Vida espiritual
Introducción:
Con la fe, recibimos el don, el regalo, de vivir una vida espiritual, una vida según el
Espíritu Santo. En esta vida, mucho es lo bueno y conveniente. Sin embargo,
podemos decir resumidamente que, en esta vida nueva que nos regala el bautismo,
siempre es importantísimo recibir el don de Dios, crecer con el esfuerzo
necesario y orar sin desfallecer.
- Recibir el don de Dios:
En primer lugar, como todo es don de Dios, lo más importante
es poder recibirlo, darle cabida en el propio corazón, no cerrarle las
puertas del alma. Por esto, la fe es
un regalo que libremente Dios da y
libremente nosotros recibimos. Así, con el corazón abierto debemos estar
deseosos a lo que Dios quiera darnos.
Nos da Su Vida Divina,
que es la gracia en esta vida y la gloria en el cielo. Esta gracia divina nos
viene por los sacramentos, los cuales, al recibirlos debidamente, son un signo claro de que queremos aceptar el
don que el Señor nos da.
A su vez, recibimos la influencia divina, su poder transformador en la medida en
que nos dejamos tocar por su acción, en la medida en que somos dóciles para que
aparezcan en nosotros las obras propias de los hijos de Dios. De este modo,
recibimos de Dios la posibilidad de vivir la fe coherentemente, lo cual para
nosotros solos es imposible, mientras que con Él, esto se hace realidad, como
lo atestiguan las vidas de los santos. Es el Espíritu Santo quien, mediante sus
sagrados dones, nos hace capaces de vivir según Dios.
- Crecer esforzadamente:
Además de recibir los dones de Dios, la vida espiritual requiere ser defendida, porque muchos son los
enemigos que quieren que la perdamos. De hecho, esta vida espiritual abandona
nuestro corazón con cualquier pecado mortal. Por lo cual San Pablo nos insta a
que nos mantengamos “firmes” (2Tes 2,15). Y su deseo,
para nosotros también, es que Dios nos “reconforte
y fortalezca en toda obra y en toda palabra buena” (2Tes 2,17).
Así, la fortaleza de los “hermanos Macabeos”, nos estimula a
resistir cualquier tentación venga de donde venga, antes de traicionar la fe
que tenemos en el Señor (Cf. 2Mac 7,1-2.9-14).
De este modo, con San Pablo y los Macabeos se nos enseña que
la vida espiritual crece con el amante
esfuerzo que conquista obras buenas y resiste las malas.
- Orar:
Finalmente, el mismo San Pablo nos habla de la oración: “rueguen”
(2Tes 3,1). Porque la vida que Dios nos da, Dios la cuida y la fecunda. Por
esto, de vital importancia es ese diálogo íntimo con Dios que primero
consiste en escucharlo y luego en responderle, ese diálogo que nos transforma,
ese trato con Jesús que nos ilumina, nos enciende, ese diálogo que, en
definitiva, nos cambia según el Corazón Santísimo del Señor.
“En la amistad profunda con Jesús y viviendo en Él y con Él
la relación filial con el Padre, a través de nuestra oración fiel y constante, podemos abrir ventanas hacia el cielo de
Dios” (Benedicto XVI, 30/11/11).
Conclusión:
Nos confiamos a la Virgen para que fielmente podamos recibir
esta vida que continuamente el Señor nos regala y que, con esfuerzo y oración,
la hagamos fructificar.