Cristo Rey
Introducción:
Hoy celebramos a Jesús, como Rey nuestro, como Rey que nos
protege, gobierna, conduce, guía… por el camino de la santidad. Como dice el
Catecismo, “la caridad es el alma de la santidad a la que todos están llamados”
(CATIC 826). Esta caridad, Cristo nos la da por su Palabra, defendiéndonos de
todo mal y por su visita.
- El Rey que nos habla:
Jesús, nuestro Rey, nos habla, nos dirige un mensaje, unas
palabras que son vida, son luz, son fuego… Las palabras de Cristo, cuando las
escuchamos y acogemos, nos transmiten la vida de hijos de Dios, la cual, sin su
ayuda es imposible vivir. A su vez, su mensaje nos ilumina, nos hace ver la
realidad como la ve Dios, con la luz de la fe, para descubrir en lo escondido
la presencia de ese Dios que tanto nos ama. Finalmente, estas palabras nos
encienden el corazón, como les sucedió a los caminantes de Emaús (Cf. Lc
24,32), porque provienen del amor de Dios y contagian Su amor.
De este modo, al escuchar con fe las divinas palabras,
dejamos que por el amor Cristo reine en nuestros corazones por su vida, su luz
y su fuego.
- Nos defiende:
Jesús, además, como buen Rey, defiende a sus hijos con gran
poder. De hecho, el Padre “nos libró del poder de las tinieblas y nos hizo
entrar en el reino de su Hijo” (Col 1,13). Por amor de Dios Padre y de su Hijo
Jesús, somos liberados de todo lo que nos aleja de nuestra felicidad. Con su
poder podemos vencer las tentaciones, aunque sean muchas, sean fuertes, aunque
seamos débiles.
Él, reinando desde la cruz, venció a todos los enemigos y a
nosotros también nos quiere decir: “Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el
Paraíso” (Lc 23,43).
- Nos visita:
Este Rey, enciende la caridad en nuestras almas, de un modo
muy especialísimo, cuando nos visita en la Eucaristía. Al venir a nuestro
interior, su cercanía, su presencia, su compañía nos transforma. Por esto, el
momento de la Comunión, es uno de los instantes en los cuales Cristo Rey se
sienta en el trono que más le agrada: nuestro corazón.
De allí la importancia de prepararnos lo mejor posible para
recibirlo. Que Él vea un trono, no un lugar cualquiera, que pueda ver un
corazón sincero que lo ama, que lo pone en el primer lugar, que lo recibe con
humilde sumisión…
Conclusión:
Pedimos a nuestra Madre nos ayude a acoger su reinado de
amor con un corazón atento en la escucha, en la lucha y en la cercanía del Señor.