Homilía Domingo XXXIII Tiempo Ordinario Ciclo C


La fe, semilla que crece


Introducción:
La semilla que Dios sembró en nuestro corazón en el bautismo, semilla que es el don de la fe, debe crecer durante toda nuestra vida. De hecho, como toda vida latente, esta virtud está llamada a desarrollarse hasta crecer y dar frutos de obras buenas. Por esto, es necesario y conveniente meditar cómo podemos contribuir a su crecimiento.
El Catecismo nos resume: “Para vivir, crecer y perseverar hasta el fin en la fe debemos alimentarla con la Palabra de Dios; debemos pedir al Señor que la aumente (cf. Mc 9,24; Lc 17,5; 22,32); debe "actuar por la caridad" (Ga 5,6; cf. St 2,14-26), ser sostenida por la esperanza (cf. Rom 15,13) y estar enraizada en la fe de la Iglesia” (CATIC 162). Nosotros meditaremos en los tres puntos que nos enseñan las lecturas de este domingo.

  1. Cuidar la fe:
En primer lugar, para que la fe pueda crecer debemos tener en cuenta todo aquello que la daña, que la achica, que la debilita. Por esto, necesitamos apartarnos del mal. En este sentido, el Apóstol San Pablo les habla a los tesalonicenses para que “se aparten de todo hermano que lleve una vida ociosa, contrariamente a la enseñanza” (Tes 3,6).
Y en esto, como es de mucha importancia, hay que tener gran celo, para que la fe pueda crecer. Debemos pensar en qué situaciones, qué personas, qué influencias nos hacen mal, nos debilitan, nos apartan de Dios. Muchas veces, son pequeñas infidelidades que, con el tiempo, crecen, a la vez que “achican” nuestra semilla bautismal.

  1. Testimoniar la fe:
Otro modo, también muy importante para el crecimiento en la fe, lo aporta nuevamente San Pablo al enseñarnos que, además de sus palabras, les dejó a los tesalonicenses su ejemplo. La fe crece al testimoniarla, al hacer obras coherentes con ella que, a su vez, iluminan a los demás.
Para poder dar este ejemplo, muchas veces exigente, debemos aprenderlo del Señor. Es necesario tratar con Él, contagiarnos de Él, para imitarlo, haciendo en cada situación tal como lo haría Él. Éste es el mejor modo de dar testimonio de lo que creemos.

  1. Ser constantes:
En tercer lugar, las palabras de Jesús nos muestran que la fe debe vencer las dificultades, las persecuciones, las burlas: “Gracias a la constancia salvarán sus vidas” (Lc 21,19). El camino de la fe es duro, pero el que se apoya en el Señor y se esfuerza poniendo en Él toda su confianza, no sólo conservará la fe, sino que la verá crecer hasta que se haga visión en la Vida Eterna.
Esta confianza en Dios consiste en apoyarse en la bondad divina de un modo cierto, convencido, voluntario, inalterable. Esta actitud nace de las virtudes teologales arraigadas en el alma y se alimenta constantemente de los gestos de la Misericordia Divina (Cf. Carlorosi M. L. J. (2017); La Divina Misericordia prepara al Mundo; Centro de Espiritualidad de Santa Faustina Kowalska, Salta, Segunda Edición, página 99).

Conclusión:
Le suplicamos a nuestra Madre en la fe, nos acompañe con su intercesión para que defendiéndola, testimoniándola y luchando con constancia, podamos vivir y morir como verdaderos creyentes.