por lo que realmente nos hace felices, debemos buscarlo en Jesús, el Cordero de Dios.
Asimismo Él es la Luz. Porque tiene la capacidad de llenar de brillo nuestra vida. Él puede, con la fuerza luminosa de su amor, pintar nuestra existencia con los colores de su Gracia y de las diversas virtudes. Su amor nos ilumina y su luz nos deja percibir la presencia de Dios tanto en las buenas como en las malas… Jesús es lo más importante en nuestra vida.

3. La importancia de la caridad:
De este modo, debemos preguntarnos: ¿Qué le devolvemos a Dios? ¿Cómo contestamos a su iniciativa de amor salvador? ¿Cuál es mi respuesta personal, individual, qué le dice mi corazón a Dios?
Jesús nos enseña: “El que me ama será fiel a mi palabra, y mi Padre lo amará; iremos a él y habitaremos en él” (Jn 14,23). Nuestra respuesta es el amor, la caridad… Pero Dios, no se queda atrás y sigue respondiendo con su amor a nuestra respuesta: “mi Padre lo amará; iremos a él y habitaremos en él”. El Señor no se contenta con el “retruco” y apuesta al “vale cuatro”.
Querer amar a Dios ya es una gracia para amarlo y querer responderle fielmente es el primer paso para poder hacerlo, ya que Él es el único que puede transformar nuestro corazón de piedra en un corazón de carne (Cf. Ez 11,19), capaz de amarlo sobre todas las cosas y de amar a los demás como Jesús nos ama. Y con este amor, Él nos hace capaces de superar todo obstáculo, toda prueba, toda dificultad.

Conclusión:
Para terminar, pidamos a la Virgen un deseo, que Ella nos conceda tener en nuestro corazón un profundo y sincero deseo: querer amar a Dios sobre todas las cosas y cada vez más, para que desde ese amor podamos amar a todos y a nosotros mismos.