Homilía Domingo III de Pascua, Ciclo A


Antorcha en el camino


Introducción:
¿Dónde ponemos nuestra esperanza? Si lo hacemos en nuestras fuerzas, tarde o temprano, se acabará. Si lo hacemos en Dios, aunque parezca ser vencido, como Cristo en la cruz, Él ha demostrado su poder al resucitar. Por eso, se ha aparecido a sus discípulos.

  1. Un cambio en el camino:
El Evangelio nos narra cómo, el domingo de la Resurrección del Señor, dos de sus discípulos, desanimados ante el escándalo de la cruz, se separaban del grupo, se alejaban de Jerusalén en dirección a un pueblo llamado Emaús: “Nosotros esperábamos que fuera Él quien librara a Israel” (Lc 24,21).
En el camino se les aparece Jesús, aunque al principio no lo reconocen. Nuestro Señor los acompaña hasta destino y se queda con ellos. Mientras tanto les da un regalo inmenso que transforma sus corazones. Les explica la Palabra de Dios, sobre todo, en lo que se refería a su misterio. Dicha palabra hizo que, en sus corazones, se encendiera un fuego (Cf. Lc 24,32), fuego que purifica, calienta e ilumina…

  1. Palabra de Dios:  
En nuestra vida cotidiana -que perfectamente se puede comparar con una larga peregrinación-, también necesitamos de la compañía del Señor, necesitamos de sus Palabras.
“En los libros sagrados, el Padre que está en el cielo sale amorosamente al encuentro de sus hijos para conversar con ellos” (DV 21). Dios mismo se interesa por la salud de nuestro corazón, Él quiere nuestra verdadera conversión. Por esto, sale a nuestro encuentro y nos habla. Sus palabras no sólo iluminan sino que transforman. No es sólo nuestro Maestro sino además, es el alfarero de nuestras almas.
Nosotros también necesitamos recordar continuamente sus Palabras porque para vivir como Cristo es necesario pensar como Él y para esto no es suficiente un conocimiento superficial de sus Palabras. Hay que aspirar a tener un trato íntimo y cotidiano con ese Jesús que hoy, como ayer, nos habla palabras de fuego, en el camino de nuestra vida.
Es cierto que la Sagrada Escritura fue escrita por hombres y de forma humana. Sin embargo, así como el Hijo de Dios se revistió de nuestra humanidad, sus divinas Palabras tomaron la forma de nuestro leguaje humano. Y, del mismo modo que el Hijo de Dios se hizo hombre sin perder su Divinidad, sus Palabras se hicieron humanas sin perder su condición de divinas y, por lo tanto, son infalibles y nos llevan a la Vida Eterna (Cf. DV 13). Por eso, la Iglesia enseña que Dios ha inspirado todo lo contenido en la Sagrada Escritura. De este modo, es verdaderamente Palabra de Dios.
“Cuando recibieron la Palabra que les predicamos, dice e Apóstol a los tesalonicenses, ustedes la aceptaron no como palabra humana, sino como lo que es realmente, como Palabra de Dios, que actúa en ustedes, los que creen” (1Tes 2,13).

  1. Antorcha encendida en nuestro camino:
De este modo, la Sagrada Escritura será siempre una luz importante, la más importante y un fuerza sorprendente para todos los caminos de nuestra vida: “Es tan grande el poder y la fuerza de la palabra de Dios, que constituye sustento y vigor de la Iglesia, firmeza de fe para sus hijos, alimento del alma, fuente límpida y perenne de vida espiritual” (DV 21).
Por esto, “la Iglesia “recomienda insistentemente a todos los fieles… la lectura asidua de la Escritura para que adquieran ‘la ciencia suprema de Jesucristo’ (Flp 3,8), ‘pues desconocer la Escritura es desconocer a Cristo’ (S. Jerónimo)” (DV 25)” (CATIC 133).

Conclusión:
Le pedimos a nuestra Madre, preciosa Compañera de nuestro camino, nos dé un corazón dispuesto a escuchar a Dios.

Domigno de la Divina Misericordia


Esperamos en su misericordia


Introducción:
Hoy celebramos la Divina Misericordia. En ese Corazón que ilumina al mundo con sus haces de luz salvadora, nos apoyamos, llenos de esperanza, mientras peregrinamos en este valle de lágrimas hacia el Cielo.  

  1. Misericordia y esperanza:
El Evangelio de la resurrección nos muestra a Jesús de tal modo que reaviva en nosotros la fuerza de la esperanza. En primer lugar el Evangelista nos narra la iniciativa divina, ya que es Jesús el que se aparece en medio de sus discípulos. Además, no se les acerca para castigarlos por su falta de fe sino para otorgarles la paz, el perdón y la paciente insistencia, como en el caso del apóstol Tomás, para vencer su incredulidad.
Esta bondadosa misericordia del Resucitado aumenta nuestra esperanza por la cual, en la primera lectura, San Pedro alaba a Dios: “Bendito sea Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo, que en su gran misericordia, nos hizo renacer, por la resurrección de Jesucristo, a una esperanza viva, a una herencia incorruptible, incontaminada e imperecedera, que ustedes tienen reservada en el cielo” (1Pd 1,3-4). Cristo murió y resucitó, para que, nosotros renaciéramos para una vida de eterna felicidad.

  1. La virtud de la esperanza:
La esperanza, una de las tres virtudes teologales, nos hace aspirar “al Reino de los cielos y a la vida eterna como felicidad nuestra, poniendo nuestra confianza en las promesas de Cristo y apoyándonos no en nuestras fuerzas sino en los auxilios de la gracia del Espíritu Santo” (CATIC 1817).
El Papa Benedicto, en su encíclica sobre la esperanza, narra la historia de Santa Josefina Bakhita quien, después de padecer como esclava por muchos años, “llegó a conocer un «dueño» totalmente diferente –que llamó «paron» en el dialecto veneciano que ahora había aprendido–, al Dios vivo, el Dios de Jesucristo. Hasta aquel momento sólo había conocido dueños que la despreciaban y maltrataban o, en el mejor de los casos, la consideraban una esclava útil. Ahora, por el contrario, oía decir que había un «Paron» por encima de todos los dueños, el Señor de todos los señores, y que este Señor es bueno, la bondad en persona. Se enteró de que este Señor también la conocía, que la había creado también a ella; más aún, que la quería. También ella era amada, y precisamente por el «Paron» supremo, ante el cual todos los demás no son más que míseros siervos. Ella era conocida y amada, y era esperada. Incluso más: este Dueño había afrontado personalmente el destino de ser maltratado y ahora la esperaba «a la derecha de Dios Padre». En este momento tuvo «esperanza»; no sólo la pequeña esperanza de encontrar dueños menos crueles, sino la gran esperanza: yo soy definitivamente amada, suceda lo que suceda; este gran Amor me espera. Por eso mi vida es hermosa” (Benedicto XVI, Spe Salvi n° 3).

  1. El camino de la esperanza:
Movido por la esperanza, el cristiano pone los medios para crecer en la vida de gracia y en la santidad, a la que todos estamos llamados. El Libro de Los Hechos de los Apóstoles nos describe estos medios que forman parte del obrar cristiano: “Todos se reunían asiduamente para escuchar la enseñanza de los Apóstoles y participar en la vida común, en la fracción del pan y en las oraciones” (Hch 2,42).
Con estas cuatro armas venceremos nuestro combate, el combate de nuestra fe, para alcanzar la corona de la Gloria: fe, sacramentos, mandamientos, oración. Allí está sintetizada la vida cristiana, su crecimiento, su perseverancia.
En definitiva lo que cuenta es el encuentro con Dios: conocido en la fe, recibido en los sacramentos, imitado en los mandamientos y escuchado en la oración.

Conclusión:
Le pedimos a la Virgen que la misericordia de Dios sea, para nosotros, un continuo estímulo para convertirnos y crecer en santidad.

Homilía del Domingo de Pascua

Llamado a una vida distinta


Introducción:
Cristo, nuestra Pascua, ha sido inmolado. Celebremos, entonces, nuestra Pascua, no con la vieja levadura de la malicia y la perversidad, sino con los panes sin levadura de la pureza y la verdad” (1Cor 5,7b-8).

1.      Obra culmen:
“La Resurrección de Cristo es la culminación de la Encarnación. Es una prueba de la divinidad de Cristo, confirma cuanto hizo y enseñó y realiza todas las promesas divinas en nuestro favor. Además, el Resucitado, vencedor del pecado y de la muerte, es el principio de nuestra justificación y de nuestra resurrección: ya desde ahora nos procura la gracia de la adopción filial, que es real participación de su vida de Hijo unigénito; más tarde, al final de los tiempos, Él resucitará nuestro cuerpo” (CATIC Compendio 131).

2.      El Hijo de Dios:
Puesto que la Resurrección es una “prueba” contundente de la Divinidad de Cristo, en esta Gran Fiesta renovamos nuestra entrega a Él. No lo seguimos porque sea un gran maestro o profeta, no lo admiramos por sus obras buenas. Nos entregamos a Él por ser nuestro Dios.
De este modo crecemos en nuestro cristianismo. Mediante un renovado amor, obediencia y oración a Jesucristo y, mediante Él, al Padre en el Espíritu Santo, en la Iglesia que Él ha fundado.
Los cristianos amamos a Jesucristo sobre todas las cosas. Junto al Padre y al Espíritu Santo, Jesús es Dios y, como tal, merece nuestro amor primero y principal. Amor que, si no se traduce en obras, es falso y, si no transforma nuestra vida, es insuficiente.
De ahí que, al amor verdadero le es inseparable la obediencia: “El que recibe mis mandamientos y los cumple, ese es el que me ama” (Jn 14,21) dice Nuestro Señor. Así nos libramos del engaño de hacernos un cristianismo a nuestra medida, vencemos la tentación de querer servir a dos señores (Cf. Mt 6 24).
Para esto y para todo, para conocer y amar a Dios, para tener presente los mandamientos y cumplirlos… siempre necesitaremos rezar: “No se angustien por nada, y en cualquier circunstancia, recurran a la oración” (Flp 4,6).

3.      Una vida distinta:
Celebrar la Resurrección del Señor implica también vivir una vida como la suya, una vida de gracia, una vida de buen cristiano.
La Pascua es, entonces, un tiempo de crecimiento espiritual. Es un tiempo de buenos propósitos, de grandes ideales, de proyectos…
Para vivir como Cristo resucitado, antes debemos preguntarnos si hemos muerto con Él. Si dejamos atrás algún defecto, si nos arrepentimos de nuestros pecados, si luchamos contra el mal en nuestros corazones. Recibir la luz del Cirio Pascua debe significar el deseo de recibir la Vida de Cristo, lo cual implica estar en gracia de Dios, vivir según los mandamientos con fe, en un clima de oración.

Conclusión:
Le pedimos a la Virgen nos conceda comenzar este tiempo pascual con el propósito firme de crecer en nuestra vida de fe.

Homilía para la Vigilia Pascual

Historia de la salvación


Introducción:
Dios, a lo largo de toda la Sagrada Escritura ha ido revelando su obra de amor a favor de nosotros. Por esto, la liturgia de la Vigilia Pascual nos presenta diversos textos en los cuales podemos conocer lo que Dios ha hecho por nosotros. El fin y culmen de todas las obras divinas, Dios la realizó al enviarnos a su Hijo Jesucristo.

1.       Sus obras en el Antiguo Testamento:
Dios, al crear, se convierte en el principio de todo bien. “La tierra está llena del amor del Señor” (Ant del Salmo). Por eso le pedimos: “Señor, que tu amor descienda sobre nosotros, conforme a la esperanza que tenemos en Ti” (Sal 32/33,22).
Dios se acerca al hombre y dialoga con nosotros. Nos habla y espera una respuesta, como le sucedió a Abraham (Cf. Gn 22).
Nos ilumina con su Palabra. Nos dice: “camina hacia el resplandor atraído por su luz” (Bar 4,2). El salmo nos recuerda que: “Los preceptos del Señor son rectos, alegran el corazón; los mandamientos del Señor son claros, iluminan los ojos” (Sal 18/19,9).
Su voluntad es salvarnos, como antaño lo hizo con el pueblo de Israel, de la esclavitud de Egipto. A nosotros quiere salvarnos del pecado, verdadero mal del hombre.
Nos ama más que el mejor de los esposos: “con gran ternura te uniré conmigo… mi amor no se apartará de ti” nos recuerda el profeta Isaías (Cf. Is 54,5-14).
Más adelante, el mismo profeta anunciaba una alianza eterna, que nos dará la vida en abundancia, la vida de la gracia que llena nuestra existencia de alegría y la transforma (Cf. Is 55,1-11).
El Señor transforma nuestra vida: “Los rociaré con agua pura, y ustedes quedarán purificados. Los purificaré de todas sus impurezas y de todos sus ídolos. Les daré un corazón nuevo y pondré en ustedes un espíritu nuevo: les arrancaré de su cuerpo el corazón de piedra y les daré un corazón de carne” (Ez 36,25-26)

2.      “Todo se ha cumplido” en Cristo:
El culmen de esta obra de salvación es Cristo. Por este motivo, en esta gloriosa noche de Resurrección, la Iglesia alaba al Padre: “Dios nuestro, que creaste al hombre de manera admirable y más admirablemente aún lo redimiste” (Oración de la primera lectura, Vigilia Pascual), cumpliendo las antiguas promesas mediante el misterio pascual (Cf. Oración de la segunda lectura, Vigilia Pascual).
Todo lo significado en el Antiguo Testamento lo realiza en nuestras vidas gracias a los sacramentos que nos introducen en el misterio de Cristo: “Lo que hiciste a favor de tu pueblo elegido librándolo de la persecución del faraón, lo realizas por medio del agua del bautismo para la salvación de las naciones” (Oración de la tercera lectura, Vigilia Pascual).

3.      Su obra en nosotros:
Finalmente, esta grandiosa obra de amor divino tiene que ver con cada uno de nosotros: “Yo sé que ustedes buscan a Jesús” (Mt 28,5) se nos dice hoy también a nosotros…
Pero si lo buscamos es para dejarnos transformar por Él: “Así también ustedes considérense muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús” (Rm 6,11).
Celebrar la Pascua implica tratar de vivirla. Significa que la fe nos mueve a dejar lo que ofende a Dios, luchar contra nuestros pecados, para imitar las virtudes de su Sagrado Corazón.

Conclusión:
Esta noche santa, le pedimos a Dios: “Concédenos comprender tu misericordia” (Oración de la séptima lectura, Vigilia Pascual). Misericordia que hace de nosotros verdaderos hijos suyos, gracias al perdón, gracias a la conversión, gracias a la imitación.

Homilía Domingo de Ramos


Siendo rico, se hizo pobre


Introducción:
“Dios no se revela mediante el poder y la riqueza del mundo, sino mediante la debilidad y la pobreza: «Siendo rico, se hizo pobre por vosotros…».”[1]

1.      Entrada en Jerusalén:
El Omnipotente Hijo de Dios, al hacerse un pequeño hombre, nos ha demostrado su amor por la humildad, por lo pequeño. Él, que durante su vida “rehuyó siempre las tentativas populares de hacerle rey (cf. Jn 6, 15)… no conquista a la hija de Sión, figura de su Iglesia, ni por la astucia ni por la violencia, sino por la humildad que da testimonio de la Verdad (cf. Jn 18, 37)” (CATIC 559).
Entra en Jerusalén, no como un conquistador, sino montado en un humilde animal de carga. Además, los que lo recibieron, “los súbditos de su Reino, aquel día, fueron los niños (cf. Mt 21, 15-16; Sal 8, 3) y los “pobres de Dios”” (CATIC 559).

2.      La humildad:
La humildad es “la virtud moral por la que el hombre reconoce que… todo es un don de Dios de quien todos dependemos y a quien se debe toda la gloria.
El hombre humilde no aspira a la grandeza personal que el mundo admira porque ha descubierto que ser hijo de Dios es un valor muy superior. Va tras otros tesoros. No está en competencia. Se ve a sí mismo y al prójimo ante Dios. Es así libre para estimar y dedicarse al amor y al servicio sin desviarse en juicios que no le pertenecen” (www.corazones.org).

3.      En vistas de la Cruz:
Esta humildad la vemos de modo contundente en Cristo crucificado: “Él, que era de condición divina se anonadó a sí mismo… tomando la condición de servidor y haciéndose semejante a los hombres. Y presentándose con aspecto humano, se humilló hasta aceptar por obediencia la muerte y muerte de cruz” (Cf. Fil 2,6-8).
En la cruz, podemos descubrir la grandeza de las virtudes del Corazón de Cristo: su profunda humildad, su entrega, su generosidad… Ante Cristo crucificado cae nuestro egoísmo y soberbia. En Él descubrimos también su amor al Padre y su amor por nosotros, por quienes entregó su vida y así, aprendemos qué significa la verdadera caridad.
Nos encaminamos al monte Calvario, este Viernes Santo, para encontrar, en medio de ese dolor y humillación, la grandeza de ese Dios que, siendo rico, se hizo pobre por nosotros.

Conclusión:
Nos encomendamos a la Virgen, pidiéndole que nos acompañe en este camino de encuentro e imitación de Cristo.


[1] Papa Francisco, Mensaje para la Cuaresma 2014.