Homilía Domingo XXXI Tiempo Ordinario Ciclo C


Miradas Divinas


Introducción:
Nuestros ojos son muy importantes. Nuestras miradas también. Con ellas aprendemos, estudiamos, conocemos, descubrimos… Las miradas de Dios también son importantes.

  1. Lo que mira Jesús:
Dice el Evangelio que un hombre quería ver a Jesús, por lo cual se subió a un árbol esperando a que pasara. Pero al llegar, resultó que fue Cristo quien también quiso verlo y por eso, “miró hacia arriba” (Lc 19,5).  Jesús miró dónde estaba Zaqueo, miró su esfuerzo, lo miró con amor.
Así nos mira Dios, mira lo que estamos viviendo, conoce nuestras dificultades, reconoce nuestros esfuerzos, desvelos, intentos. El Señor ve nuestras buenas obras con amor. Él mismo es autor e inspirador del bien que hay en el mundo. Él es quien quiere bendecirnos a cada instante.

  1. Lo que no quiere mirar Dios:
Por esto mismo, aunque Dios conoce perfectamente el mal que hay en la tierra, “aparta los ojos de los pecados de los hombres para que ellos se conviertan” (Sab 11,23). Él ama al hombre pero detesta el pecado. Desea que no pequemos y que, si pecamos, nos arrepintamos. Dios quiere ver en nuestra vida un corazón convertido.

  1. “Quiero ver a Dios”:
Finalmente, somos nosotros los que necesitamos una buena mirada. En el corazón de cada hombre está escondido el deseo de ver a Dios. Zaqueo “quería ver quién era Jesús… Se adelantó y subió”. Su deseo no fue inútil, por el contrario, muy fecundo, laborioso y fecundo.
Otros, por el contrario, con los ojos enceguecidos, “al ver esto… murmuraban” (Cf. Lc 19,7). Veían pero no penetraban en el misterio de la conversión, es decir, de la misericordia de Dios. Y sus obras no eran buenas, porque “murmuraban.”
Santa Teresita nos enseña que “la oración es un impulso del corazón, una simple mirada dirigida al cielo, un grito de agradecimiento y de amor, tanto en medio del sufrimiento como en medio de la alegría. En una palabra es algo grande, algo sobrenatural que me dilata el alma y me une a Jesús.”

Conclusión:
Que el Señor nos dé un corazón puro para que podamos ver a Dios (Cf. Mt 5,8).