Homilía Domingo I de Adviento Ciclo A


Camino de preparación


Introducción:
El Adviento, nos pone ante la consideración de lo que ha de venir. Es un tiempo de preparación… ¿Para qué? Nos preparamos para la segunda venida de Cristo, algo que es necesario hacer toda la vida y por eso, la Iglesia nos ayuda dedicando un tiempo especial, pero también nos preparamos para celebrar la Navidad. Y en esta preparación, las lecturas del primer domingo nos reflejan tres puntos importantes: dejar, vigilar y caminar.

1.       Dejar:
En primer lugar, el Adviento es un tiempo para dejar: “La noche está muy avanzada y se acerca el día. Abandonemos las obras propias de la noche y vistámonos con la armadura de la luz. Como en pleno día, procedamos dignamente: basta de excesos en la comida y en la bebida, basta de lujuria y libertinaje, no más peleas ni envidias. Por el contrario, revístanse del Señor Jesucristo” (Rm 13,12-14).
San Pablo nos muestra, con estos ejemplos, qué significa dejar o abandonar. Es necesario aligerar la carga para no naufragar. Por esto, pensamos hoy qué cosas, qué situaciones no nos ayudan a acercarnos a Jesús; qué actitudes nuestras, qué defectos nos mantienen a distancia…
A primera vista, el hecho de tener que dejar algo nos parece una idea poco agradable. Sin embargo, es bueno poder pesar realmente la realidad de estas cosas que se nos pide dejar. Es necesario reconocer que el pecado, por un lado o por otro, nos daña y lo hace en lo más profundo de nuestro ser, lastima nuestro propio corazón, nos aleja de los demás y nos separa de Dios. El pecado es ese peso que nos hunde, esa fuerza que nos ahoga y, por tanto, bueno es el tiempo que nos invita a dejarlo.

2.      Vigilar:
Para poder dejar el mal y vencerlo en nuestra vida, Jesús nos dice: “Estén prevenidos, porque ustedes no saben qué día vendrá su Señor” (Mt 24,42). Prevenir en nuestra vida espiritual, significa poder ver con anterioridad y estar bien preparados para lo que esperamos. Ver de antemano y prepararse para no ser engañados, para no errar el camino.
Con todo esto, lo que nos enseña Cristo es la actitud del que está despierto y atento a lo que pasa: Velando en la oración es como no se cae en la tentación” (CATIC 2612).  De este modo, el Adviento nos recuerda la importante necesidad de estar atentos a nuestra vida interior, a nuestra relación con Dios, estar atentos a eso que esperamos… ¿Esperamos el Cielo, la venida de Jesús? ¿Esperamos realmente que venga a nosotros como en un nuevo pesebre?  ¿Esperamos que este tiempo sea para nosotros un crecimiento que nos acerque más a Dios?

3.      Caminar:
Finalmente, este crecimiento, al que nos invita el Adviento, se asemeja al caminar: “¡Qué alegría cuando me dijeron: «Vamos a la casa del Señor»!”. Es un tiempo de ir hacia Dios, con la alegría de sabernos amados infinitamente por Él.
De ahí que la invitación del profeta se hace actual para nosotros: “¡Vengan, subamos a la montaña del Señor, a la Casa del Dios de Jacob! El nos instruirá en sus caminos y caminaremos por sus sendas»” (Is 2,3). “Ven, casa de Jacob, y caminemos a la luz del Señor” (Is 2,5).     
Sí, caminos con obras buenas, preparando un buen pesebre para nuestro Dios cercano, que viene. Esto es el cometido del tiempo de Adviento.

Conclusión:
Le pedimos a nuestra Madre, de la dulce espera, nos conceda practicar este caminar en nuestra vida, dejando todo lo malo, el peso que nos cansa y eligiendo los buenos pasos que nos acercan a Jesús. Así sea.

Homilía para el Domingo de Cristo Rey, Ciclo C

Cristo Rey


Introducción:
Hoy celebramos a Jesús, como Rey nuestro, como Rey que nos protege, gobierna, conduce, guía… por el camino de la santidad. Como dice el Catecismo, “la caridad es el alma de la santidad a la que todos están llamados” (CATIC 826). Esta caridad, Cristo nos la da por su Palabra, defendiéndonos de todo mal y por su visita.

  1. El Rey que nos habla:
Jesús, nuestro Rey, nos habla, nos dirige un mensaje, unas palabras que son vida, son luz, son fuego… Las palabras de Cristo, cuando las escuchamos y acogemos, nos transmiten la vida de hijos de Dios, la cual, sin su ayuda es imposible vivir. A su vez, su mensaje nos ilumina, nos hace ver la realidad como la ve Dios, con la luz de la fe, para descubrir en lo escondido la presencia de ese Dios que tanto nos ama. Finalmente, estas palabras nos encienden el corazón, como les sucedió a los caminantes de Emaús (Cf. Lc 24,32), porque provienen del amor de Dios y contagian Su amor.
De este modo, al escuchar con fe las divinas palabras, dejamos que por el amor Cristo reine en nuestros corazones por su vida, su luz y su fuego.

  1. Nos defiende:
Jesús, además, como buen Rey, defiende a sus hijos con gran poder. De hecho, el Padre “nos libró del poder de las tinieblas y nos hizo entrar en el reino de su Hijo” (Col 1,13). Por amor de Dios Padre y de su Hijo Jesús, somos liberados de todo lo que nos aleja de nuestra felicidad. Con su poder podemos vencer las tentaciones, aunque sean muchas, sean fuertes, aunque seamos débiles.
Él, reinando desde la cruz, venció a todos los enemigos y a nosotros también nos quiere decir: “Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso” (Lc 23,43).

  1. Nos visita:
Este Rey, enciende la caridad en nuestras almas, de un modo muy especialísimo, cuando nos visita en la Eucaristía. Al venir a nuestro interior, su cercanía, su presencia, su compañía nos transforma. Por esto, el momento de la Comunión, es uno de los instantes en los cuales Cristo Rey se sienta en el trono que más le agrada: nuestro corazón.
De allí la importancia de prepararnos lo mejor posible para recibirlo. Que Él vea un trono, no un lugar cualquiera, que pueda ver un corazón sincero que lo ama, que lo pone en el primer lugar, que lo recibe con humilde sumisión…

Conclusión:
Pedimos a nuestra Madre nos ayude a acoger su reinado de amor con un corazón atento en la escucha, en la lucha y en la cercanía del Señor.

Homilía Domingo XXXIII Tiempo Ordinario Ciclo C


La fe, semilla que crece


Introducción:
La semilla que Dios sembró en nuestro corazón en el bautismo, semilla que es el don de la fe, debe crecer durante toda nuestra vida. De hecho, como toda vida latente, esta virtud está llamada a desarrollarse hasta crecer y dar frutos de obras buenas. Por esto, es necesario y conveniente meditar cómo podemos contribuir a su crecimiento.
El Catecismo nos resume: “Para vivir, crecer y perseverar hasta el fin en la fe debemos alimentarla con la Palabra de Dios; debemos pedir al Señor que la aumente (cf. Mc 9,24; Lc 17,5; 22,32); debe "actuar por la caridad" (Ga 5,6; cf. St 2,14-26), ser sostenida por la esperanza (cf. Rom 15,13) y estar enraizada en la fe de la Iglesia” (CATIC 162). Nosotros meditaremos en los tres puntos que nos enseñan las lecturas de este domingo.

  1. Cuidar la fe:
En primer lugar, para que la fe pueda crecer debemos tener en cuenta todo aquello que la daña, que la achica, que la debilita. Por esto, necesitamos apartarnos del mal. En este sentido, el Apóstol San Pablo les habla a los tesalonicenses para que “se aparten de todo hermano que lleve una vida ociosa, contrariamente a la enseñanza” (Tes 3,6).
Y en esto, como es de mucha importancia, hay que tener gran celo, para que la fe pueda crecer. Debemos pensar en qué situaciones, qué personas, qué influencias nos hacen mal, nos debilitan, nos apartan de Dios. Muchas veces, son pequeñas infidelidades que, con el tiempo, crecen, a la vez que “achican” nuestra semilla bautismal.

  1. Testimoniar la fe:
Otro modo, también muy importante para el crecimiento en la fe, lo aporta nuevamente San Pablo al enseñarnos que, además de sus palabras, les dejó a los tesalonicenses su ejemplo. La fe crece al testimoniarla, al hacer obras coherentes con ella que, a su vez, iluminan a los demás.
Para poder dar este ejemplo, muchas veces exigente, debemos aprenderlo del Señor. Es necesario tratar con Él, contagiarnos de Él, para imitarlo, haciendo en cada situación tal como lo haría Él. Éste es el mejor modo de dar testimonio de lo que creemos.

  1. Ser constantes:
En tercer lugar, las palabras de Jesús nos muestran que la fe debe vencer las dificultades, las persecuciones, las burlas: “Gracias a la constancia salvarán sus vidas” (Lc 21,19). El camino de la fe es duro, pero el que se apoya en el Señor y se esfuerza poniendo en Él toda su confianza, no sólo conservará la fe, sino que la verá crecer hasta que se haga visión en la Vida Eterna.
Esta confianza en Dios consiste en apoyarse en la bondad divina de un modo cierto, convencido, voluntario, inalterable. Esta actitud nace de las virtudes teologales arraigadas en el alma y se alimenta constantemente de los gestos de la Misericordia Divina (Cf. Carlorosi M. L. J. (2017); La Divina Misericordia prepara al Mundo; Centro de Espiritualidad de Santa Faustina Kowalska, Salta, Segunda Edición, página 99).

Conclusión:
Le suplicamos a nuestra Madre en la fe, nos acompañe con su intercesión para que defendiéndola, testimoniándola y luchando con constancia, podamos vivir y morir como verdaderos creyentes.

Homilía Domingo XXXII Tiempo Ordinario Ciclo C


Vida espiritual


Introducción:
Con la fe, recibimos el don, el regalo, de vivir una vida espiritual, una vida según el Espíritu Santo. En esta vida, mucho es lo bueno y conveniente. Sin embargo, podemos decir resumidamente que, en esta vida nueva que nos regala el bautismo, siempre es importantísimo recibir el don de Dios, crecer con el esfuerzo necesario y orar sin desfallecer.

  1.   Recibir el don de Dios:
En primer lugar, como todo es don de Dios, lo más importante es poder recibirlo, darle cabida en el propio corazón, no cerrarle las puertas del alma. Por esto, la fe es un regalo que libremente Dios da y libremente nosotros recibimos. Así, con el corazón abierto debemos estar deseosos a lo que Dios quiera darnos.
Nos da Su Vida Divina, que es la gracia en esta vida y la gloria en el cielo. Esta gracia divina nos viene por los sacramentos, los cuales, al recibirlos debidamente,  son un signo claro de que queremos aceptar el don que el Señor nos da.
A su vez, recibimos la influencia divina, su poder transformador en la medida en que nos dejamos tocar por su acción, en la medida en que somos dóciles para que aparezcan en nosotros las obras propias de los hijos de Dios. De este modo, recibimos de Dios la posibilidad de vivir la fe coherentemente, lo cual para nosotros solos es imposible, mientras que con Él, esto se hace realidad, como lo atestiguan las vidas de los santos. Es el Espíritu Santo quien, mediante sus sagrados dones, nos hace capaces de vivir según Dios.

  1. Crecer esforzadamente:
Además de recibir los dones de Dios, la vida espiritual requiere ser defendida, porque muchos son los enemigos que quieren que la perdamos. De hecho, esta vida espiritual abandona nuestro corazón con cualquier pecado mortal. Por lo cual San Pablo nos insta a que nos mantengamos “firmes” (2Tes 2,15). Y su deseo, para nosotros también, es que Dios nos “reconforte y fortalezca en toda obra y en toda palabra buena” (2Tes 2,17).
Así, la fortaleza de los “hermanos Macabeos”, nos estimula a resistir cualquier tentación venga de donde venga, antes de traicionar la fe que tenemos en el Señor (Cf. 2Mac 7,1-2.9-14).
De este modo, con San Pablo y los Macabeos se nos enseña que la vida espiritual crece con el amante esfuerzo que conquista obras buenas y resiste las malas.

  1. Orar:
Finalmente, el mismo San Pablo nos habla de la oración: “rueguen” (2Tes 3,1). Porque la vida que Dios nos da, Dios la cuida y la fecunda. Por esto, de vital importancia es ese diálogo íntimo con Dios que primero consiste en escucharlo y luego en responderle, ese diálogo que nos transforma, ese trato con Jesús que nos ilumina, nos enciende, ese diálogo que, en definitiva, nos cambia según el Corazón Santísimo del Señor.
“En la amistad profunda con Jesús y viviendo en Él y con Él la relación filial con el Padre, a través de nuestra oración fiel y constante, podemos abrir ventanas hacia el cielo de Dios” (Benedicto XVI, 30/11/11).

Conclusión:
Nos confiamos a la Virgen para que fielmente podamos recibir esta vida que continuamente el Señor nos regala y que, con esfuerzo y oración, la hagamos fructificar.

Homilía Domingo XXXI Tiempo Ordinario Ciclo C


Miradas Divinas


Introducción:
Nuestros ojos son muy importantes. Nuestras miradas también. Con ellas aprendemos, estudiamos, conocemos, descubrimos… Las miradas de Dios también son importantes.

  1. Lo que mira Jesús:
Dice el Evangelio que un hombre quería ver a Jesús, por lo cual se subió a un árbol esperando a que pasara. Pero al llegar, resultó que fue Cristo quien también quiso verlo y por eso, “miró hacia arriba” (Lc 19,5).  Jesús miró dónde estaba Zaqueo, miró su esfuerzo, lo miró con amor.
Así nos mira Dios, mira lo que estamos viviendo, conoce nuestras dificultades, reconoce nuestros esfuerzos, desvelos, intentos. El Señor ve nuestras buenas obras con amor. Él mismo es autor e inspirador del bien que hay en el mundo. Él es quien quiere bendecirnos a cada instante.

  1. Lo que no quiere mirar Dios:
Por esto mismo, aunque Dios conoce perfectamente el mal que hay en la tierra, “aparta los ojos de los pecados de los hombres para que ellos se conviertan” (Sab 11,23). Él ama al hombre pero detesta el pecado. Desea que no pequemos y que, si pecamos, nos arrepintamos. Dios quiere ver en nuestra vida un corazón convertido.

  1. “Quiero ver a Dios”:
Finalmente, somos nosotros los que necesitamos una buena mirada. En el corazón de cada hombre está escondido el deseo de ver a Dios. Zaqueo “quería ver quién era Jesús… Se adelantó y subió”. Su deseo no fue inútil, por el contrario, muy fecundo, laborioso y fecundo.
Otros, por el contrario, con los ojos enceguecidos, “al ver esto… murmuraban” (Cf. Lc 19,7). Veían pero no penetraban en el misterio de la conversión, es decir, de la misericordia de Dios. Y sus obras no eran buenas, porque “murmuraban.”
Santa Teresita nos enseña que “la oración es un impulso del corazón, una simple mirada dirigida al cielo, un grito de agradecimiento y de amor, tanto en medio del sufrimiento como en medio de la alegría. En una palabra es algo grande, algo sobrenatural que me dilata el alma y me une a Jesús.”

Conclusión:
Que el Señor nos dé un corazón puro para que podamos ver a Dios (Cf. Mt 5,8).