Antorcha en el camino
Introducción:
¿Dónde ponemos nuestra esperanza? Si lo hacemos en nuestras
fuerzas, tarde o temprano, se acabará. Si lo hacemos en Dios, aunque parezca
ser vencido, como Cristo en la cruz, Él ha demostrado su poder al resucitar.
Por eso, se ha aparecido a sus discípulos.
- Un cambio en el camino:
El Evangelio nos narra cómo, el domingo de la Resurrección
del Señor, dos de sus discípulos, desanimados ante el escándalo de la cruz, se separaban del grupo, se alejaban de
Jerusalén en dirección a un pueblo llamado Emaús: “Nosotros esperábamos que fuera Él quien librara a Israel” (Lc
24,21).
En el camino se les aparece Jesús, aunque al principio no lo
reconocen. Nuestro Señor los acompaña hasta destino y se queda con ellos.
Mientras tanto les da un regalo inmenso que transforma sus corazones. Les
explica la Palabra de Dios, sobre todo, en lo que se refería a su misterio.
Dicha palabra hizo que, en sus corazones, se encendiera un fuego (Cf. Lc
24,32), fuego que purifica, calienta e ilumina…
- Palabra de Dios:
En nuestra vida cotidiana -que perfectamente se puede
comparar con una larga peregrinación-, también necesitamos de la compañía del
Señor, necesitamos de sus Palabras.
“En los libros sagrados, el Padre que está en el cielo sale
amorosamente al encuentro de sus hijos para conversar con ellos” (DV 21). Dios
mismo se interesa por la salud de nuestro corazón, Él quiere nuestra verdadera
conversión. Por esto, sale a nuestro encuentro y nos habla. Sus palabras no
sólo iluminan sino que transforman. No es sólo nuestro Maestro sino además, es el
alfarero de nuestras almas.
Nosotros también necesitamos recordar continuamente sus
Palabras porque para vivir como Cristo es
necesario pensar como Él y para esto no es suficiente un conocimiento
superficial de sus Palabras. Hay que aspirar a tener un trato íntimo y
cotidiano con ese Jesús que hoy, como ayer, nos habla palabras de fuego, en el
camino de nuestra vida.
Es cierto que la Sagrada Escritura fue escrita por hombres y
de forma humana. Sin embargo, así como el Hijo de Dios se revistió de nuestra
humanidad, sus divinas Palabras tomaron la forma de nuestro leguaje humano. Y,
del mismo modo que el Hijo de Dios se hizo hombre sin perder su Divinidad, sus
Palabras se hicieron humanas sin perder su condición de divinas y, por lo
tanto, son infalibles y nos llevan a la Vida Eterna (Cf. DV 13). Por eso, la
Iglesia enseña que Dios ha inspirado todo lo contenido en la Sagrada Escritura.
De este modo, es verdaderamente Palabra de Dios.
“Cuando recibieron la Palabra que les predicamos, dice e
Apóstol a los tesalonicenses, ustedes la aceptaron no como palabra humana, sino
como lo que es realmente, como Palabra de Dios, que actúa en ustedes, los que
creen” (1Tes 2,13).
- Antorcha encendida en nuestro camino:
De este modo, la Sagrada Escritura será siempre una luz
importante, la más importante y un fuerza sorprendente para todos los caminos
de nuestra vida: “Es tan grande el poder y la fuerza de la palabra de Dios, que
constituye sustento y vigor de la Iglesia, firmeza de fe para sus hijos,
alimento del alma, fuente límpida y perenne de vida espiritual” (DV 21).
Por esto, “la Iglesia “recomienda
insistentemente a todos los fieles… la lectura asidua de la Escritura para
que adquieran ‘la ciencia suprema de Jesucristo’ (Flp 3,8), ‘pues desconocer la
Escritura es desconocer a Cristo’ (S. Jerónimo)” (DV 25)” (CATIC 133).
Conclusión:
Le pedimos a nuestra Madre, preciosa Compañera de nuestro
camino, nos dé un corazón dispuesto a escuchar a Dios.