La fe, semilla que crece
Introducción:
La semilla que Dios sembró en nuestro corazón en el
bautismo, semilla que es el don de la fe, debe crecer durante toda nuestra
vida. De hecho, como toda vida latente, esta virtud está llamada a
desarrollarse hasta crecer y dar frutos de obras buenas. Por esto, es necesario
y conveniente meditar cómo podemos contribuir a su crecimiento.
El Catecismo nos resume: “Para vivir, crecer y perseverar
hasta el fin en la fe debemos alimentarla con la Palabra de Dios; debemos pedir
al Señor que la aumente (cf. Mc 9,24; Lc 17,5; 22,32); debe "actuar por la
caridad" (Ga 5,6; cf. St 2,14-26), ser sostenida por la esperanza (cf. Rom
15,13) y estar enraizada en la fe de la Iglesia” (CATIC 162). Nosotros
meditaremos en los tres puntos que nos enseñan las lecturas de este domingo.
- Cuidar la fe:
En primer lugar, para que la fe pueda crecer debemos tener
en cuenta todo aquello que la daña, que la achica,
que la debilita. Por esto, necesitamos apartarnos del mal. En este sentido, el
Apóstol San Pablo les habla a los tesalonicenses para que “se aparten de todo
hermano que lleve una vida ociosa, contrariamente a la enseñanza” (Tes 3,6).
Y en esto, como es de mucha importancia, hay que tener gran
celo, para que la fe pueda crecer. Debemos pensar en qué situaciones, qué
personas, qué influencias nos hacen mal, nos debilitan, nos apartan de Dios.
Muchas veces, son pequeñas infidelidades que, con el tiempo, crecen, a la vez
que “achican” nuestra semilla bautismal.
- Testimoniar la fe:
Otro modo, también muy importante para el crecimiento en la
fe, lo aporta nuevamente San Pablo al enseñarnos que, además de sus palabras,
les dejó a los tesalonicenses su ejemplo. La fe crece al testimoniarla, al hacer obras coherentes con ella que, a su vez,
iluminan a los demás.
Para poder dar este ejemplo, muchas veces exigente, debemos aprenderlo del Señor. Es necesario
tratar con Él, contagiarnos de Él, para imitarlo, haciendo en cada situación tal como lo haría Él. Éste es el mejor
modo de dar testimonio de lo que creemos.
- Ser constantes:
En tercer lugar, las palabras de Jesús nos muestran que la
fe debe vencer las dificultades, las
persecuciones, las burlas: “Gracias a la constancia salvarán sus vidas”
(Lc 21,19). El camino de la fe es duro, pero el que se apoya en el Señor y se
esfuerza poniendo en Él toda su confianza, no sólo conservará la fe, sino que
la verá crecer hasta que se haga visión en la Vida Eterna.
Esta confianza en Dios consiste en apoyarse en la bondad
divina de un modo cierto, convencido, voluntario, inalterable. Esta actitud
nace de las virtudes teologales arraigadas en el alma y se alimenta
constantemente de los gestos de la Misericordia Divina (Cf. Carlorosi M. L. J.
(2017); La Divina Misericordia prepara al Mundo; Centro de Espiritualidad de Santa
Faustina Kowalska, Salta, Segunda Edición, página 99).
Conclusión:
Le suplicamos a nuestra Madre en la fe, nos acompañe con su
intercesión para que defendiéndola, testimoniándola y luchando con constancia,
podamos vivir y morir como verdaderos creyentes.